Crítica de Óscar del Saz del recital ofrecido por la soprnao Christiane Karg en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) y Teatro de la Zarzuela, acompañada el piano poro Malcolm Martineau
Brillante recorrido por una Época perdida
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 6-X-2026. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXXIII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital 1 titulado como «Jugendstil Lieder / Belle Époque». Obras de Amy Beach (1867-1944), Claude Debussy (1862-1918), Alban Berg (1885-1935), Arnold Schoenberg (1874-1951), Gustav Mahler (1860-1911), Alma Mahler (1879-1964), Richard Strauss (1864-1949). Christiane Karg (soprano), Malcolm Martineau (piano).
En la velada que nos ocupa, se inauguró la 33 edición del Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) y el Teatro de la Zarzuela con la soprano Christiane Karg (1980) -comparece por tercera vez- quien, acompañada del pianista Malcolm Martineau (1960), ofrecieron un programa intitulado como «Jugendstil Lieder/Belle Époque» (referido al clima reinante de la canción en la era del Modernismo y la Belle Époque), y permitió a los asistentes -cantando todo de memoria- descubrir la narración de la transformación del lenguaje musical mismo, pues sitúa al escuchante en el momento exacto en el que el romanticismo tardío comenzaba a agotarse y entonces surgen nuevas formas de expresión que desembocarían en la modernidad musical del siglo XX.
El arco cronológico -de 1899 a 1908- seleccionado resultó particularmente atractivo: desde el posromanticismo todavía exuberante de Amy Beach y Richard Strauss hasta los umbrales de la emancipación tonal representados por Debussy, Berg y Schoenberg. Podemos hablar, incluso, de que en este recital se propuso una radiografía estética de una Europa muy concreta, alrededor de 1900, inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial, por autores nacidos entre 1860 y 1885, cuando Viena, París y Berlín estaban redefiniendo el lenguaje musical occidental antes mencionado.
La estadounidense Amy Beach, heredera de Brahms y Wagner -en cuanto a pequeñas piezas se refiere-, constituyó una fresca y singular sorpresa en el programa, con sus «Cuatro Lieder, op. 51», además de que se presentaran por primera vez en el Ciclo. Desde un punto de vista musicológico, estas canciones representan una síntesis singular entre la tradición germánica -heredera de Brahms- y el refinamiento armónico característico de la Belle Époque.
Karg las abordó con una línea de canto amplísima, excelente control del fiato y una capacidad de matización constante, con la conveniente diferenciación idiomática en alemán y en francés. Con estos mimbres, especialmente sugestiva resultó la ambigüedad tonal de «Ich sagte nicht [Nada dije]», la apertura casi operística -por el drama- de «Wir drei [Nosotros tres]», el virtuosismo pianístico de Martineau en «Juni» y la elegancia francesa de «Je demande à l'oiseau [Le pregunto al pájaro]». Como Beach utiliza el teclado como un auténtico interlocutor dramático, el diálogo voz-piano fue constante y con una muy buena compenetración.
Con Debussy -especialista en hacer música con la palabra- y «Las tres mélodies», del segundo cuaderno de «Fêtes galantes», se marcó el primer gran salto cualitativo de la velada porque desaparece el Lied romántico tradicional y aparece una nueva concepción musical basada en los juegos con la prosodia vocal, la armonía, el color y la atmósfera creadas por el piano. En «Les ingénus», «Le faune» y, especialmente, «Colloque sentimental», el binomio Karg-Martineau creó un espacio sonoro suspendido en el que todo parece insinuarse, con nuestra soprano -en una suerte de rara habilidad- cantando «sin cantar demasiado», con una media voz inteligentemente regulada cercana al recitado cantado. Muy bien Martineau en el control de los planos sonoros, sin excesos en el pedal que emborronaran esos efectos.
Alban Berg, encuadrado como uno de los últimos románticos y primeros expresionistas, hizo valer sus «Sieben frühe Lieder [Siete canciones tempranas]» como piedra de toque más artística e importante de la primera parte. Dada su composición, durante los años de formación de Alban Berg con Arnold Schoenberg, se muestran influencias de Mahler y reminiscencias de Brahm, pero ya se apuntan coordenadas del universo psicológico de «Wozzeck».
De los siete, destacaremos «Schilflied [Canción de los juncos]», por su refinamiento armónico y la elaborada capacidad de matización aplicada por Karg. Asimismo, «Traumgekrönt [Coronado por un sueño]», -con frases cantadas extensas- nos hizo entender los misterios que resuenan en la noche. La última, «Sommertage [Días de verano]», resultó en una auténtica explosión lírica final, con una clara densidad armónica y cambios continuos en el color vocal. Por la parte de Martineau, encontramos una ejecución casi orquestal, como corresponde a la estética de Alban Berg.
