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Crítica: Sergio Azzolini y la Orquesta Barroca de Sevilla se unen en el XLVIII ciclo de conciertos del CSIPM

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Autor: Mario Guada
22 de marzo de 2021

La orquesta historicista de la ciudad hispalense se une a una de las referencias mundiales en el fagot barroco para ofrecer un imponente y evocador viaje a la laguna veneciana, reivindicando así la posibilidad de las orquestas barrocas españolas para acometer con solvencia repertorios extranjeros.

Un concierto para reivindicarse

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 13-III-2021. Auditorio Nacional de Música. XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música. Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música [CSIPM], de la Universidad Autónoma de Madrid. Vivaldi y la Venecia de su época. Sergio Azzolini [fagot barroco y dirección artística] • Orquesta Barroca de Sevilla.

Ciertamente el fagot parece excitar como pocos instrumentos su fantasía, que en estos conciertos se revela como un absoluto conocedor de las posibilidades técnicas y expresivas del fagotto, aerófono que, sin lugar a dudas, conoce en la obra vivaldiana una comprensión musical y un tratamiento expresivo sin apenas parangón en la historia de la música.

Pablo Queipo de Llano: El furor del Prete Rosso: la música instrumental de Antonio Vivaldi.

   La realidad es la que es, y poco puede hacerse ahora mismo para cambiarla. Lo cierto, uno no tiene más que pegar un vistazo a las programaciones de las instituciones españolas más importantes en el ámbito musical, para ver que los conjuntos españoles apenas logran contar con la confianza suficiente para pasar de programas en los que sus plantillas han de reducirse a la mínima expresión, contando con una voz por parte y, en la mayor parte de los casos, teniendo que acometer explícitamente recuperaciones de nuestro patrimonio musical español –lo cual es fundamental y casi obligatorio, por supuesto, pero nunca debería resultar excluyente–. Por ello, que la Orquesta Barroca de Sevilla [OBS] pudiera plantarse en toda una sala sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid con una plantilla como pocas veces puede verse en un conjunto historicista español, que contaba con nada menos que veintiún miembros, resulta una reivindicación absoluta, que va mucho más allá de la mera interpretación de un concierto. Además, la OBS planteó un programa integrado plenamente por compositores italianos y, como principal protagonista, por una de las figuras fundamentales en la historia de la música occidental: Antonio Vivaldi (1678-1741), un repertorio que en gran medida parece vetado a los conjuntos españoles, destinados irremediablemente a ser considerados peores que sus colegas europeos. No seré yo quien defienda que España en el país puntero en la interpretación de música temprana en Europa a nivel orquestal, porque lo cierto es que, si uno lo analiza fríamente y piensa en los grandes, los nombres que acuden a su cabeza son mayoritariamente extranjeros. En España no hay cultura del historicismo en el ámbito de las orquesta, por eso apenas hay dos o tres nombres que realmente se integren en el planteamiento orquestal, de los cuales sin duda la Barroca de Sevilla, es, por trayectoria, enfoque y fidelidad a una manera de trabajar, la más destacada de las formaciones españolas con una plantilla que supere la veintena de miembros –cabría pensar también en Le Concert des Nations de Jordi Savall, pero no la consideraría una formación española, en verdad–.

