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Crítica: Ekaterina Semenchuck y Semjon Skigin en el XXV Ciclo de lied del CNDM

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Alta tensión bielorrusa

   Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 8-X-2018. Teatro de la Zarzuela. Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM]. XXV Ciclo de  lied, Recital II. Obras de Nikolai Rimski-Korsakov (1844-1908), Cesar Cui (1835-1918), Mili Balakirev (1837-1910), Aleksandr Borodin (1833-1887), Modest Músorgski (1839-1881), Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), Enrique Granados (1867-1916), Antonin Dvorak (1841-1904), Georges Bizet (1838-1875), Jacques Offenbach (1819-1880). Ekaterina Semenchuk (mezzosoprano), Semjon Skigin (piano).

   Mundialmente reconocidas son ya las altísimas cualidades vocales de la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk (Minsk, 1976), contrastada figura del panorama operístico mundial –recordamos la visita que Semenchuk realizó a Madrid en marzo de este año para interpretar con grandísimo éxito el papel de Amneris en la Aida de Verdi, dirigida por Nicola Luisotti–, así como las que posee para el oratorio, por lo que su presencia en el Teatro de la Zarzuela, con un repertorio muy distinto al suyo habitual y al de este Ciclo de lied –más de las tres cuartas partes del recital, no se habían cantado nunca en este ciclo-, nos predispone para gozar de una velada totalmente distinta en atmósferas, colores y sabores netamente rusos, aunque variados por los rasgos distintivos de cada uno de los compositores/poetas seleccionados.  

   Lo anterior equivale a una demostración por parte de la artista de la facultad del multi-facetismo, por mor de una técnica de canto perfectísimamente construida que resuelve sin fisuras una plena homogeneidad en toda la extensión desde el grave (denso, emitido sin forzar, muy proyectado y audible) al agudo (solvente, timbrado y anacarado). Demuestra, además, un dominio muy apreciable del control del fiato (y, por ende, del legato), y un fraseo elegante. Su paleta de dinámicas, le permite abordar toda una completa gama de expresividades que se complementan con sus dotes actorales y su imponente presencia escénica. Estas primorosas prestaciones, como es lógico, se ponen aún más de manifiesto en el terreno del lied, dado que la voz luce desnuda ante el piano. En el diseño del recital jugaron delicados equilibrios entre la música de salón y otros elementos más cercanos a lo popular, sobre todo en César Cui y Mili Balákirev, reservando esencias más elevadas tanto para Rimski-Kórsakov como para la segunda parte, dedicada a Chaikovski. De esta forma entendemos que se equilibra un recital cuya atmósfera comienza y acaba con el mismo refinado regusto a un romanticismo de «salón ruso».

   Se inició el recital con un grupo de cuatro canciones de Rimski-Kórsakov. De lo que sueño en la tranquila noche, Op. 40, y Las nubes comienzan a abrirse, Op. 42, dan cuenta de las melodías paralelas y cruzadas entre el piano y la voz –donde Semenchuk muestra su calidad en el grave– que ejemplifican en pequeño formato las dotes de gran orquestador del militar y músico, preocupado –como el resto del Grupo de los Cinco (Cuí, Balákirev, Borodín, Músorgski y Rimski-Kórsakov)– en dar una identidad a la música rusa sin olvidar que ésta habría de integrar también elementos populares –en el caso de Rimski, ligados en muchos casos a la Naturaleza o a las estaciones–, pero siempre bajo códigos establecidos –por el Grupo– de un idioma musical nacional ruso. En El ruiseñor esclavo de la rosa, Op. 2, y en La alondra canta más fuerte, Op. 43, nos acunan –en la primera– las escalas melismáticas en el piano, acariciado de forma magistral por Semjon Skigin (1975), mientras que la voz se regodea –en la segunda– en enjundiosos agudos que se dinamizan en el contraste forte-piano, dentro de un todo sonoro, di forza, de una enorme riqueza de armónicos a los que la mezzo sabe sacar todo el partido.  

