Crítica de Álvaro Cabezas del concierto protagonizado por Corinna Scheurle, Thomas Guggeis y la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Homenajes a final de año
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 29-XII-2025. Teatro de la Maestranza. Corinna Scheurle, mezzosoprano; Thomas Guggeis, dirección; Orquesta de la Fundación Barenboim-Said. Programa: Variaciones sobre un tema de Haydn, Op. 56 de Johannes Brahms; Shéhérazade, M. 41 de Maurice Ravel; y Sinfonía nº 5 en re menor, Op. 47 de Dmitri Shostakovich.
Las efemérides del 150 aniversario del nacimiento de Ravel y los 50 años de la muerte de Shostakovich parecen haber inspirado la conformación del programa que la Fundación Pública Andaluza Barenboim-Said ha dispuesto para el anual rendimiento de cuentas artístico de su Academia de Estudios Orquestales cuyo producto final es la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said, que ayer compareció en el Teatro de la Maestranza de la mano del maestro Thomas Guggeis y con la compañía de la mezzosoprano Corinna Scheurle.
Daniel Barenboim falta en el Teatro de la Maestranza desde 2019. Sus problemas de salud le han llevado en el último lustro a dosificar cada vez más sus actuaciones y es por ello que la fundación que lleva su nombre ha buscado otros nombres del campo directorial para este tipo de conciertos, bien entre españoles prominentes (García Calvo en 2012, Hernández Silva en 2013 y 2017, Álvaro Albiach en 2014, Heras Casado en 2020 y 2021), o directores emergentes (Vasily Petrenko en 2023 o Guggeis este año), que inspiren a los jóvenes músicos de esta formación para el desarrollo de sus prometedoras carreras profesionales a tenor del sobresaliente nivel demostrado ayer.
Guggeis ha sido asistente del maestro argentino en sus últimos años al frente de la Berliner Staatsoper unter der Linden y ahora vuela solo al frente de la Alte Oper Frankfurt. Desde luego es talentoso y decidido. Su gesto insistente sea quizá producto de la obsesión de todo joven por el control y, también, fruto de la desconfianza en sí mismo. Era imposible perderse con él, incluso en su enorme gama de matices, exigida con todo el cuerpo. Aún así es posible que se muestre más interesado en el sonido y el efecto antes que en la lectura interior de cada obra.
Así pareció encarar las obras puramente orquestales del concierto de ayer. En las Variaciones sobre un tema de Haydn escritas por Brahms llevó a un tempo fluido cada una, contrastó muy bien cada una de las piezas con su carácter, incluso introdujo alguna que otra pausa de expectación entre una y otra. Parecía darle mucho protagonista a los músicos y exhibió con gusto la cuerda y las maderas, de los que extrajo un sonido recio, pero aterciopelado por momentos. En la sinfonía de Shostakovich, que Guggeis planteó como un tour de force con el que demostrar músculo y decibelios orquestales, estuvo concentrado y preciso, sin distraerse con el sinnúmero de toses, estornudos y caídas de objetos (incluso de algún aplauso a destiempo), que sufrió ayer el coliseo sevillano. Fue de menos a más porque la orquesta se fue calentando con la amargura planteada por Shostakovich, pero no creo que el director incidiera al máximo en los recovecos y significados ocultos que entraña la partitura a tenor de la triunfal coda final, aunque, también es cierto, hubo mucha negrura en el desgarro metódico de los contrabajos como si fueran la metáfora de las vidas segadas por el comunismo. Guggeis quiso más bien que todo recordara a Tchaikovsky y a Mahler (incluso, perdonen, a John Williams). Esto sirvió para el triunfo, desde luego, y para probar la eficacia y concentración de estos músicos, pero poco para los propósitos del compositor. Destacaron especialmente por su refinada ejecución tanto el segundo como el tercer movimiento. Cada uno de ellos fueron, prácticamente, entrelazados por el director.
Quizá donde menos pretensiones puso (las canciones escritas por Tristan Klingsor en la Shéhérazade de Ravel), fue lo más interesante de la noche. La mezzosoprano Corinna Scheurle no goza de una voz muy potente, pero aquello sonó verdaderamente a Ravel desde el primer compás. Después de la misteriosa Asie, hubo ese aire onírico y embriagador en La flûte enchantée procurado por la alfombra sedosa de las cuerdas y el sonido del arpa y de la flauta. La voz parecía ser un susurro y la orquesta y el escenario haber desaparecido hasta sumergirnos en el sueño de la Nochevieja. Con el eco de estas grandes partituras aún resonando en el Maestranza, sólo queda desear que el nuevo año nos siga brindando programas tan estimulantes como el presente. Salud y mucha música para 2026.
Foto: Manuel Vaca
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