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«La eterna noche de la piromusia». Por Rodolfo Ruiz Vázquez

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Autor: Rodolfo Ruiz Vázquez
12 de enero de 2022

«Ni Puellago, ni la música ni la poesía deben decir nada. Y si lo dicen, también bien, aun si lo dicen a mi antipoética manera. Mientras el mundo está allá, allende de mí, y yo acullá, aquende de él; mientras los audífonos me administran un sucedáno poético en presentación de gotas óticas, de góticas independientemente de si escucho a un representante de la Escuela de Notre Dame, la música, por instantes, me libera de esa odiosa necesidad de darle sentido a todo». 

«Noche estrellada» de Van Gogh

La eterna noche de la piromusia

A santa Cecilia

Por Rodolfo Ruiz Vázquez
Tarde o temprano las reconciliaciones llegan, y de un modo acorde al natural de quienes se bienquistan. En la mía con la indeterminación, mi enemiga dispuso el reencuentro con sentido maquiavélico del efectismo teatral y de las relaciones públicas, con miras a sacarse partido: a tenor de su nebulosa esencia, me anunció las paces ni más ni menos que al amanecer, cuando la niebla velaba el islote en que tiempo ha me retiré del siglo; para mayor inri, estaba hojeando el paradigma de lo determinado, lo inequívoco y a-las-todas-tintas: ese emblema del Siglo de las Luces que son las Cartas marruecas de Cadalso. Guedeja a guedeja, el claror irrefragable desarropaba de bruma a los oyameles, al tiempo que preñaba de lumbre los abalorios de rocío que les perlaban las barbas; y no sino hasta el mediodía, cuando los patos alaguizaban tallando surcos de diamante que de inmediato se esfumaban, alisándose de nuevo la bruñida pista de lapislázuli, pude ver claro su rostro... si se puede hablar de «claridad» en semejantes acaecimientos. 

   Seamos francos: la lisura turquesa del lago no era más que la sábana bien planchada de la cama frontera; el islote tan sólo mi rodilla y un algo qué de muslo, en rampa al estar mis pies apoyados sobre el tambor; mientras que la niebla nacía del bostezo de la taza humeante y del esfumino con que mis ojos miopes desdibujan el mundo en quitándome los lentes: costumbre inveterada esta última a la hora de escuchar música en el reposet.

   A la sazón era uno de los Épigraphes antiques de Debussy, el de la tumba sin nombre. Y recordé, por evidente asociación, el cuadro de Poussin donde unos pastores hacen el hallazgo de una tumba en una Arcadia de la que muerte y desasosiegos parecerían estar vedados: la típica asociación alentada por el Partido por una Música con Programa (PAMUPRO), desaprobada por el Partido de la Música Absoluta (PAMUSAB); los enconados defensores, respectivamente, de las posibilidades de elucidacion de la música a partir de sus relaciones interdisciplinarias, y de la autonomía de ésta en cuanto lenguaje capaz de definirse por sí solo. Encono que Debussy y compañía son proclives a atizar obsequiándonos títulos de tan sugestivo jaez. Pero, ¿si hablamos de la Quinta sinfonía en fa menor de Perenganesi, la Sonata a trío en sol mayor de Fulanitz, el Quintento para piano en mi bemol mayor de Merenganssohn, títulos que nada dicen más que al iniciado, cambian las cosas una vez incoada la audición? 

   De la música, podemos saltar a las otras artes, en especial a ese rompecabezas escurridizo en que no termina de consolidarse la poesía moderna. Lejos quedaron los tiempos en que Francisco de Salinas escribía tratados sobre lo que significaba la música, o en que san Juan de la Cruz comentaba verso a verso la «Noche Oscura» a lo largo de la empinadísima Subida del Monte Carmelo. Y ya empezaba yo, beligerante: «Pérdidas irrestituibles de certezas, de resultados, de satisfacciones duraderas...». O, mejor, de la ilusión de todo ello. Porque, por mucho que casi casi deletree san Juan el contenido de la «Noche Oscura» en la Subida, de ahí a que el lector holle con el propio pie la celebérrima cumbre es otra cuestión. Hasta lo meridiano esconde, por fuerza, intríngulis en el encandilamiento anejo a su naturaleza cenital. ¿Entendemos, aun subiendo la Subida, la «Noche Oscura»? Yo me pregunto si sí...

   Y ya metidos a rezanderos territorios, otro gran místico, el maestro Eckhart, hablaba de la necesidad de vaciarse de la propia voluntad para permitir, a la manera de un tubo, el libre recorrido de la voluntad de Dios por nuestro ser. Para que el Reino de los Cielos llegue, primero debe irse el propio reino, diría Aldous Huxley. Y yo me pregunto si sí... 

