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Crítica: Neville Marriner y la Orquesta de Cadaqués en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
9 de mayo de 2014
Foto: ICA Artists

90 AÑOS NO SON NADA

Por Raúl Chamorro Mena.
5-5-2014. Madrid,  Auditorio Nacional.  Fundación Ibermúsica. Obras de Albéniz, Chopin, Mendelsshon y Mozart. Daniil Trifonov, piano. Orquesta de Cadaqués. Director: Sir Neville Marriner

   El ciclo Ibermúsica dedicaba de manera justa y oportuna un concierto a los 90 años, cumplidos el día 15 del pasado mes, de Sir Neville Marriner, magnífico músico de intachable trayectoria. Comenzó como violinista, llegando a formar dúo con el clavecinista Thuston Dart y siendo primer violín de la London Symphony Orchestra, fundó en 1959  la Academy of Saint Martin in the fields, toda una referencia como orquesta de cámara. Asiduo visitante de nuestro país, la mayoría de las veces al frente de la mencionada agrupación y últimamente  de la orquesta de Cadaqués de la que es principal director invitado desde 1992, volvía al Auditorio Nacional en una apreciable buena forma física para su edad. Vitalista y desenvuelto, afrontó la primera pieza del programa, Catalonia de Isaac Albéniz, con una interpretación ágil y danzable de esta suite sobre motivos populares catalanes, buena muestra del brillante orquestador que fue el compositor nacido en Camprodón.

 


   A continuación, Marriner acompañó con mimo, elegancia y un gran cuidado por los planos sonoros al pianista Daniil Trifonov en el Concierto nº 2 en Fa Menor de Chopin. Obra de genuino romanticismo y que, en realidad,  fue compuesta antes que el catalogado como primer concierto para piano del músico polaco. El joven pianista ruso, reciente fichaje de Deutsche Gramophon y ganador del prestigioso concurso Tchaikovsky, lució sonido más potente que verdaderamente bello y pulido. En el magnífico segundo movimiento, Larghetto,  faltó profundidad y emoción ante el impoluto, cuidadísimo acompañamiento de Marriner y si no puede discutirse la agilidad con que afrontó la mazurca del último movimiento, no es menos cierto, que se echaron de menos un mayor dominio estilístico, así como clase y aquilatamiento en el fraseo, más bien amanerado y sin alcanzar el excepcional nivel de virtuosismo romántico de ley que exige la pieza.

   La segunda parte del concierto la ocupó la cuarta sinfonía “Italiana” de Felix Mendelssohn en la que nos encontramos, lógicamente, con una interpretación más clásica que romántica presidida por la luminosidad, la ligereza y la claridad expositiva. El veterano maestro mostró su sabiduría con una impecable construcción, presidida siempre por la genuina musicalidad, la belleza, transparencia y el refinamiento tímbrico.  Estuvieron presentes toda la luz y alegría de Italia, así como la radiante ligereza y la finura orquestal, aunque se echaron en falta una mayor tensión interna, sentido de los contrastes y, en defintiva, emoción. Aunque estemos, como escribe Andrés Ruiz Tarazona en las notas del programa, ante la obra que mejor define a Mendelsshon como “Un clásico dentro del romanticismo”,  éste y sus emociones deben de estar presentes en alguna medida.

   El público madrileño volvió a mostrar su cariño al Maestro británico que respondió a las ovaciones ofreciendo como propina una magnífica obertura de “Las Bodas de Figaro” de Wolfgang Amadeus (aunque ahora se ha puesto de moda decir “Amadee”) Mozart.

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