En la parte correspondiente a Schoenberg, escuchamos los «Vier Lieder, op. 2», que pertenecen aún al universo posromántico, pero ya muestran grietas en la tonalidad tradicional, sin haber penetrado todavía en el dodecafonismo. «Erwartung [Expectación]» sobresale como la obra más inspirada del grupo por su atmósfera inquietante y sus extraordinarias sonoridades armónicas. En todo momento, el canto de Karg sirvió el cuarteto de forma muy flexible y atenta a las dinámicas, con recreación en las modulaciones. En el piano posee una escritura especialmente sofisticada que anticipa bastantes recursos expresionistas.
A partir de aquí es donde creemos que el recital inició una progresión de mayor elevación y nos da pie a entrar en detalles de la voz de nuestra protagonista que, en realidad, no es de una personalidad ni belleza abrumadoras y adolece de la fantasía necesaria para «enamorar» de forma continua al escuchante. En su cuerda podemos encuadrarla como de ligera, sana emisión, esmaltada, con claras limitaciones en el volumen, pero que se exhibe técnica y elegante, capaz en el manejo de las medias voces y de los reguladores -sobre todo los de los finales que acaban en piano-, con facilidad en el control y prolongación de los fiatos y poseedora de una muy buena línea de canto. Su expresividad en general es rica, ayudada de una muy buena dicción y alta capacidad para el fraseo.
Con Gustav y Alma Mahler, el concierto viró hacia una estética exultante y extrovertida que le vino muy bien a nuestra protagonista. Los «Rückert-Lieder» representan uno de los momentos de mayor refinamiento de todo el catálogo mahleriano. En «Blicke mir nicht in die Lieder! [¡No mires dentro de mis canciones!]» hubo un exceso de volumen en la introducción pianística de Martineau, quedando la voz de Karg un tanto en evidencia. En «Ich atmet' einen linden Duft! [¡He aspirado una suave fragancia de tilo!]» y en «Liebst du um Schönheit [Si amas por la belleza]» aparece el Mahler más íntimo, concentrado y contenido en el que la soprano supo sostener líneas larguísimas con absoluta naturalidad, evitando cualquier sentimentalismo excesivo. Esta parte fue premiada de forma expresa por parte del público.
Por su parte, las canciones de Alma Mahler revelan una personalidad compositiva más sólida de lo que tradicionalmente se la ha reconocido pues muestran ricas armonías, gran sensibilidad literaria y melodías muy instintivas. De las tres ofrecidas, «Bei dir ist es traut [A tu lado hay sosiego]», la única que ya se había interpretado en el Ciclo, emergió como una bellísima y perfecta miniatura que tuvo en la voz de Christiane Karg una magnífica recreación.
El programa concluyó con Strauss, el gran heredero de toda la tradición alemana del Lied y que representa el triunfo de la belleza sonora tanto en la voz como en la «orquestación», aunque ésta esté restringida al instrumento piano, por lo que la ocasión fue totalmente aprovechada por nuestra pareja protagonista.
En sus semblantes se contemplaba el disfrute interpretativo en las inspiradas «Freundliche Vision [Visión amable]», «Waldseligkeit [Dicha del bosque]» y «Wir schreiten in goldener Fülle [Caminamos entre dorada abundancia]» (primera vez en el Ciclo), donde se exhibió un legato ininterrumpido, amplias tesituras, largos arcos melódicos y una constante exigencia en la belleza tímbrica. Como se ha comentado, Martineau resolvió la recreación orquestal contando únicamente con su piano y creemos firmemente que influyó grandemente -incluyendo la parte que, sin duda, habrán tenido de preparación- en el rotundo éxito final alcanzado por la cantante.
El recital fue muy del gusto del público, si bien el Teatro de la Zarzuela no estuvo completamente lleno, aun siendo el primer día del Ciclo. El binomio Krag-Martineau ofreció dos propinas que terminaron por redondear su éxito y fueron anunciadas al alimón por la pareja. La primera fue «Malvas», última canción compuesta por Strauss y entregada por éste a la célebre soprano checa María Jeritza (1887-1982), una de las cantantes más admiradas en el malogrado rol de Tosca y que -según lo que contó Martineau- fue la primera cantante que hizo famosa la interpretación de la celebérrima «Vissi d’arte», recostada. Ante la insistencia del público se interpretó la archiconocida straussiana, y muy apropiadamente interpretada, «Morgen».
Fotos: Elvira Megías
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