   Mérito compartido en esta ocasión con el Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música [CSIPM], institución dirigida por la musicóloga Begoña Lolo y perteneciente a la Universidad Autónoma de Madrid, que han tenido la inteligencia de presentar este programa dentro de su XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música con el fagotista barroco Sergio Azzolini al frente de este proyecto, una figura que siendo como es probablemente la mayor referencia mundial en la interpretación de los conciertos para su instrumento de Vivaldi, no había aparecido antes en nuestro país para ofrecer un programa así. El fagotista italiano, nacido en Bolzano, lleva años registrando en disco la integral de los conciertos «vivaldianos» para fagot, para la Vivaldi Edition al frente de L’Aura Soave [vols. I a III] y L’Onda Armonica [vols. IV y V], casi una cuarentena en una producción de entre las más sustanciosas de todo el Barroco para el instrumento, siendo «después del violín el instrumento solista más por Vivaldi en sus conciertos», como asevera Pablo Queipo de Llano en su excelente monografía sobre la música instrumental del compositor veneciano. Continúa: «Este hecho, que viene además secundado por la frecuente e importante disposición del fagot como instrumento obligado e los conciertos de cámara vivaldianos, se antoja realmente extraordinario, puesto que el fagot es un instrumento muy raramente usado como solista durante el Barroco. Aunque muy difundido durante el Seicento, el fagot apenas era empleado para otra cosa que no fuera la realización del bajo continuo, en tanto en cuanto su timbre grave y robusto se antoja idóneo para proveer, en alternativa o en compañía de un violonchelo o una viola da gamba, el soporte melódico de la línea del bajo. […] De entrada, el fagot –aerófono de doble lengüeta descendiente de la dulzaina renacentista– sufrió, en torno a 1700, serias transformaciones que dieron lugar al fagot «moderno» cultivado en la época dieciochesca, un instrumento bien distinto al arcaico fagot empleado en los siglos XVI y XVII. […] Con toda probabilidad el fagoto utilizado por Vivaldi era el muy reciente fagot de cuatro piezas y tres o cuatro llaves, que en manos del Prete Rosso conoció un repertorio inédito, con una dignidad solística desconocida hasta entonces –y bien distinta al repertorio seicentesco– que, más aún, se antoja única en el panorama musical del XVIII, puesto que ningún otro compositor del Settecento dedicó tantas y tan excelentes obras de carácter solístico al grave aerófono, siendo especialmente llamativo el hecho de que ninguno de los compositores italianos contemporáneos de Vivaldi dedicara obra solística alguna al fagot».

   Señala, además, que este corpus probablemente tuviera que ver de forma directa con la presencia de algunas notables instrumentistas de fagot en La Pietà, para cuya orquesta de jóvenes concibió Vivaldi muchos de sus conciertos para instrumentos solistas y orquesta, como avala el hecho de que las obras para fagot tengan una «exclusiva destinación veneciana, […] pues todos ellos, lejos de haber conocido publicación alguna o difusión a gran escala durante la vida del Prete Rosso, se han conservado en partituras autógrafas procedentes del archivo personal del compositor –hoy conservado en los fondos manuscritos de Turín–. […] Ciertamente el fagot parece excitar como pocos instrumentos su fantasía, que en estos conciertos se revela como un absoluto conocedor de las posibilidades técnicas y expresivas del fagotto, aerófono que, sin lugar a dudas, conoce en la obra vivaldiana una comprensión musical y un tratamiento expresivo sin apenas parangón en la historia de la música. […] Son muchas las analogías de la escritura fagotística vivaldiana con la escritura que el propio compositor veneciano dedica al violonchelo. La amplísima variedad en la articulación del fraseo, la soberbia riqueza afectiva –bien lírica o nostálgica, bien incisiva o risueña– y el formidable virtuosismo exigido –con un característico empleo de abruptos saltos interválicos del registro tenor al grave y viceversa, así como la utilización entera y verdadera de toda la extensión del registro del instrumento (del si bemol0 al la3)– constituyen los rasgos señeros del lenguaje fagostístico vivaldiano, que a efectos dialécticos y expresivos viene a ser, en esencia, el mismo que el Preto Rosso prescribe para el violonchelo».

   Sin embargo, en este programa no se interpretaron en esencia los que son esos conciertos para fagot originalmente concebidos –a excepción del RV 481–, sino que se plantearon algunos arreglos de obras que presentan al fagot como invitado dentro de un conjunto solista más amplio, como sucedió con la obra que inauguró el programa, el Concierto para dos oboes, dos violines, fagot, cuerda y continuo en re mayor, RV 564a, que presenta un cambio con respecto a su original [RV 564], cuya plantilla primigenia prescribe dos violines y dos violonchelos; sin embargo, aquí los oboes fueron interpretados también por violines, en una suerte de doble adaptación del original. Sorprendió desde el inicio el empaque sonoro y el empaste de una muy nutrida sección de cuerda [6/5/4/3/1], que se reivindicó desde el inicio con un trabajo muy pulcro y de filigrana. El violín solista de Andoni Mercero, quien hizo las veces de concertino y solista principal de la velada junto a Azzolini, ejecutó sus secciones solísticas con corrección, aunque le costó entrar un poco en sonido y presentó notables desafinaciones. Magníficamente integrado el sonido del fagot en el sonido orquestal, dejando algunos destellos, a pesar de que no era una obra para su estricto lucimiento. Destacó el trabajó el de contrastes dinámicos en el tutti orquestal, muy efectivos. Bien ajustada la concertación de los violines, de nuevo presentando el fagot un balance sonoro muy equilibrado en el sonido global, en el movimiento central. De especial refinamiento resulto el continuo, elaborado con Mercedes Ruiz encabezando los violonchelos barrocos –la acompañaron en el tutti Anastasia Baviera y Aldo Mata–, junto al contrabajo de José Luis Sosa y el siempre solvente clave de Alejandro Casal. Lástima que el laúd de Juan Carlos de Múlder apenas se escuchase a lo largo del concierto, salvo en pasajes muy concretos. El Allegro conclusivo destacó por la brillante sincronía y solvencia de los violonchelos, además de por un lograd diálogo entre violines concertados y fagot.