   Vengo preguntándomelo desde que la bruma, al disiparse, me descubrió mi rodilla, y me planteé la interrogante de si «Pour un tombeau sans nom» aludía veladamente al cuadro de Poussin, o... Y ya iba yo, a fuer de millennial, a echar mano del celular, y a darme una salpicada de hipertextos. Pero sea por maña, sea por roñosa disciplina, durante mis sesiones melómanas confino el celular al cajón del escritorio, donde observa un obediente coma. De por sí distraído, no pasaría del primer minuto siquiera de la melodérrima «Eine kleine Nachtmusik» sin que consultara yo el aparatejo. 

   Música clara y explícita donde las haya, ¿no? Pues... La música, aun la del proporcionado, simétrico Amadeus, se resiste a la sonsaca: antes bien se traga las respuestas; y de tener el aparatejo a la mano, el apoltronado melómano las buscaría en un foro, en una crítica de Gramophone, en un artículo de JSTOR, en la sección de comentarios del video donde se toca la misma pieza que está escuchando en el reproductor de cedés.

   Lo diré sin ambages: es este ubérrimo, incontenible deseo que busca respuesta el mismo al que Eckhart y san Juan me recomiendan ponerle coto, para que Dios desee por mí. Y me cuestiono, ¿se podrá? ¿Ponerle coto? Los santos nos brindan instrucciones más o menos precisas, más o menos asequibles, de cómo lograrlo. ¿Pero a quién? ¿A todos, o a unos cuantos hombres y mujeres tan piadosos como ellos? Buscar no buscar es tan absurdo como buscarlo todo, o buscar sólo algo con monomaniaca fijación. La respuesta, al parecer, se ubica entre dos extremos: el carpe diem y el memento mori. Buscar respuestas —lo que solemos hacer como escuchas, como lectores— equivale a buscar soluciones a la incertidumbre que anida en el corazón humano, ya inmediatas, ya de tardo pero seguro efecto. 

   A todo esto, en lo que dilucidamos la Cuestión de cuestiones, el flujo seguirá fluyendo. Ni una vida entregada a la exégesis del corpus de san Juan ni una carrera dedicada al estudio de la producción debussiana nos darán la Respuesta. ¿El abandono, entonces? No. Pero antes habría que resolver por qué depositamos tales expectativas en lo indeterminado, llámese Gorostiza, Scriabin o el Bosco. Fuera plural mayestático: ¿por qué mi cabeza cuadrada, incapaz de disfrutar, ni se mencione comprender a Hart Crane o a Huidobro, que para los versados son papita en comparación con los indeterminados de a devis, potencia sus afanes dominadores, dotándolos de dimensión y volumen de paralelepípedo, hasta homologarse —mi cubo de cabeza, mi cubecita— con el reproductor de cedés, negro y rectangular ataúd donde cantan los fantasmas atrapados en la discolora y discoidal cripta que, desde su metalescente reverso, al rayo de la lámpara, me champa en escarnio un polisémico arcoíris? ¿Por qué impetro de los fantasmas respuestas que ni los vivos pueden darme? En cambio, mulísimas, me enjaretan mi rodilla-islote, las sábanas-lago.

   Suspiro hondo, cuento hasta diez y, difiriendo la venganza, pienso en Ella, a quien sólo veo en sueños, que ni en sueños me hace caso porque ni me ve, y a la que nunca besaré sobre la playa de ese lago donde, no hace mucho aún, nos ensoñaba (yo) juntos. Mi lady of the lake, mi doncella del lago, mi puella del lago: mi Puellago. De Julio César una maestra decía que, como literato, era cuadradón; así yo, y como lector además. Tal vez por ello la música clásica sea mi poesía moderna, mi fuente de indeterminación. Pues hasta lo cuadrado tiene sus ínfulas, alberga fantasías tridimensionales, ilusiones de paralelepípedo: ahí están la caja del disco y el ataúd-componente. Y así como Zeus gestó a Dioniso en su muslo, y el de Marcel Proust podía dar vida a una mujer durante la duermevela, Puellago, con quien pretendo vivir en la cabañita erigida sobre la punta del peñasco, brota como manantial de una roca y, corriendo ladera abajo, rebasando el lago y la comarca, se multiplica y desdobla en Puella del Piélago o P(u)el(l)agus, y Puella de éste y otros lares: Puellar ubicua que se posesiona del mapamundi. 

