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Crítica: Forma Antiqva y Carlos Mena para La Filarmónica

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Autor: Mario Guada
11 de mayo de 2017

El conjunto y contratenor españoles ofrecen un recital marca de la casa, cuyo final sorprendente supuso lo mejor de una velada marcada por las versiones excesivas.

INTIMIDAD Y EXCESO

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 10-IV-2017 | 19:30. Auditorio Nacional de Música | Sala sinfónica. La Filarmónica: Sociedad de Conciertos. Entrada: 24, 34, 45, 58 y 74 €uros. Obras de Georg Friedrich Händel, Henry Purcell, Georg Philipp Telemann, Antonio Vivaldi, Giovanni Felice Sances y Tomás Luis de Victoria. Carlos Mena • Forma Antiqva | Aarón Zapico.

   La música es difícil. Y lo es desde el momento en el que necesita de alguien que la interprete –en su doble sentido– para darle vida, hacerla llegar al oyente y convertirla en algo más allá que en lo meramente inmaterial. Por tanto, la labor del intérprete, que media entre el creador y el consumidor, es realmente compleja y por ende está expuesta a una carga crítica más obvia y poderosa que la que se puede volcar sobre el creador. Ante esto surgen muchos tipos de intérpretes: aquellos que intentan respetar más la creación original, sin introducir añadidos ni elementos propios; aquellos que recrean la esencia de la obra original, pero son dados a añadir un marcado toque personal; y aquellos que directamente prefieren aportar una mayor carga personal sobre el original, corriendo el riesgo de ponderar más su visión artística que la esencial de la obra primigenia. Todos son igualmente respetables, pero algunos corren más riesgos que otros; y ya se sabe, cuando se corren riesgos se está expuesto en mayor medida a precipitarse al vacío.

   Diría que Aarón Zapico es claramente de estos últimos, un intérprete y director –vía hacia la que ha dirigido su carrera de manera preponderante en los últimos tiempos– con una enorme injerencia interpretativa en cada una de sus actuaciones. Resulta extraño, casi imposible, escuchar una versión dirigida por él cercana al canon, o que no sorprenda de una forma u otra. Esto a veces es un éxito, otras no tanto. Pero lo que desde luego sí consigue es generar mucha expectación sobre sus interpretaciones, las cuales cosechan por un lado un gran éxito –con hordas de seguidores realmente fieles– y por otro cierto rechaz, así como una sensación de hartazgo ante el exceso permanente. Debo admitir que me encuentro entre los últimos; y debo admitir también que hace años estaba, sin embargo, entre los primeros. Pero uno evoluciona y va buscando en la música quizá algo más allá que lo distinto y efectista por norma. Un poco nunca viene mal, pero mucho termina por ser complicado de digerir.

   El programa del presente concierto, que suponía el debut de Forma Antiqva en la temporada de La Filarmónica, supuso un claro ejemplo de ello. Compuesto en torno a dos partes claramente diferenciadas, lo primero que sorprende es el programa, aparentemente deslavazado e inconexo entre sí. Una primera parte compuesta por música puramente orquestal, que se iniciaba con la célebre suite Music for the Royal Fireworks [Música para los reales fuegos de artificio] HWV 351, de Georg Friedrich Händel (1685-1759), era continuada por otra suerte de suite –esta vez inventada–, compuesta por fragmentos de obras de Henry Purcell (1659-1695), Goerg Philipp Telemann (1681-1767) y el propio Händel. Primera duda, ¿por qué, teniendo en esta suite artificial dos movimientos de la Suite n.º 1 de la Water Music händeliana, no se optó por hacerla íntegra y sin intercalar en ella fragmentos inconexos de otros autores, para construir algo totalmente artificial que no aporta nada de interés? Cuánto más relevante hubiera resultado poder escuchar esa u otra de las suites de la fantástica Música acuática del autor germánico.

   Para la segunda parte se contó con la presencia de la voz, en la figura nada menos que del contratenor vitoriano Carlos Mena, una de las estrellas rutilantes en el campo de la música antigua española, y sin duda uno de los grandes embajadores de esta por todo el mundo. Cambio radical en el programa, con la presencia ahora de otro de los grandes maestros del Barroco europeo, Antonio Vivaldi (1678-1741), quien se interpretaron sendas obras: Stabat mater, per alto, archi e continuo RV 621 y Sinfonia per archi in Do maggiore RV 111a. Dos obras bastante conocidas dentro de su catálogo, que suponen –aunadas con lo anterior– un ejemplo de los grandes éxitos barroqueros. Tras esto la figura, esta sí más desconocida, de Giovanni Felice Sances (1600-1679), de quien se interpretó su obra más célebre: el Pianto della Madonna, Mottetti a voce sola, una obra realmente íntima, que es en realidad un Stabat mater, y que se construye de manera magistral sobre su ostinato dolente, un tetracordo cromático descendente que muestra todo el sentir de la madre dolorosa que presencia el sufrimiento de su hijo en la cruz. Para terminar, un motete de Tomás Luis de Victoria (c. 1548-1611), en la curiosa versión para laúd y voz encontrada en unos manuscritos anónimos de la British Library, y que junto a dos obras del Florilegium [1594], de Adrian Denns, ponen la música polifónica del maestro Victoria en intabulaturas para laúd y voz –solo en Denns, ya que los anónimos carecen de la línea vocal–; las cuales fueron grabadas por el propio Mena –acompañado de Juan Carlos Rivera– en un esplendoroso registro para Harmonia Mundo de hace varios años.

