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Crítica: Estreno austríaco de «Denis & Katya», de Philip Venables, en la Ópera de Cámara de Viena

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
13 de octubre de 2023

«Es fascinante lo que se puede hacer con ideas y talento. Difícil hacer más con menos. [...] Hay teatro, hay música, hay emociones, y todo ello con una música actual, sencilla y directa, y una puesta en escena sobria, natural y espontanea sin la que es imposible imaginar la obra»

Ópera de cámara de hoy y para hoy

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena, 8-10-2023, Wiener Kammeroper. Nueva producción del Theater an der Wien en la Wiener Kammeroper. Denis & Katya [Philip Venables/Ted Huffman – versión alemana de Robert Lehmeier]. Hasti Molavian [mujer], Timothy Connor [hombre]. Klangforum Wien PPCM Academy. Dirección Musical: Anna Sushon. Dirección de escena: Marcos Darbyshire.

   Si hay algo que caracteriza a este siglo en que vivimos con respecto a los anteriores es la velocidad a lo que pasa todo y como los acontecimientos suceden y desaparecen casi sin darnos cuenta. Lo que hoy es lo más importante y grave que ha sucedido en años, nadie lo recuerda mañana. Es verdad que lo escrito permanece en las hemerotecas y en los historiales de internet, pero sale inmediatamente del ojo público par dar paso a un nuevo «acontecimiento planetario». Los filósofos y los sociólogos nos dan día a día mil y una respuestas sobre esto y lo otro, sobre lo divino y lo humano, pero la experiencia nos muestra que ni el más avezado de ellos puede garantizar que es lo que va a tener impacto y lo que no, y yendo mas allá, el por qué ante cientos o miles de situaciones similares, unas trascienden y otras no.

   En noviembre de 2016, en un pequeño pueblo de una pequeña provincia rusa, tuvo lugar uno de esos momentos que se pueden repitir a diario en cualquier lugar del mundo. Dos adolescentes de 15 años, Denis Muravyov y Katya Viasova, se enamoran pero la madre de ella desaprueba la relación. Así las cosas, se escapan de casa y se refugian juntos en una dacha familiar. Allí comen, beben alcohol, juegan con armas, tiran un televisor por la ventana y comparten todo con amigos y conocidos a través de sus redes sociales. La historia parece que tiene tirón y aumentan los seguidores. Ellos se graban retransmitiendo todo en directo, y exponiéndose sin tapujos a sus espectadores. La cosa va por buen camino hasta que ocurre lo inevitable. La madre de Katya, ante la negativa de la chica a volver a casa, acude a la policía y denuncia que Dennis la ha secuestrado. Los adolescentes, que ya de por sí estaban motivados, se vienen arriba alimentados por todos los comentarios y apoyos que les llegan desde todo el mundo a través de WhatsApp y Facebook. La separación entre el mundo virtual y el real se difumina de tal manera que lo que parece un juego en el espacio virtual se convierte en una amarga realidad. Cuando la policía acude a la casa les reciben disparando una escopeta de aire comprimido. La situación se agrava y entran en escena las fuerzas especiales de la policía rusa que asaltan la casa. Los jóvenes mueren sin que se sepa si fue un suicidio o disparos policiales. La historia tuvo mucho eco en Rusia en su día sobre todo a través de videos y fotos difundidos por la red. Tuvieron su minuto de gloria. Fueron «reinas por un día» hasta que la burbuja estalló y sus seguidores buscaron «nuevas víctimas a quien seguir». Algo que no es nada nuevo. En los años 60 del pasado siglo, con el desarrollo de la televisión -el antecedente más parecido en su momento- un programa de nombre similar llenaba la programación de los domingos por la tarde. Por mucho que nos empeñemos en ser originales, es difícil encontrar algo que no haya ocurrido en el pasado.

   El prolífico compositor británico Philip Venables, que con poco mas de 40 años ha estrenado ya cuatro óperas, es capaz de encontrar un filón dramático en cualquier historia. En seguida vio las posibilidades de trasladar la historia al teatro, y junto al escritor y libretista Ted Huffman se puso manos a la obra. Al no haber testimonios directos, reconstruyeron los hechos y crearon el libreto a partir de varias entrevistas que mantuvieron con dos personas que lo vivieron de cerca: el mejor amigo de Denis y una periodista que visitó la dacha y escribió un reportaje sobre la tragedia. A partir de ahí, construyen una multitud de micro escenas que disparan sin parar durante poco más de una hora. Para explicar todo mejor, introducen cuatro testigos ficticios más –una vecina, un adolescente, un profesor y un médico de urgencias– sacados de artículos de prensa y de programas de televisión, que ayudan a crear una acción vertiginosa. Curiosamente los dos protagonistas que nos «cuentan/cantan» la historia, la mezzosoprano Hasti Molavian y el barítono Timothy Connor, no interpretan ni a Denis ni a Katya. Los seis testigos son los que nos hablan de ellos en la primera parte de la obra, la más amplia. En la segunda, tras la muerte de ambos y a modo de epílogo, la periodista y el amigo –los testigos «verdaderos»– se consuelan entre ellos comentando el efecto que les provocó la tragedia. Las micro escenas se suceden una detrás de otra teniendo en ocasiones como nexo de unión los mensajes de WhatsApp entre compositor y libretista, o los comentarios originales de los seguidores en internet, que se muestran en las pantallas laterales tras un sonido similar al de un teletipo. Si Leonard Bernstein nos regaló en West Side Story su versión de Romeo y Julieta en la Nueva York de los 50, Philip Venables hace lo propio en la era de las redes sociales

