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Crítica: Concerto 1700 con Carlos Mena y Daniel Pinteño e Íliber Ensemble en Vélez Blanco

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Autor: José Antonio Cantón
29 de julio de 2022

El Festival de Música Renacentista y Barroca de Vélez Blanco continúa con dos conciertos protagonizados por Concerto 1700, bajo la dirección de Daniel Pinteño, e Íliber Ensemble y Coro Tomás Luis de Victoria, dirigidos por Darío Tamayo y Pablo García Miranda

Concerto 1700

Gran repertorio barroco

Por José Antonio Cantón
Vélez Blanco, XXI Festival de Música Renacentista y Barroca (FESTIMUVB). Iglesia del Convento de San Luis. 25-VII-2022. Concerto 1700. Solista: Carlos Mena (contratenor). Dirección: Daniel Pinteño (violín). Obras de Arcangelo Corelli, Giovanni Bononcini, Antonio Literes, José de Nebra y José de Torres. Iglesia Parroquial de Santiago. 26-VII-2022. Íliber Ensemble y Coro Tomás Luis de Victoria. Laura Martínez Boj y Lucía Cahiuela (tiples), Mikel Uskola (alto) y Alberto Palacios (tenor). Dirección: Darío Tamayo y Pablo García Miranda. Obras de Sebastián Durón.

   Las jornadas cuarta y quinta del Festimuvb-2022 han contado con dos conciertos dedicados al más evolucionado barroco español de entre los siglos XVII y XVIII, eventos que venían precedidos de una gran expectación por sus interesantes contenidos. En el primer caso por las escogidas cantadas de tres autores muy importantes de aquella época como fueron nuestros compositores José de Nebra, José de Torres y Antonio Literes, que iban a ser interpretadas por el admirado contratenor Carlos Mena, con el intercalo de sendas sonatas de Arcangelo Corelli y Giovanni Bononcini; y en el segundo por su carácter monográfico dedicado a la figura de Sebastián Durón, coetáneo de los anteriores músicos mencionados.

   El grupo instrumental Concerto 1700, que lidera el violinista malagueño Daniel Pinteño desde que lo fundara el año 2015, ha escogido un programa denominado «Bello Pastor», tomando del título de una cantada para el Santísimo Sacramento del aragonés José de Nebra, palabras con la que se inicia el primer recitado de esta obra, cuyos versos loan la gracia y clemencia del Señor como fuentes y camino de vida. Carlos Mena tiene la virtud de hacer de su canto un referente de persuasión emocional que lleva al oyente a no imaginar otro intérprete para este repertorio dado el verdadero rezo que significa su expresividad, más allá de cualquier consideración canora o musical. La pequeña reverberación del templo del Convento de San Luis ayudaba a la «etereidad» del mensaje creándose ese potente efecto de la oración llevada a su máxima categoría contemplativa. Los músicos se contagiaron esencialmente del camino marcado por el contratenor, convertido en centro de atención de una interpretación absolutamente desbordante en sentido y forma.

Carlos Mena e Íliber Ensemble en Vélez Blanco

   Entraron en una dinámica diferente cuando abordaron la ejecución de la Sonata para violín y continuo, Anh. 35 que compuso Arcangelo Corelli en 1697 y que propició una demostración artística de todo el grupo, desde el buen tañer del tiorba Pablo Zapico hasta el clavecinista Diego Fernández pasando por los instrumentistas de cuerda, entre los que empezó a destacar el ritmo y sentido de la violonchelista aragonesa Esther Domingo con su instrumento construido en Londres en 1739 por Peter Wamsley, uno de los históricos lutieres británicos más reconocidos por la calidad de sus instrumentos graves de cuerda. Daniel Pinteño asumió el peso melódico de la obra sirviéndose de ello para proyectar desde su violín la buena ejecución en la determinación de las líneas melódicas.

