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Crítica:  Recital de Christian Zacharias en el Auditorio Nacional

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
12 de mayo de 2017

COMBATIR EL FRÍO

   Por Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda
Madrid. 9-V-2017.Auditorio Nacional de Música.  Christian Zacharias, piano. Ciclo «Grandes Intérpretes» de la Fundación Scherzo

   Maneras de tocar el piano hay muchas. Se puede ser un pianista serio, dramático, riguroso hasta el extremo con el texto, condescendiente con las indicaciones del autor, propenso a hacer prevalecer las ideas interpretativas propias sobre cualquier otra cosa, amanerado, contundente, de movimientos exagerados, hierático, y de otras mil maneras más. Sin embargo, hay algo que no le perdono a un pianista: que sea frío. Y Christian Zacharias fue, en el recital que ofreció en Madrid para el público de la Fundación Scherzo dentro de su ciclo «Grandes Intérpretes», un poco frío. No se imaginan cuánto me duele, porque acudí con gran interés y expectativas muy altas a escuchar a este gran pianista y director de orquesta, y debo reconocer que, a la salida, me sentí ligeramente decepcionado. No por su pianismo, que es impecable, limpio, de sonoridades y planos muy cuidados. Respecto de su técnica no sólo no tengo nada negativo que decir, sino que desearía para mí su habilidad instrumental. Más bien fue su concepción formal del concierto completo lo que no terminó de convencerme. Intentaré explicarles de qué hablo.

   Abría el recital la Sonata D537 en la menor de Franz Schubert, una obra temprana pero con un carácter indiscutible y construida sobre unas ideas de gran frescura. Su segundo movimiento, cuyo tema reutilizaría Schubert en su –mucho más grande– Sonata D959, es de una serenidad dulce que envuelve y enternece la sensibilidad del oyente. Zacharias hizo un trabajo soberbio, que destacó especialmente en la gestión de los tempi. Pocas veces he escuchado a un pianista estirar el tiempo de una forma que se perciba con total claridad y no afecte –negativamente– a la estructura de la música. Alterar el tempo, flexionarlo en determinados momentos es, a mi modo de ver, igual que modificar la estructura de un edificio. Si se hace bien es posible ganar espacio habitable sin que el entramado de vigas y pilares pierda resistencia y cohesión. Si se hace mal, es más que probable que todo acabe viniéndose abajo. En este sentido, el pianista alemán puso sobre el teclado su mejor ingeniería y la estructura no sólo aguantó sino que ganó resistencia, potenciando el discurso musical con gran acierto. La velada prometía ser deliciosa.

   Pero su Beethoven fue monocromático, imbuido todo él de una misma atmósfera, como si no hubiera diferentes personajes en la historia sonora. Está claro que su acercamiento a la obra del genio de Bonn fue absolutamente serio, todo estaba analizado en profundidad –no cabría espera otra cosa de un intérprete de su talla– pero, eso sí, iluminado siempre por la misma luz. Fueron sus Sonatas Op.90 y Op.109 interpretadas de una manera muy similar, plana y sin relieve. Poco más que decir sobre ellas, excepto que juntas y seguidas en un mismo programa, e interpretadas de la forma en que lo hizo Zacharias, se hacen largas y monótonas.

   Asunto diferente fue la obra en torno a la que se articuló la segunda parte del recital. En ella, Zacharias interpretó el Op.6 de Robert Schumann, las Davidsbündlertänze. Este conjunto de dieciséis piezas son, pese a la juventud del autor en el momento de su creación, un claro ejemplo de su escritura pianística, y ya presagia las características que les son propias a otros ciclos de piezas del compositor, como la célebre Kreisleriana Op.16. La interpretación de Zacharias fue, en esta ocasión, más cálida y envolvente. De nuevo la técnica del alemán, que le permite abordar un repertorio bastante extenso, deslumbró en los complejos pasajes del pianismo de Schumann –nada fácil, tendente a las posiciones incómodas y poco naturales para la mano– de los que salió sin que pudiéramos escucharle ni una nota falsa, ni un desliz, ni una frase fuera de su adecuado plano sonoro. La expresividad estuvo a flor de piel y la obra de Schumann supuso el punto culminante del recital. El trabajo del pianista fue largamente alabado por el público, un público que ni por asomo llenaba la sala sinfónica del Nacional –creemos que el fútbol vuelve a ser el responsable y que, en esa lucha interna de amores divididos, el amor por el esférico equilibró una vez más la balanza en contra de la música–. En cualquier caso, Zacharias hizo un recital muy correcto con momentos realmente excepcionales. Aunque su versión de Beethoven no fuese lo que esperábamos, Schubert y Schumann fueron estrellas que brillaron con una luz y una intensidad más que suficientes para combatir el frío.

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