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Cristóbal Halffter, intemporal y eterno. Por Juan José Talavera

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Autor: Juan José Talavera
25 de mayo de 2021

Cristóbal Halffter, intemporal y eterno

Por Juan José Talavera
Este pasado domingo 23 de mayo, a los 91 años de edad, nos dejaba uno de los compositores fundamentales de la música española de los últimos sesenta años. Miembro destacado de la Generación del 51 junto a compositores como Luis de Pablo o Ramón Barce, Cristóbal Halffter se propuso la titánica tarea de sacar a España de unas estéticas trasnochadas que la mantenían totalmente aislada de las corrientes artísticas europeas.

   Durante su juventud, el estudio autodidacta de las partituras que su tío Rodolfo tenía de la Segunda Escuela de Viena lo puso en contacto con el dodecafonismo. Sus ojos se abrieron así a un mundo nuevo que ya había dejado atrás la tonalidad y que se asomaba a un futuro lleno de insospechadas y excitantes posibilidades. Poco a poco fue descubriendo el serialismo, la música electroacústica, la aleatoriedad y todas y cada una de las técnicas que estaba explorando la vanguardia musical del momento.

   Como todo artista que busca la renovación de su lenguaje, sus inicios le colocaron en una posición severamente formalista donde la solidez estructural, la obra bien construida, era un objetivo primordial, su carta de presentación ante un entorno que podía resultarle hostil y al que no quería dar ningún motivo de crítica.

Sin embargo, la necesidad profunda de comunicación hizo que una expresividad cada vez más intensa fuera abriéndose camino dentro de sus composiciones. Ya a inicios de los años 60, cuando está entrando en la treintena, crea obras decisivas en las que la experimentación sonora va de la mano de las últimas técnicas compositivas así como de un intenso poder expresivo. Obras como ‘5 Microformas’ para orquesta, ‘Formantes’, para dos pianos, ‘Sinfonía para tres grupos instrumentales’, ‘Secuencias’ o ‘Anillos’, representan esa renovación tan ansiada.


   En ellas apreciamos una intensa búsqueda por conseguir el equilibrio entre forma y expresión. Son creaciones que, dentro de una línea muy personal, experimentan con el lenguaje serial, con nuevas concepciones formales, con la aleatoriedad… La ruptura con el pasado es total y se manifiesta en todos los parámetros musicales: el armónico, el melódico, el rítmico, el tímbrico y el estructural.

   Una experiencia tan temprana como su estancia en la Alemania nazi durante la Guerra Civil española le marcó de por vida en contra de toda forma de dictadura o de autoritarismo. En su ensayo ‘Una vida para la música’ nos dice: “Entre los años 1936 a 1945, aprendí del nazismo que toda Verdad y todo Ideal que se imponen y protegen por la fuerza dejan de ser Verdad y el Ideal deviene falso”.

   Esta filosofía acompañó a Halffter a lo largo de toda su vida y se materializó en muchas obras en defensa de la libertad y de los derechos humanos. Un ejemplo paradigmático es la cantata ‘Yes, speak out, yes’, compuesta por encargo de la ONU para conmemorar el 20º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata de una obra ambiciosa de gran envergadura escrita para barítono, soprano, recitadores, dos coros, dos orquestas y dos directores. Hay un momento en que la soprano dice: “Todo ser humano nace libre e igual en dignidad y derechos”. El propio Cristóbal me comentaba este verano que estas palabras, pronunciadas en un contexto tan dramático, nos llegan directamente al corazón y tienen más fuerza que si fueran enunciadas por un político.

   Halffter fue un hombre de su tiempo, profundamente interesado por los avances de la ciencia pero también por todo tipo de creación artística, especialmente la plástica y la poética, que a menudo le sirvieron como inspiración para muchas obras. Ahí tenemos como ejemplo ‘Daliniana’, sobre pinturas de Dalí, ‘Mural sonante’, homenaje a Antoni Tàpies, o ‘Tiempo para espacios’, creada a partir de artistas plásticos de su generación como Eduardo Chillida, Eusebio Sempere, Lucio Muñoz y Manuel Rivera.

   En todas ellas intenta traducir su percepción de lo plástico al medio sonoro, a la expresión musical. En cierto modo, podríamos afirmar que estas obras nos plantean que la relación entre materia y espacio podría equipararse a la que hay entre sonido y tiempo.

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   Por lo que respecta a la poesía, la lista de obras es larga. Muchos son los poetas que le sirvieron de estímulo: Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Jorge Guillén... Y no necesariamente utilizando sus textos, sino un verso suelto que inspira un movimiento o una composición entera.

   Títulos como el ‘Segundo concierto para violonchelo’, dedicado a la memoria de García Lorca, ‘Noche pasiva del sentido’, sobre San Juan de la Cruz, o las ‘Elegías a la muerte de tres poetas españoles’, homenajes a Antonio Machado, Miguel Hernández y el propio Lorca, nos demuestran la profunda huella que la poesía siempre dejó en Halffter.

   Tampoco podemos olvidarnos de sus tres óperas: ‘Don Quijote’, ‘Lázaro’ y ‘Novela de ajedrez’, obras en las que la reflexión sobre la naturaleza humana ocupa un lugar central. No es casualidad que la primera fuera ‘Don Quijote’, que para Halffter siempre representó la defensa de la cultura frente a un mundo en constante degradación ética y estética. Rescatar a Don Quijote es rescatar la cultura, aquello que nos hace más profundamente humanos y conscientes de quienes somos y del mundo en que vivimos.

   Para mí, asistir al estreno de la obra en el Teatro Real en el año 2000 supuso un acontecimiento verdaderamente trascendental. La intensidad de la música, el profundo contenido filosófico del texto y una escenografía tan impactante como sorprendente dejaron en el público una impresión difícil de olvidar.

   No quiero terminar sin mencionar una obra fundamental: el ‘Officium Defunctorum’, otra de las creaciones esenciales de Halffter que para mí se cuenta entre las grandes composiciones religiosas del siglo XX y que fue dedicada a todas las personas que sacrificaron sus vidas por los demás. Desgraciadamente, el padre Ellacuría, que ayudó a Halffter en la selección de los textos, murió asesinado poco tiempo después en El Salvador por grupos paramilitares.

   Con motivo de su 90º cumpleaños en 2020, los últimos meses han estado repletos de homenajes: en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando o en la Fundación Juan March. Precisamente este último me permitió presenciar el último estreno del maestro, su Cuarteto de cuerda nº 11 en interpretación del Cuarteto Quiroga. Hoy la obra de Halffter es intemporal y eterna. Pertenece ya a la historia y a la memoria colectiva del ser humano.

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   Cuando escuchamos algunas composiciones de la vanguardia de los años 60 o 70 nos damos cuenta de que han envejecido mal, de que la ruptura que se buscaba en el momento era más provocación que expresión musical genuina. No nos pasa eso con la mayoría de las creaciones de Halffter, que han resistido el paso del tiempo y han quedado como obras cuyas visionarias intuiciones se han demostrado acertadas y auténticas.

   Escuchar hoy sus composiciones constituye tanto un profundo deleite estético como una sacudida en nuestras, a veces, adormecidas conciencias. Nada mejor para terminar que citar las últimas palabras que me dijo este pasado verano al finalizar los cuatro días de entrevistas que me llevaron a Villafranca: “Yo he hecho la música que he creído que debería hacer para expresar mi propio sentimiento, mi propia sensibilidad acústica y formal en el tiempo”.

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