   La obra se estrenó en Filadelfia en septiembre de 2019 y en solo cuatro años, y con pandemia de por medio, ha llegado ya a escenarios de Gran Bretaña, Países Bajos, Finlandia o Francia. Estas funciones del Theater an der Wien en la Kammeroper, en la versión alemana de Robert Lehmeier, son el estreno en Austria. A la hora de valorarla, es muy difícil separar la parte musical de la escénica, ya que tanto Philip Venables y Ted Huffman por su lado, como el equipo escénico liderado por Marcos Darbyshire y Martin Hickmann, se imbrican de tal manera que forman un todo indivisible.

   Lo primero que vimos al sentarnos en la butaca del coqueto teatro de la calle Fleischmarkt es el escenario prácticamente cerrado, con una cuenta atrás proyectada con números grandes en el telón posterior, y con dos grandes superficies rectangulares a los lados, iluminadas en blanco, negro y gris, donde posteriormente se verán los mensajes. En el centro del escenario seis personas de pie observan como termina la cuenta atrás. El efecto del blanco y negro tiene gancho desde antes de comenzar la música. Al llegar a cero, el sonido de un teletipo dispara el primer mensaje. Cuatro de los seis son los músicos que toman cada uno su violonchelo, se sitúan en las cuatro esquinas del escenario y comienzan a tocar, mientras los otros dos, los actores cantantes se ponen manos a la obra. A partir de ahí, la velocidad es endiablada. Las escenas se desarrollan y se interrumpen, mientras en el escenario se proyecta cuál de los seis testigos nos habla. No se ve al director musical que está en el piso superior del teatro junto al esquipo escénico. Marca los tiempos a los músicos de manera electrónica a través de pinganillos. Los cuatro violonchelos son el armazón musical sobre el que se desarrolla la obra. Primero suenan rápidos, acerados, con fuertes altibajos. Poco a poco se conjuntan más, como si nos encontráramos ante una gran obra para cuarteto de cuerdas –mejor dicho de violonchelos– con voces y grabaciones electrónicas. La obra es un gran crescendo hasta la entrada de la policía, donde el escenario, hasta ese momento casi vacío y donde solo se proyectaban efectos ópticos que cambiaban en cada micro escena, de repente se abre hasta el fondo dando una imagen de profundidad, aunque siempre con los tonos blancos, negros y grises. De hecho, la madera de los violonchelos es lo único que se sale de esos colores. La música crece y crece. Tiene algo que me recuerda a la locomotora de Pacific 231 de Arthur Honegger. Luego, la muerte y la desolación. Los violonchelos se tornan lánguidos y expresivos, con melodías cuasi barrocas para acompañar los lamentos finales del amigo y de la periodista.

   Es fascinante lo que se puede hacer con ideas y talento. Difícil hacer más con menos. La obra tiene una carga dramática innegable que hace que los 65 minutos que dura se te pasen en nada. Pero no es solo drama. Es una descripción elocuente sobre cómo vive la juventud en el mundo de hoy, expuestos –en la mayor parte de las ocasiones de manera voluntaria– a la mirada de todos, y donde hay una carrera continua por alcanzar la fama a través de conseguir más seguidores y más likes, y como paradójicamente, esto te hace en muchas ocasiones sentirte más solo. La crítica al sensacionalismo de la prensa o a la brutalidad policial en Rusia vienen implícitas.

   Tanto la mezzo iraní Hasti Molavian como el barítono irlandés Timothy Connor bordan sus papeles. Hablan, recitan, cantan –bien es verdad que con micrófono dado el carácter ultra tecnológico de la partitura–, saltan, bailan. Todo ello cambiando continuamente los registros según interpreten a un testigo o a otro. Los cuatro violonchelistas, miembros de la Academia del prestigioso Klangforum Wien son inmejorables y nos transportan de manera ejemplar de un clima a otro, de una situación a otra. No se puede entender que tantos elementos funcionaran con precisión «suiza» sin el trabajo desde la parte superior del teatro de Anna Sushon, la directora nacida en Novosibirk vienesa de adopción. El público que llenaba en tres cuartas partes el aforo del teatro aplaudió la propuesta con indisimulada vehemencia.

   Confieso que tenía mis reticencias antes de ir al teatro. Al fin y al cabo, uno peina muchas canas y ha visto ya muchos estrenos de los que te has olvidado poco después. Sin embargo salí muy satisfecho y con una sonrisa de oreja a oreja. Hay teatro, hay música, hay emociones, y todo ello con una música actual, sencilla y directa, y una puesta en escena sobria, natural y espontanea sin la que es imposible imaginar la obra. Esperemos que algún teatro español se interese por la obra y podamos verla pronto en nuestro idioma y en nuestro país.

Fotografías: Peter M. Mayr/Theater an der Wien.

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