   La segunda intervención de Carlos Mena fue con motivo de la cantada para la festividad de La Epifanía que tiene por título Corre, flamante rayo de José de Torres, obra en la que se mostró todo el esplendor vocal del cantante vitoriano, aportando una  excelente coloratura que, en algunos pasajes, se enriquecía con aportaciones propias de gran sentido musical que propiciaban la exaltación de su facultades canoras de emisión, afinación, dicción, colocación y dinámica que justificaban sobradamente por qué es en su especialidad una de las grandes figuras dentro del panorama internacional. Después de las seguidillas ¡Ay, Amor, cuánto el hombre...! -que parecían pedir unas castañuelas o algún otro efecto «percusivo» popular o folclórico-, recogidas en el sexto número de esta cantada, enlazó con un soberbio cambio de carácter con la concentración dramática conseguida en su grave final, Suspensión amante, que dejaba patente la versatilidad emocional que puede transmitir la voz de Carlos Mena.

   Después de una cuidada versión de la Sonata de cámara para dos violines y continuo núm. 11 en re menor de Giovanni Bononcini en la que, especialmente en sus movimientos centrales, se alcanzaron cotas de un diálogo sensitivo más que formal entre los instrumentos, se llegó al momento clave del concierto; la cantada al Santísimo Sacramento Si el viento, posiblemente la obra más redonda de la velada, del compositor balear Antonio Literes en la que Carlos Mena predispuso la belleza de canto de sus dos arias con un delicadísimo tratamiento implorante de los dos recitados que respectivamente las anteceden, donde se recogen el anhelo por el amor de Dios de manera sublime.

   Ante el cerrado aplauso de un público puesto en pie, ofrecieron el Grave (Ay, que si yo pudiera, en tus alas volara hacia la esfera) de la cantada al Santísimo Sacramento Ya por el horizonte del mismo compositor que, en su brevedad entendida como excelencia, supuso el broche de oro de un concierto que seguramente quedará en el recuerdo del aficionado como uno de los más relevantes de la historia del Festival.

   La figura de Sebastián Durón fue la tratada monográficamente en el concierto ofrecido al día siguiente por el Coro Tomás Luis de Victoria y el grupo instrumental Íliber Ensemble, ambos bajo la dirección de Darío Tamayo. El programa contenía dos obras capitales del gran compositor briocense; la Misa de Difuntos que escribió con motivo de la muerte del último rey de España perteneciente a la dinastía Habsburgo, Carlos II, y la Misa de Consagración para la coronación de su sucesor, el primer monarca de la casa de Borbón, Felipe V, en nuestro reino.

   La  complicada conjunción de coro e instrumentos fue lo primero que llamaba la atención en las dos lecciones del primer y tercer nocturnos del Oficio de Difuntos que sirvieron de introducción al réquiem carolino que se recoge en el Archivo de la Abadía de Montserrat. Darío Tamayo se sobreponía a la expansiva reverberación del templo parroquial que llegaba en algunos pasajes a influir en su métrica, especialmente en aquellos que exigen mayor dinámica implementada por la subdivisión rítmica, lo que solía producir alguna superposición de frecuencias con la perturbación que ello supone a la justeza de expresividad y cuadre que ha de perseguir siempre cualquier dirección que lo pretenda. Con todo, se pudo transmitir el sentido lúgubre de la obra, fundamentalmente a la acción del coro que se mostraba más involucrado en el carácter de su discurso y destino litúrgico, así como más protegido por la acústica de la iglesia.

   El resultado de la misa de coronación del iluminado rey Felipe fue más interesante, entre otras cosas, por el efecto impulsor y a la vez dinamizador del clarín tratado con manifiesta influencia centro-europea, que servía de guía en contra-canto en los momentos más gozosos del rito, convirtiéndose en un elemento destacado de la actuación dada la afinación y calidad de soplo del trompeta. El cuarteto vocal intervino funcionalmente en una normal línea de contraste ante el resto de elementos sonoros que requiere esta obra en la que, en todo instante, se respira un gozoso estado de ánimo. El público reconoció méritos con gusto y complacencia a través de un cerrado aplauso.

Fotos: Antonio Giménez / Festival Vélez Blanco

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