   El mustio apoltronado, el muy moscamuerta, comienza a sentirse amo y señor y a verle a todos cara de apachurrable mosca, por más que esas moscas tengan mejor y más amplia visión que la que su miopía le pichicatea a él. ¿Y qué si sí? Difícilmente el poltrón, supliendo con mentales chaquetas la falta de un programa que explique los Épigraphes antiques, llevará sus programas de conquista al plano de la realidad. A lo mucho garabateará esbozos de esa turbia agenda, que puede consistir en conquerir el mundo o en conquerir a Puellago contactándola desde el aparatejo, que a Dios gracias quedó muy lejos del reposet. A juicio de Cadalso, donde los jóvenes acusan temeridad, los viejos pecan de excesiva prudencia. Aun siendo joven, el soñador de poltrona es un viejo en espíritu; y sabe que ni Debussy le dara respuestas, y mucho menos Puellago. Indeterminados los dos, lo invitan a ensoñarla a ella, a escucharlo a él entre los bostezos de la taza humeante. 

   Ni Puellago, ni la música ni la poesía deben decir nada. Y si lo dicen, también bien, aun si lo dicen a mi antipoética manera. Mientras el mundo está allá, allende de mí, y yo acullá, aquende de él; mientras los audífonos me administran un sucedáno poético en presentación de gotas óticas, de góticas independientemente de si escucho a un representante de la Escuela de Notre Dame, la música, por instantes, me libera de esa odiosa necesidad de darle sentido a todo. 

   Cuando Yourcenar habla de la música como de «esa arquitectura invisible», es obvio que se refiere a las construcciones mecanizadas que a febriles y fabriles martillazos construyen los conciertos para piano de Prokofiev, a las catedrales de luz que urden las etéreas voces de un Morten Lauridsen, a los palacios que con pincel de Canaletto dibuja en la imaginación Vivaldi. Mas no por ello deja, a la par, de aludir a los castillos de viento que son las elucubraciones: un idilio amoroso con Puellago, travesías a través de Poemar, conquistas en lejanas tierras...

   Ahora bien: el arquitecto de poltrona es tan para poco que, cuando deje de correr el disco, se habrá quedado sin gas, aunque siga gaseando a escape abierto el mullido. He ahí, a mi parecer, otra disuasión para las infinitas playlists que nos concede el celular, inerte y memorioso como el Funes de Borges: la excesiva acumulación de fumarolas y la consiguiente hinchazón del ego. Sesenta, setenta minutos de música; y tras una ida al baño, sin dejar en momento alguno de ventosear a placer, y previo ritual de infusión y selección del nuevo material auditivo, habremos permitido que el hornazo psíquico se disipe. En ese ínterin, Ella, Él o lo que sea que nos ocupe se habrá perdido en la música doméstica, bajo el refri zumbador y la peristalsis de las cañerías. Sentado el melómano, calados los audífonos, reproducida la obra, en tanto corra el disco, sobre la vida correrá el sueño de lo que nunca habrá de ser, y que si llegara a ser, no sería como lo deseaba uno, para bien o para peor.

   La poesía que «nada dice», o el sustituto de indeterminación que algunos tomamos en su presentación ótica, dice de otro modo: de aquél con el que canta al plantarse, sobre el alféizar, un ave cañamonada, cuya elusiva visión impulsa, por primera vez, al huevón fuera de su nido hacia el escritorio, no por el celular, sino por el cálamo, que, así tenga el color de la inesperada visita, ninguneará las cromáticamente afines pero espiritualmente aversas verdes palomitas de una miss de escuela; y que, balbuceante, se regodeará con su propio barboteo, ante esa tímida pero incitante empresa de explicar lo que rehúye las denominaciones. Porque si la indeterminación comporta un indecible tormento, a la par entraña la inefable dicha de poseerlo todo sin poseerlo nada, sin que uno deje su trono de paralítico.

   Entonces el flujo se torna reflujo, y de lo sublime bajamos de golpe a lo sublunar, al sabor de tierra del café, a hierba de la infusión. En el muslo llevo a Dioniso, de mi muslo, ya amodorrado yo, podría nacer una hembra, como le sucedía a Marcel; pero mi muslo, mi rodilla, siguen siendo monte, pendiente, arboleda y abundante materia prima para nutrir varias orquestas. Del ensueño, caigo a la realidad, a la fricción de tripas de cordero y pelos de crin, y a la vibración de la madera; la música —mi poesía— se determina en lo táctil, en una materialidad granulosa que hace ronzar los oídos. Y luego, de vuelta a la vaguedad...

   En medio de todo, la esperanza de una definición metafísica, escatológica, no abandona al poltrón. El que ama lo indeterminado con amor apache no carece de determinado ideal de concreción. Cuando el símbolo se vuelva objeto de adoración en sí, cuando el poltrón se deleite en el significante al margen del significado, habrá llegado la «noche estrellada» por la que suspira. Entonces, el cielo de las ideas, oscurecido, pondrá en relieve la pirotecnia musical, la piromusia, y las notas brillarán sin otro atractivo que su luz. Los puntos y bolitas del pentagrama, martilleados como pepitas de oro en el yunque, salpicarán de chispas el caracol del oído, en cuya bóveda deflagrará un braille de luciérnagas.

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