   El Concierto para violín (u oboe), violonchelo, cuerdas y continuo, RV 812, uno de los conciertos recientemente aportados al catálogo de Ryom para las obras de Vivaldi –de ahí su número de catálogo tan alto–. Aquí llegó con una adaptación para que la parte del violonchelo pudiera ser interpretada por el fagot. Destacan dos aspectos principales en este concierto: I. La inteligencia de Azzolini para asumir el rol solista, pero sin anteponerse nunca a sus compañeros y sabiendo encontrar siempre un equilibrio con el tutti que solo alguien de talla muy importante puede lograr; II. Su capacidad para adaptarse a unas lecturas menos extremas de lo que los conjuntos italianos –y el mismo en algunas de sus grabaciones– nos tienen acostumbrados, por lo que no hubo aquí –ni a lo largo del concierto– movimientos excepcionalmente, pasajes de virtuosismo exacerbado o concepciones dinámicas y agógicas intencionadamente contrastantes. Los solos de Mercero y Azzolini llegaron plasmados en un diálogo muy orgánico, con el primero ahora sí más metido en afinación y con un sonido más pulcro. Azzolini ofreció una lectura magníficamente articulada en el movimiento inicial, con una profundidad de sonido impecable, resaltando además un bajo continuo de enorme firmeza. Gran balance en el dúo solista del Largo central, destacando de nuevo un continuo que supo aligerar la densidad de la textura en pasajes concretos para favorecer la diafanidad del dúo melódico. La repetición de la sección principal del movimiento llegó ornamentada con profusión de ornamentaciones en los solistas, de notable fluidez e inteligentemente encajadas en su discurso, más en el violín de Mercero que en el fagot de Azzolini.

   Cambio de autor, para detenerse brevemente en Giovanni Bendetto Platti (p. 1692-1763), compositor del ámbito veneciano que desarrolló buena parte de su carrera en la corte de Würzburg, muy destacado en la composición de conciertos y sonatas. Su Concierto para fagot, cuerdas y continuo en do menor mantuvo la línea de los conciertos precedentes, tanto en la capacidad de la OBS para elaborar un discurso muy fluido de gran equilibrio entre sus partes y un sonido muy cuidado y compacto, destacando en el movimiento inicial las progresiones melódicas delineadas con gran refinamiento en la cuerda. Fantástico el sonido de Azzolini, que fue capaz de mostrar múltiples colores, adaptándolos a las características expresivas de cada momento. Muy bien su balance en los ritornelli del tutti, destacando sus solos en una refinada conversación junto a violonchelo y laúd –aquí algo más presente por momentos–. Perfectamente engarzado el unísono de fagot y violines I en el Adagio central. Azzolini articuló con enorme claridad sus solos, destacando de forma brillante la escritura rítmica en un contraste muy efectivo con los momentos de un fraseo legato de exquisita delicadeza. Extraordinaria imbricación de Azzollini en el sonido del tutti en el Allegro conclusivo, demostrado su capacidad de adaptación y el gran entendimiento que tiene con la OBS.