   La transición al universo de César Cui se realiza de una manera suave con la canción de carácter muy romántico Rocé una flor, Op. 49, donde la artista se muestra reflexiva, contando la historia, para cambiar después a un carácter más guerrero –con la voz a pleno volumen, pero totalmente relajada en lo postural y sin atisbo de tensiones en el rostro– en Al oír los horrores de la guerra, Op. 62, luchando con la fanfarria del piano que simula los clarines del combate. En La estatua de Tsarskoye Selo, Op. 57, nuestra artista se repliega, como en una sencilla plegaria a contar la historia en la que Pushkin (1799-1837) narra el milagro del agua que no se derrama de la vasija rota y que se torna en fuente que mana eternamente.

   En el último tramo de la primera parte del recital se interpretaron las canciones de Balákirev, Borodín y Músorgski, de carácter mucho más popular, alguna de auténtico bullicio como la de En casa de unos tipos, de Borodin, donde Semenchuk borda los accelerandi, y exhibe gracejo y gravedad cuando grita «¡cucarachas!», al referirse al contraste de la pobreza frente a la limpieza y belleza de las casas de «unos tipos». En Yo le amaba, de Balákirev, nuestra mezzo interpretó de forma muy teatral, en una atmósfera nocturna y de luna clara –que Skigin supo recrear al piano– la historia de las pasiones de los amantes que, aunque desaparezcan, siempre refulgirán como estrellas en el cielo. Como remate, la más popular, de Músorgski, a juicio de nuestros oídos –Hopak–, basada en un canto de parlati interminables, muy marciales, donde se imprime una dramatización que sólo unas facultades como las de Semenchuk son capaces de alinearse para emocionar al escuchante.

   Para la segunda parte, como hemos comentado, se seleccionan un grupo de diez canciones de temática escorada hacia el lado más sentimental del alma humana: la fragilidad del amor, el olvido injusto, los anhelos, la espera de la muerte –entendida como final seductor– o la soledad cuando ya no se espera nada. Destacamos de esta segunda parte el acusado lirismo que imprime la cantante a Olvidar tan pronto o a ¡Sólo quien conoce el anhelo!, con continuos cambios en el carácter marcados por cambios de tempo que el piano adelanta de forma muy efectista. En Noches locas, la interpretación remarca cambios dinámicos muy variados, con una tensión creciente hacia el fortísimo que Semenchuk labra de manera admirable. Para terminar, Reine el día, donde el piano tiene su momento de protagonismo dado el requerimiento en la rápida digitación. Señalamos en este momento, como resumen de la labor del pianista durante todo el recital, que quizá lució unos puntos por debajo de la grandísima altura alcanzada por Semenchuk, por lo que el binomio se resintió en compenetración en momentos puntuales.

   Ekaterina Semenchuk y Semjon Skigin fueron aclamados –e incluso vitoreados– por el público que llenaba prácticamente el Teatro de la Zarzuela, debiendo salir a saludar reiteradamente, por lo que ambos obsequiaron al respetable con varias propinas, la primera de las cuales fue «Muerte cruel» de La Maja Dolorosa, de Enrique Granados, en un español más que correcto. La siguiente propina que se concedió fue «Cuando mi vieja madre…», de las canciones de Las Melodías Gitanas, de Dvorak, para continuar con la sempiterna habanera, de la Carmen de Bizet (nos la anotamos como de las mejores). Y al final, la escena de La Périchole, de Offenbach, donde la mezzosoprano dio rienda suelta a sus dotes escénicas en una deliciosa borrachera de risas y alcohol.

   Todos los que allí se dieron cita –más el que suscribe– quedaron tan encantados de la visita de esta mezzosoprano al Ciclo de lied que es nuestro deseo que se repita siempre que sea posible para poder volver a disfrutarla. No es fácil encontrar artistas que demuestren dominar todos los géneros que abordan, con una increíble habilidad de poder abarcarlos todos de forma admirable, que atesoren una técnica tan apabullante y refinada de verdadera mezzosoprano, y que transmitan tan alto voltaje en sus interpretaciones sobre la base de una belleza vocal y unas facultades fuera de lo corriente.

Fotografía: Alexey Kostromin.

Autor:Óscar del Saz
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