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Crítica: El Chicago Opera Theater presenta 'The consul' de Menotti

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Autor: David Yllanes Mosquera
8 de noviembre de 2017

Intensa y dramática representación de una obra siempre vigente

INTENSA Y DRAMÁTICA

   Por David Yllanes Mosquera
Chicago. Studebaker Theater. 4-XI-2017. The Consul (Gian Carlo Menotti). Patricia Racette (Magda Sorel); Audrey Babcock (la Secretaria); Victoria Livengood (la Madre); Justin Ryan (John Sorel); Cedric Berry (Agente de la policía secreta); Vince Wallace (Sr. Kofner); Kyle Knapp (el Mago); Zacharias Niedzwiecki (Assan); Lani Sait (Anna Gomez); Kira Dills-Desurra (Vera Boronel); Kimberly Jones (la Mujer Extranjera). Dirección musical: Kristof van Gysperre. Dirección escénica: Andreas Mitisek.

   El Chicago Opera Theater (COT) no es probablemente una compañía muy conocida en España. Ciertamente no tiene los medios de la vecina Lyric Opera of Chicago, con su teatro de 3600 localidades, ni el glamour de la Chicago Symphony Orchestra. Sin embargo, cumple este año su 45.ª temporada en un momento particularmente saludable, que presenta un modelo para otras organizaciones artísticas de dimensiones modestas. Esta pujanza se debe en gran parte a su flexibilidad: con un presupuesto de unos 2,5 millones de dólares anuales, montan un número variable de títulos anuales y planean sus temporadas con menos de dos años de antelación, además de no tener una sede fija. De este modo minimizan sus gastos fijos y consiguen adaptarse a las oportunidades. Naturalmente, otro factor de su relevancia es su programación, complementaria a la de la conservadora Lyric, con énfasis en repertorio contemporáneo y rarezas. En temporadas recientes han producido obras como La voix humaine de Poulenc o el estreno en los EE.UU. de The Perfect American de Philip Glass. Este año proponen The Consul de Gian Carlo Menotti, Elizabeth Cree de Kevin Putts (coproducción con Opera Philadelphia, donde tuvo su estreno mundial el pasado septiembre) y un programa doble que abarca los extremos de la carrera de Donizetti (Rita/Il pigmalione). La sintonía con el público de Chicago parece notable y la ocupación de sus funciones supera regularmente el 90 %, muy por encima de lo típico en compañías de este tamaño en los EE.UU.

   The Consul, ópera con la que Menotti ganó el Pulitzer de música en 1950, abre la temporada. Escrita en inglés, con libreto del propio compositor, la obra fue muy exitosa en su día (ocho meses en cartel en Broadway) pero, como todo Menotti, ha ido desapareciendo de las temporadas operísticas. La ópera, en tres actos, es intensamente melodramática, pero cuenta con varios personajes muy bien definidos (el libreto es uno de los puntos fuertes de la obra), además de con una música muy accesible y melódica. Hay varios momentos de gran intensidad dramática y musical (destaca la gran aria de Magda Sorel al final del segundo acto), conectados por un atractivo recitativo y en todo momento se transmite una profunda compasión por los personajes.

   La acción se sitúa en un país totalitario no identificado. El disidente John Sorel está siendo cercado por la policía secreta y debe huir, refugiarse en el bosque e intentar cruzar la frontera. Atrás quedan su esposa, su madre y su bebé. Magda (la esposa) intenta conseguir visados para salir del país, pero se encuentra con una impenetrable y fría burocracia en el consulado. Tanto ella como otros solicitantes de visado (se nos presentan las historias de varios) se ven frustrados en cada momento por la implacable Secretaria del cónsul, que solo les pide papeles imposibles y no muestra ninguna compasión (aunque más tarde se verá que hasta ella acaba afectada por las historias de sus «víctimas»). A lo largo de la ópera, Magda alternará entre momentos de derrotismo y optimismo, para finalmente caer en la más absoluta desesperación. Su bebé y suegra acabarán muriendo, su marido capturado y ella se suicidará. Afortunadamente, varios momentos musicales más animados (o incluso cómicos, como el episodio de un mago que intenta agilizar sus trámites hipnotizando a todos los presentes en el consulado) contrarrestan en parte el deprimente efecto de esta trama y generan una experiencia más equilibrada.

   Por desgracia, la temática de la ópera, lejos de ser exclusivamente hija de la época de su composición (posguerra de la Segunda Guerra Mundial), sigue plenamente vigente. El propio Menotti, citado en el programa de mano en una entrevista de 1983, comenta que algunos críticos lo acusaron de haber escrito sobre un tema coyuntural que sería olvidado en pocos años. Sin embargo, prosigue, con «gente diferente, países diferentes, todavía el monstruo anónimo de la burocracia persiste en todas partes». Ciertamente, en pleno año 2017, nadie diría que los refugiados han dejado de ser un problema y es fácil comprender y empatizar con los personajes de The Consul.