   Si bien el repertorio de esta segunda parte tampoco guarda una estrecha relación, más allá del texto del Stabat mater y el vínculo mariano con el motete de Victoria [Ne timas Maria] –y mucho menos con el de la primera parte–; Zapico y los suyos se guardaron un recurso escénico verdaderamente notable y al que hay que reconocerle el éxito en su efectividad dramática y expresiva. Las obras, como se veía sobre el papel, iban de más a menos en cuanto a efectivos instrumentales: primer parte con orquesta completa, segunda solo con cuerda en Vivaldi y continuo en Sances, para concluir con laúd –archilaúd en esta ocasión– como acompañamiento único a la voz. De esta forma, tras la interpretación de la Sinfonia vivaldiana, y justo antes de acabar, los miembros de la orquesta fueron abandonando súbitamente la escena –a la manera de la Sinfonía de los adioses de Haydn–. Descenso notable de la iluminación sobre el escenario para otorgar pleno protagonismo a Mena y al continuo, que –tras una improvisación sobre un tema de Johann Hieronymus Kapsperger– acometieron la obra de Sances. Poco a poco los continuistas van abandonando la escena, hasta quedar únicamente el archilaúd y la voz. Se interpreta Victoria –el mejor momento de la velada– con otro bajón de luz considerable. Esta se va apagando casi por completo mientras el instrumentista abandona la escena y Mena mantiene su nota final del motete del abulensis. Silencio absoluto y estruendosa ovación.

   No se puede decir que hubiera desequilibrios notables, ni desajustes en la orquesta. Al contrario, Forma Antiqva sonó redonda, con poderío, una afinación interesante en trompetas y trompas barrocas –algo más dudosas estas últimas–, con un trabajo de conjunto serio y gran ductilidad en la sección de cuerda. Lo que no me convence es la visión de la música. Un Händel que sonó excesivo, remarcando hemiolas, cambios de tempi y dinámicas de forma desmedida. Como en otras ocasiones, se remarcan unas figuraciones sobre otras, se acortan o alargan notas de manera libre, se modifica el fraseo natural de la música… Todo en ello en virtud de una aparente diferenciación estilística que defina una manera de hacer propia. El Händel enérgico y alejado de la sonoridad supuestamente británica ya fue llevado a cabo con cierto éxito por Hervé Niquet y Giovanni Antonini, por ejemplo. Perdió para mí su esencia, especialmente en la Music for the Royal Fireworks, abusando por lo demás en la presencia de percusión y especialmente en el rasgueo de la cuerda pulsada –excesivamente presente y recurrente–. De nuevo la injerencia sobre los originales se antoja desmedida en momentos como el Air de la Suite n.º 1 de Water Music –eliminando la sección de cuerda para interpretar el tema únicamente en guitarra barroca y tiorba, además de la flauta–. Vivaldi resultó muy poco expresivo, especialmente por la apresurada presencia de los tempi seleccionados. Más convincente y emocionante resultó Sances. En general gran trabajo técnico de todas las líneas, con una cuerda límpida y de gran tersura –comandada por Jorge Jiménez–, fantástica línea de oboes barrocos [Pedro López y Jacobo Giráldez], así como un continuo siempre preciso y muy colorista [Ruth Verona al violonchelo barroco, Jorge Muñoz al contrabajo barroco, Silvia Márquez al clave y los hermanos Pablo y Daniel Zapico en guitarra barroca, archilaúd y tiorba]. Notable, por lo demás, la labor de Marc Clos en timbales y caja.

   Carlos Mena es un exquisito cantante, qué duda cabe. De excepcional proyección –su voz resonó por cada recoveco de la sala sinfónica–, posee además un timbre muy carnoso y bello –reconocible y personal como pocos–, una dicción realmente lograda, así como una línea de canto elegante, sutil y refinada. Lamentablemente, creo que algunas articulaciones, así como la elección de algunos tempi –especialmente en Vivaldi– no favorecieron su actuación. Se mostró muy dramático y emocional en Sances, además de subyugante en Victoria. Sin duda, la suya fue una actuación digna de alabanza.

   En resumidas cuentas, un concierto de nivel, pues técnicamente no mostró sino virtudes, pero que en el plano de la interpretación –donde la música gana o pierde y donde se demuestra la genialidad de quienes la llevan a cabo– mostró excesos y una plasmación clara del efecto sobre el afecto. Un riesgo y una manera de ver la música tan válida como otra, pero que, pese a quien pese, quizá no convenza a todos. Ya saben eso de que la virtud está en el medio. Quizá con la música no siempre, pero parece más aconsejable que llevar el extremo por bandera.

Fotografía: formaantiqva.com

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