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Crítica: Recital de Christian Gerhaher en el ciclo de lied del Teatro de la Zarzuela y CNDM

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Autor: Óscar del Saz
17 de febrero de 2017

LA DÉCADA MÁS ROMÁNTICA

   Por Óscar del Saz
Madrid. Teatro de la Zarzuela. 14-II-2017. Ciclo de Lied coproducido por el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Christian Gerhaher, barítono. Gerold Huber, piano. Obras de Robert Schumann (1810-1856).

   Curioso es que contemplando el amplio corpus de música vocal schumanniana, integrado por casi sesenta opus de Lieder y canciones, así como por más de veinte obras corales y dramáticas uno se dé cuenta de que en poco más de diez años -los comprendidos entre 1840 y 1853- se concentrara en el genio de Sajonia la década más esplendorosamente romántica de su catálogo para voz. El revulsivo anímico de este frenético quehacer fue su enamoramiento de Clara Wieck (Schumann) en 1836 (afamada pianista que había sido "niña prodigio” y bastante famosa internacionalmente en aquella época, ya que se la considera la pianista más importante del siglo XIX), con la que se casaría cuatro años después a pesar de la diferencia de edad y la oposición paterna de la artista.

   Quizá por esta oposición, y por la romántica y apasionada empatía de almas gemelas que existía entre los dos amantes –sabido es que compartían un diario conjunto desde el día de su boda- es por lo que Schumann se dedicaría, con inspiradísima fruición, a la composición de tan enorme material vocal que le proporcionaría pingües beneficios económicos, enfocados a demostrar que podía mantener a su flamante esposa, si bien ella misma le instó a no limitarse a la creación para voz y piano, recomendándole que se dedicara a la composición para orquesta y se consolidara así como un gran compositor de su tiempo.

   En la primera parte, Christian Gerhaher y Gerold Huber recrean tres grupos de canciones: Drei Gesänge, Fünf Lieder und Gesänge y Sechs Gedichte und Requiem. De la resignación (Ergebung) al retiro de la mundanal existencia (El eremita, Der Einsiedler) son los temas del primer grupo de tres canciones, abordado por Gerhaher con maestría e intención, dominio del fraseo y el legato. La voz es fresca y bien proyectada, si bien campea en su canto una excesiva utilización del falsete –entendemos que como recurso expresivo- que aclara y enmascara en demasía una emisión de verdadero color baritonal que sí posee, sobre todo en las dinámicas piano.

   El segundo grupo de cinco canciones con textos de Kerner, Heine, Maritz von Strachwitz y Shakespeare son de temática muy variada, si bien contemplan un denominador común en torno a la contrición y el afligido dolor resultante del fin de la vida, de la muerte de la amada, o del amor que fenece. En Es leuchtet meine Liebe (El brillo de mi amor) y en Mein altes Roß (Mi viejo corcel), cuando el cantante transita a un registro de color mucho más baritonal utilizando con maestría el giro de la voz en los forte y jugando con las dinámicas forte y súbito piano, consiguiendo crear junto con su acompañante una atmósfera intensiva en cambios de efecto que van del agitamiento a la pasmosa quietud.

   La poesía de Nikolaus Lenau está profusamente inspirada por los sentimientos melancólicos heredados de su abuela –de la que recibió toda su fortuna- y estimulados por sus continuas desilusiones amorosas. Expresa a menudo la tristeza y la melancolía, y lamenta la pérdida de la juventud y el paso vano del tiempo, hablando del sueño de la muerte como escape final de una vida vacía. Es ésta la temática del tercer grupo de Seis canciones y un Requiem (dedicado al propio poeta), donde el intérprete se torna a veces reflexivo o descriptivo, evocador o dramático. Es en este último caso en el que no se encuentra plenamente justificado el empleo de unos medios vocales mermados en color baritonal por mor de la utilización del registro de cabeza, así como de una respiración excesivamente alta que compromete un buen apoyo para realizar los pianos en el registro central o grave,cambiando el deseable color baritonal por otro más “atenorado”. La compenetración con su colega al piano, que hace que suba muchos enteros la interpretación conjunta, puede calificarse de absoluta. De hecho, se observa como el propio pianista silabea en silencio a la vez que el cantante desgrana el texto.

   Ya en la segunda parte, Romanzen und Balladen, op. 49, comprende un tríptico de canciones. La más famosa es la patriótica denominada como Los dos granaderos, a la que curiosamente también puso música Richard Wagner. De hecho, ambos coincidieron en utilizar la música de La marsellesa que viene como anillo al dedo al texto. La interpretación del barítono resulta acertadamente heroica y arrebatada, con un canto más declamado y plenamente efectista: “¡Qué gran dolor siento, cómo me arde mi vieja herida!”.

   Los denominados por Schumann como Liederkreis (término que se puede traducir como 'Círculo’ o ‘Ciclo de Canciones cerrado sobre sí mismo') son dos ciclos de lieder compuestos por el músico en plena enajenación amorosa con su futura esposa, Clara Schumann. Sobre estos bellos textos de Heinrich Heine, además de la bellísima música compuesta por Schumann, es inevitable la comparación interpretativa de cualquiera que aborde este repertorio con la que hiciera el gran Dietrich Fischer-Dieskau, que se considera como de absoluta referencia. En el caso que nos ocupa, opinamos quehay cierto empeño imitativo de Gerhaher –salvando las distancias- respecto del grandísimo barítono. Aun así, Gerhaher es menos cuidadoso y menos refinado, con una expresividad más plana, más declamada pero menos contrastada y matizada, llegando en momentos puntuales a “romper” el legatocuando recorre su tesitura (sobre todo de arriba abajo) en SchöneWiegemeiner Leiden, justo a la mitad de las nueve canciones del Ciclo.

   Los cuatro últimos cantos, Vier Gesänge, rematan de manera un tanto más pianística que canora el concierto, dejando la sensación de inconclusas -o con cierto final disruptivo en el canto-, alguna de las canciones, sobre todo Mädchen-Schwermut (Melancolía de la Muchacha): “¡Ah, ha dejado de brillar todo consueloen este mundo desprovisto de dicha!”.

Con un lleno casi absoluto en el Teatro de la Zarzuela, ambos artistas fueron muy aplaudidos tanto al finalizar la primera parte comoen el ocaso del concierto. Un último rayo de luz, a modo de única propina,fueMeinschönerStern, Op. 101, también de Schumann.Sin duda –y matices puramente vocales aparte-, una noche memorable, que aunó lo más granado de la esencia romántica del Schumann más universalreeditada por unos de los más sobresalientes intérpretes actuales de este repertorio.

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