   Antes de regresar a Vivaldi, un conjunto más reducido de la orquesta acometió la interpretación de la Sonata à cinque, Op. 2, n.º 11, de las Sinfonie e concerti a cinque, due Violini, Alto, Tenore, Violoncello e Basso [1700] del también veneciano Tomaso Albinoni (1671-1750/51). Interpretada por dos violines, dos violas, violonchelo, contrabajo, clave y laúd, esta obra en cuatro movimientos sirvió para mostrar otra visión de la música veneciana, más arraigada en una tradición instrumental anterior, en la que destaca su escritura a cinco partes. Interpretada con una voz por parte y un nutrido continuo, se favoreció una lectura intimista de la obra, además de la inteligibilidad del contrapunto. Siempre resulta poder escuchar las partes de las violas en este tipo de obras, bien desenvueltas aquí, aunque en muchos momentos excesivamente en segundo plano frente a los violines. La sonoridad más arcaizante del Allegro siguiente fue remarcada con solvencia y calidez muy evocadoras. Equilibro mejor conseguido entre violines y violas en el Grave, con un continuo desarrollando un acompañamiento solvente e imaginativo. Concluyó la obra con un Allegro solventado de manera brillante en el diálogo entre las líneas, con un sonido empastado y de afinación bastante pulida.

   De regreso a Vivaldi, se ofrecieron otros dos conciertos para finalizar la velada. El primero de ellos, el Concierto para fagot, cuerda y continuo en re menor, RV 481 es uno de los casi cuarenta originales que se conservan para el instrumento, el cual se inicia con un Allegro de impetuosa factura –utilizado también en el Concierto para violonchelo, cuerda y continuo, RV 406– magníficamente descrito en carácter por el tutti, destacando el trabajo dinámico del ritornello inicial. Enorme capacidad expresiva y múltiples colores de nuevo en el fagot de Azzolini –uno de los momentos más destacados de la noche–, que estuvo sutilmente acompañado por un enérgico continuo y una delicada sección de cuerda. La escritura más teatral del Larghetto central destacada por las disonancias en la cuerda, que fueron descritas con fino pincel aquí, así como el impacto que causa las dinámicas bajas que requieren de un sonido muy refinado. Descollante manejo de expresividad, lirismo y profundidad de sonido en los solos del italiano, que es capaz de plasmar unas inflexiones melódicas casi de bajo operístico. Multitud de recursos técnicos desarrollados en el movimiento conclusivo, recobrando la energía y el poderío de un tutti orquestal que mantuvo la tensión de forma brillante.

   Concluyó el programa con el Concierto para 3 violines, fagot o violonchelo, cuerdas y continuo en sol menor, «La Notte», RV 104a, versión con un instrumentario más amplio que el original para traverso, 2 violines, fagot, cuerda y continuo –existe otra versión, para fagot, cuerdas y continuo en si bemol mayor, catalogada como RV 501 [véase imagen]. Se trata de un concierto de cámara cuyo carácter programático se plasma en las indicaciones de algunos de sus movimientos, como Fantasmi o Il sonno. Música de enorme teatralidad, desde su Largo inicial, en una escritura para violín muy descriptiva, que fue aquí delineada con gran pulcritud por Mercero, mientras Azzolini y la orquesta remarcaron con solvencia los acordes en staccato. Solvente carácter dialógico entre violín y fagot, para dar paso al Presto fantasmagórico, cuyo carácter furibundo y marcadamente rítmico fue plasmado con inteligencia en la sección de cuerda de la OBS. Il sonno. Largo muy bien construido desde la base con el añadido de distintas líneas individuales para crear la melodía completa, aportando cierto nivel de imaginación en la elaboración del movimiento, pero con criterio. Brillante, luminoso y exquisito Allegro final, para rubricar una velada de reivindicación poderosa de la OBS. Cuando hay trabajo y solvencia detrás, no hay repertorios que no puedan ser abordados, más allá de la nacionalidad del conjunto que los interprete. Hace falta, quizá, más apoyo real –como sucede en otros países– para que conjuntos de plantillas más extensas puedan desarrollarse con cierta seguridad, porque los resultados pueden ser muy positivos, como quedó constancia.

   Como regalo a los asistentes se ofreció una versión adaptada del movimiento lento de un concierto original para dos violonchelos, también de Vivaldi, en una versión a cargo de Ruiz y Azzolini, acompañados tan solo por el continuo. Un momento muy expresivo, de sutilezas y realmente ensoñador que concluyó una velada de altísimo nivel, tanto para el fagotista italiano como para los miembros de nuestra orquesta historicista más destacada…

Fotografía: CSIPM.

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