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Crítica: 'Der Rosenkavalier' en el Festival de Salzburgo

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Autor: Alejandro Martínez
28 de agosto de 2014

UNA OCASIÓN PERDIDA

Por Alejandro Martínez

23/08/2014 Festival de Salzburgo: Grosses Festspielhaus. Strauss: Der Rosenkavalier Krassimira Stoyanova, Sophie Koch, Moja Erdmann, Günther Groissböck y otros. Wiener Philharmoniker. Franz Welser-Möst, dir. musical. Harry Kupfer, dir. de escena.

  El caballero de la rosa es una ópera largamente ligada al Festival de Salzburgo. El programa de mano de esta funciones detalla con todo pormenor las producciones y solistas que han pasado por allí anteriormente con este título. La nómina es prodigiosa: Clemens Krauss, Lotte Lehmann, Josef Krips, Hans Knappertsbusch, Karl Böhm, Elisabeth Rethberg, George Szell, Maria Reining, Kurt Böhme, Lisa Della Casa, Hilde Güden, Herbert von Karajan, Elisabeth Schwarzkopf, Sena Jurinac, Christa Ludwig, Tatiana Troyanos, Gundula Janowitz, Kurt Moll, Lucia Popp, Luciano Pavarotti, Anna Tomowa-Sintow, Agnes Baltsa, Lorin Maazel, Cheryl Studer, Ann Murray, Adrianne Pieczonka, etc. Coincidiendo ahora con el 150 aniversario de Strauss, Pereira había planteado estrenar una nueva producción (la última fue la de Carsen en 2004) en la presente edición del festival, a cargo del más que veterano y casi octogenario Harry Kupfer. Su producción bien pudiera generar el espejismo de un trabajo fotogénico y bien elaborado en la dirección de actores, pero al final no hay en él otra cosa que una producción clásica, a la antigua, en el peor sentido, sin imaginación ni fantasía, apenas sin ambición, que intenta engatusar al espectador a base de la proyección de unas cuantas instantáneas vistosas a lo largo del gran escenario del Festspielhaus de Salzburgo. Una ocasión perdida, en suma, de hacer una propuesta con personalidad en torno a un título que tanto se ha escenificado en Salzburgo y que tanto significa para este lugar.

   Krassimira Stoyanova, a quien entrevistamos en Codalario recientemente, es toda una señora del canto: impecable, elegante, segura, grandiosa en un estilo tan sereno como firme. Su canto es un ejemplo de cuan lejos se puede llegar sin estridencias, a base tan sólo de una técnica depurada que se traduce en un canto expresivo y franco. No es la suya una voz especialmente dotada, en cuestiones tímbricas, pero la emisión es tan desahogada, canónica y cómoda, que redunda en su caso en una vocalidad muy flexible, capaz lo mismo de plegarse a estas exigencias que a las del Verdi más temprano, como glosamos al hilo de su Giovanna D´Arco de Bilbao. El resultado es un canto siempre redondo, fácil y bello. A su Mariscala le queda margen para una encarnación dramáticamente más densa y elaborada, pero estamos sin duda ante un debut sobresaliente con esta parte.

   Ya habíamos glosado aquí las virtudes del Octavian de Sophie Koch. En esta ocasión la encontramos menos entonada, con una emisión más agría y tensa en el agudo. La encarnación sigue siendo paradigmática en lo dramático, aunque la producción de Kupfer no pareció darle alas para sentirse tan cómoda y suelta como quisiera. Inaudible durante toda la representación la Sophie de Mojca Erdmann, de timbre casi caricaturesco, insuficiente a todas luces para este repertorio y quizá para casi cualquier otro. Ante su decepcionante labor vocal apenas queda espacio para referirse a su trabajo actoral, que osciló entre lo cursi y lo simpático. Casi ridículo también el cantante italiano de Stefan Pop.

   Günther Groissböck encarnaba en esta ocasión al barón Ochs. Su voz, en absoluto la de un bajo profundo, es corta en los extremos y la emisión abunda en sonidos fijos y poco redondos. Por lo general su canto no es todo lo natural y fluido que uno quisiera para una parte donde se exige al intérprete dominar ese extraño arte de confundir el canto con el recitado sin reducirlo a un mero declamado desimpostado. La vis cómica de Groissböck tampoco brilla por su naturalidad y desenvoltura. No compartimos, por cierto, la simpatía que algunos han expresado, sobre todo en la prensa local, ante la propuesta de un Ochs de apariencia más joven y apuesto, menos caricaturesco pues, ya no esa especie de viejo verde de modales gruesos y descuidados.

   En el foso, Franz Welser-Möst volvió por sus decepcionantes derroteros, planteando un Rosenkavalier de gruesa elegancia, generalmente caído y con apenas algunos instantes de pura belleza sonora, debidos más a la materia prima de la Filarmónica de Viena que al empeño de su morosa batuta.

Fotos: Salzburger Festspiele / Monika Rittershaus

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