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Crítica: Andrew Gourlay dirige obras de Rautavaara, Músorgski y Rajmáninov con la Sinfónica de Castilla y León

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8 de mayo de 2017

Rautavaara redivivo

    Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 4-V-2017. Auditorio de Valladolid. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Einojuhani Rautavaara, Sinfonía Nº6 “Vincentiana”, La isla de los muertos, op. 29 de Rajmáninov y Cuadros de una exposición de Músorgski. Dirección: Andrew Gourlay.

   Se ha insistido en las relaciones evidentes entre la pintura y la música en este concierto de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, y ha pasado más desapercibido el hecho de que la interpretación de la Sinfonía Nº6 “Vincentiana” de Rautavaara supusiera una reconstrucción de la misma y por ende la posibilidad de que vuelva a programarse con regularidad. Es llamativo que el propio director no tuviera tiempo durante los ensayos para explicar este hecho y solventara el tema con una sucinta explicación desde el podio antes de comenzar el concierto. Más explícito se muestra en su página web, y dada la relevancia del tema se reproduce aquí parte de lo que explica al respecto. “El 4 y 5 de mayo de 2017, Andrew Gourlay y la OSCyL interpretarán ‘Vincentiana’, la espectacular sexta sinfonía de Rautavaara, inspirada en las pinturas de Vincent Van Gogh. Ésta será su primera interpretación desde el estreno mundial de 1992”. El director recuerda que “en 1996 la sinfonía fue grabada por la Orquesta Filarmónica de Helsinki” y que “durante el proceso de grabación el sintetizador Yamaha DX7 (que ocupa un lugar destacado durante de toda la sinfonía) sufrió un grave accidente que lo dañó sin posibilidad de reparación, lo que hizo que esta sinfonía de alguna forma fuera intocable”. La información prosigue aludiendo a que “en 2016 Andrew Gourlay encargó a Clive Williamson, pianista británico y experto en sintetizadores, realizar la parte del DX7 para las actuaciones de la OSCyL en mayo de 2017”.  Algo que se consiguió con la ayuda de la casa editorial (Fennica Gerhman) y la labor de Clive Williamson que “se encargó del monumental reto de reconstrucción de los archivos de audio del DX7 en software FM8 para futuras actuaciones”.  

   Tras este preámbulo reseñar que el trabajo dio sus frutos, pues la interpretación de la sinfonía de Rautavaara contó con un director y una orquesta muy receptivos. Se mostró claro que el compositor finlandés crea una atmósfera muy personal, en la que concilia técnicas compositivas diferentes y en donde tecnología y orquesta se suman sin problemas. La compatibilidad de lo serial con lo tonal, los toques románticos, la agresividad sonora, y el empleo de todo de forma libre es lo que pudo resultar más atrayente. Andrew Gourlay, con el propio Clive Williamson al sintetizador, le dio a la sinfonía un carácter espontáneo y plástico, mientras llevaba con soltura pasajes de factura bien diferente, entre efectismos, amplios arcos dinámicos, constantes crescendos y una variada tímbrica.

   No menos sugerente resultó la versión de La isla de los muertos de Rajmáninov, ese poema sinfónico sobre el cuadro de Arnold Böcklin. Quizá lo que le dio más valor a su interpretación resida en el poder sugestivo de la reiteración sonora, que apareció bien definida en el Lento inicial, el cambio que se produce hacia una sonoridad más colorida y evocadora, y ese final que en forma de un pulso marcado devuelve la idea de la muerte y su tiempo.

   En Cuadros de una exposición de Músorgski se decantaron por la afamada versión orquestal de Ravel. Gourlay, más allá de un comienzo algo desequilibrado, que se encauzó de inmediato, pareció buscar una manera de ver la obra con marcadas aristas, no exentas de aspereza, con partes algo desprovistas de  majestuosidad, en particular en algunos de  los “paseos”, sin que esto enturbiara la determinación con la que abordaron la obra. Pareció que Gourlay se acercaba a la versión original para piano, pero resulta imposible afirmar categóricamente si el director hizo esto con plena conciencia o supone una elucubración del receptor. En todo caso es de valorar el hecho de que la interpretación, aunque pudieran faltarle algunas matizaciones, resultara efectista y contundente. Una mención aparte merece el nivel mostrado por la orquesta en general y los solistas en particular, con especial atención al saxofonista Antonio García y al oboe solista de la OSCyL Sebastián Gimeno. En el caso de éste último no sólo por esta obra, sino por su labor durante todo el concierto, algo frecuente en un intérprete que se ha convertido en un puntal fundamental de la orquesta.

   Como el tema del concierto era la relación entre pintura y música, antes y durante el concierto, en el vestíbulo del Auditorio cuarenta alumnos de la Escuela de Arte de Valladolid, veinte cada día, pintaron temas alusivos a las obras. De entre todos ellos se seleccionaron cuatro, a los que se les regaló un abono para la próxima temporada.

Foto: N. Carretero

Autor:Agustín Achúcarro
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