   La producción del COT, firmada por Andreas Mitisek y coproducida por la Long Beach Opera, es minimalista pero efectiva. Un conjunto de paredes móviles, con un aspecto decadente y formas angulosas, nos sitúan alternativamente en el consulado y en la casa de los Sorel, complementadas por un mínimo de atrezzo. Las escenas de sueños (que a algunos espectadores parecerán satisfactoriamente surrealistas y a otros simplementes torpezas del libreto) se generan a base de una iluminación colorida. Finalmente, el elemento principal de la escenografía es la imponente mesa de la secretaria, una torre de más de dos metros de altura, a la que se saca bastante partido. Además de potenciar la terrible presencia de la burócrata, obliga a los personajes a escalarla, en efecto poniéndose en una postura ridícula, para entregar sus papeles. Al mismo tiempo, la secretaria arrojará formularios al suelo desde las alturas, con (aparente) desprecio y frialdad. En conjunto el ambiente conseguido es apropiadamente opresivo y kafkiano. El único momento dudoso de la producción es seguramente la escena final, en la que se altera la muerte de Magda (quien en el libreto se asfixia con el gas de su cocina) para sugerir una macabra escena de suicidio masivo por ahorcamiento, en un efecto no del todo conseguido.

   Patricia Racette aborda con enorme arrojo el difícil papel protagonista. Se requiere un talento especial para sacar adelante una interpretación de Magda, que en manos de una actriz superficial puede caer en la más absoluta monotonía y contagiar su desesperación al público. Racette, en cambio, es capaz de modular sus emociones y sacar adelante los largos recitativos. Su gran aria («To this we’ve come») enloqueció al público, que detuvo la representación con una larga ovación. Ciertamente estuvo a la altura de la pieza en cuanto a emoción e intensidad, aunque en ciertos puntos la actriz suplantó a la cantante y algunas frases se vieron más gritadas que cantadas. En cualquier caso, y a pesar de que su voz está ligeramente ahuecada en el centro, una gran interpretación.

   A muy buen nivel también rindió Audrey Babcock como la Secretaria. Tremendamente eficaz en los dos primeros actos en su papel de robótica burócrata, ayudada por una excelente dicción, convenció también cuando al final de la obra muestra un lado más humano. Su aria «Ah, those faces» la confirman como una mezzo interesante. La Madre corrió a cargo de la veterana Victoria Livengood, quien durante mucho tiempo tuvo a la Secretaria en su repertorio (llegó a ser dirigida por el propio Menotti y tiene grabaciones en este papel). Ahora, en el papel de la madre de Sorel, conserva una voz de notable volumen y resonancia, con buenos graves, y saca gran partido a su aria «I shall find you shells and stars» (una nana que canta al bebé). En el debe, un sonido algo desgastado e inhomogéneo al pasar del agudo al grave, además de un tono un poco estridente en los recitativos.

   Los personajes masculinos, menos completos, estuvieron bien cubiertos. El barítono Justin Ryan encarna a John Sorel, un papel con pocas ocasiones para el lucimiento y dramáticamente menos redondo que los anteriores. Aún así, consigue crear una buena impresión en el sueño de Magda e impacta con su frase «She must eat with us, salt our bread and dig our grave». Muy efectivo el policía de Cedric Berry, con trazas de villano de cine negro y emotivo y digno el Sr. Kofner de Vince Wallace. Entre los demás secundarios, la Mujer Extranjera de Kimberly Jones (que en esta producción habla en español, no en italiano) resultó el menos satisfactorio, con una pobre dicción y falta de sutileza.

   Cabe destacar, finalmente, los personajes que proporcionan un cierto alivio cómico. El tenor Kyle Knapp se entrega con gran entusiasmo a la creación del excéntrico prestidigitador que intenta impresionar a la secretaria para convencerla de que no necesita papeles (sin éxito). Solo consigue exasperarla, al tiempo que entretiene al público con sus muchos trucos de magia baratos. Kira Dills-Desurra aporta el otro momento de levedad con un breve dueto en el que firma rápidamente los muchos papeles que la secretaria le va pasando. Correcta la orquesta dirigida por Kristof van Gysperre, quien fue capaz de mantener un buen ritmo durante los largos recitativos. En los momentos más dramáticos, sin embargo, se notó el pequeño tamaño de la agrupación, de tan solo 26 instrumentos,

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