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Crítica: 'Le roi Arthus' en París con Hampson y Alagna

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Autor: Alejandro Martínez
26 de mayo de 2015

DE DONDE NO HAY NO SE PUEDE SACAR

Por Alejandro Martínez

París. 22/05/2015. Opéra de París (Bastille). Chausson: Le roi Arthus. Thomas Hampson (Arthus), Roberto Alagna (Lancelot), Sophie Koch (Genièvre), Alexandre Duhamel (Mordred), Stanislas de Barbeyrac (Lyonnel), Peter Sidhom (Merlin), François Lis (Allan), Cyrille Dubois (Laboureur) y otros. Dirección musical: Philippe Jordan. Dirección de escena: Graham Vick.

   Cuando una determinada obra no goza de especial popularidad cabe pensar que se deba a ciertos avatares de su propia historia, que la han llevado a quedar en los márgenes del repertorio, o cabe pensar que es a causa de la falta de la valía de la partitura misma. En el caso de Le roi Arthus de Chausson estamos ciertamente ante un caso en el que ambas circunstancias comparecen. Por un lado el propio compositor murió en 1899, con apenas cuarenta y cuatro años de edad, dejando la obra concluida pero sin editar siquiera y con todos los avatares de su estreno todavía por atar. Al mismo tiempo, su partitura (su única ópera) se inscribe en la atmósfera de un nunca bien resuelto post-wagnerianismo francés, más plagado de influjos, casi calcos en ocasiones, que de un verdadero aliento capaz de dar lugar a una música genuina y con personalidad propia. La partitura de Chausson, así, no termina de convencer ni a propios ni a extraños, ni ayer ni hoy, antojándose en ocasiones una suerte de Tristán francés venido a menos, grandilocuente y pretencioso, aunque con puntuales hallazgos de sincera pero muy ocasional valía musical. Su orquestación, por ejemplo, es un calco un tanto indiscreto y por momentos vergonzante de algunas páginas wagnerianas tan consolidadas como el citado Tristan, Parsifal o el Anillo. El argumento mismo, con ese triángulo amoroso de fidelidades cruzadas y traicionadas recuerda demasiado al que se establece entre otro rey, Marke, y los protagonistas del citado Tristán e Isolda.

   Así las cosas, decepciona comprobar que la nueva producción encargada a Graham Vick, lejos de contribuir a poner en valor la obra, ahonda en las dificultades que ésta ya padece a la hora de encontrar el favor del público. Y es que Vick propone una actualización muy banal, casi ingenua y naïf, incluso kitsch, de la corte artúrica, convertida aquí en poco más que un paisaje de colores demasiado vistosos, sin magia ni trascendencia alguna. El trabajo de Vick resulta así ayuno de cualquier dramaturgia, por mucho que él mismo de a entender en una entrevista que el público asiste con su trabajo al desmoronamiento, acto tras acto, de las relaciones entre los personajes y del paisaje que rodea la acción, plasmado éste en un gran telón situado al fondo del escenario y que cambia conforme avanzan los números de la obra. Vick es un hombre de teatro consumado y que acumula a sus espaldas muchísimos trabajos brillantes, pero en esta ocasión nos tememos que ha pisado en falso.

   Philippe Jordan se mostró francamente discreto en la dirección musical, con un sonido aseado y correcto, pero poco estimulante. Quizá no se pueda hacer mucho más con la naturaleza misma de la partitura, pues de donde no hay no se puede sacar, pero echamos de menos en su caso algo más que una exposición firme y nítida, casi escolástica y de tintes académicos. En estas condiciones, ni la obra ni la representación emocionan. Y las casi cuatro horas de representación, incluidos dos descansos, pasan así sin pena ni gloria, con un libreto (del propio Chausson, por cierto) que no levanta el vuelo, ligado a una música que termina por resultar repetitiva y demasiado insistente en su concepto, por lo demás tan tópico y predecible. Cabe elogiar el empeño de la Ópera de París por llevar a su escenario esta partitura ciento veinte años después de que el propio compositor soñase en vida con verla representada en la capital francesa, pero habida cuenta del resultado, es evidente que no estamos ante una obra llamada a pervivir en el repertorio.

   Thomas Hampson demostró que cuando da con un papel casi hecho a su medida tiene todavía algo interesante que ofrecer y entregar al público, sobre todo si su estado vocal le acompaña, ya casi en los inicios del ocaso de su carrera. Su vívido Arthus tuvo compostura, hondura y una línea de canto firme y vigorosa. Junto a él, un Roberto Alagna en buena forma vocal se mostró sin embargo algo irregular con la parte de Lancelot, ya que durante la misma función fue capaz de lo mejor (su intervención en solitario en el segundo acto), al tiempo que pasaba también algunos apuros para resolver la tesitura más exigente de su segundo dúo con Genièvre. La parte de Lancelot es larga, exigente arriba de tanto en tanto, pero no tan fatigosa como a veces se ha dado a entender. Un pálido reflejo, en todo caso, de las exigencias reales de cualquier papel wagneriano para un heldentenor comme il faut. Alagna resuelve la partitura con mérito pero no es una parte con la que pueda recrearse demasiado. Por su parte, Sophie Koch lleva un par de años precipitándose peligrosamente en un canto poco estimulante y con esporádicas dificultades en el agudo. A su canto le falta candor, un temperamento más medido y contrastado y, en fin, una redondez que no termina de llegar y que sin embargo su voz mostraba hace apenas dos o tres años. Su Genièvre no fue ningún desastre, ni mucho menos, pero no tuvo desde luego la intensidad y el magnetismo que cabía requerirle. Poco estimulante, a nuestro entender, el Mordred de Alexander Duhamel. Muy notable, por último, el desempeño de Peter Sidhom como Merlín y las breves intervenciones de François Lis como Allan y Cyrille Dubois como Laboureur.

Fotos: Andrea Messana / Opéra de París

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