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Crítica: Valery Gergiev y la Orquesta del Mariinsky; segundo concierto de la integral sinfónica de Tchaikovski

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Autor: Alejandro Fernández
18 de enero de 2018

CORAZÓN SINFÓNICO

   Por Alejandro Fernández
Roma. 15-I-2018. Auditorium Parco della Musica Roma. Sala Santa Cecilia. Sinfonía n.º 2 en Do menor, Op. 17, Pequeña Rusia, y Sinfonía n.º 5 en Mi menor, Op. 64, de P. I. Tchaikovsky. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky. Director: Valery Gergiev.

   La segunda jornada del Festival Tchaikovsky, que organiza la Academia de Santa Cecilia, y que tiene como protagonista la batuta de Valery Gergiev y la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky estuvo protagonizada por una doble razón. En primer lugar, el atractivo del programa, que como tónica de los encuentros enfrenta los primeros trabajos sinfónicos del compositor ruso con el desarrollo del tríptico de las tres última sinfonías, para la ocasión el Op. 17, Pequeña Rusia y la Quinta Sinfonía. Y en segundo lugar, el concierto coincidía con el estreno en 1890 del ballet La Bella durmiente. Efeméride que Gergiev no quiso dejar escapar y tras la interpretación de la Quinta, correspondiendo a los aplausos del auditorio, regaló como propina un fragmento del mismo.

   Como ya hiciera Gergiev el día anterior, el desarrollo de la integral sinfónica parte de la idea de confrontar el primer periodo sinfónico con la evolución formal y madurez del compositor. Para este segundo programa los atriles del Mariinsky abordaron dos trabajos que en vida del compositor provocaron ciertas dudas y, atendiendo a su propia personalidad, desazón. Así, la Segunda Sinfonía sufrió tras el estreno una profunda remodelación ocho años después del estreno, mientras que la fría acogida de la Quinta confirmaba las dificultades creativas que el músico confesó a su mecenas la señora Von Merck.

   A diferencia de la segunda parte en la que prescindía el podio de partitura, Gergiev volcó todo el interés en presentar la Pequeña Rusia con cierta distancia del tono folklórico –Tchaikovsky toma numerosas canciones populares ucranianas como leitmotiv o excusa temática que avivó el interés del Grupo de los Cinco– que la atraviesa y centró el interés de la página en las preocupaciones formales sobre las que Tchaikovsky reflexiona en la misma. Versión ligera en cuanto duración, en claro contraste a la pretendida extensión de la Quinta Sinfonía que sobrepasó los cincuenta minutos y que puso de manifiesto el valor que otorga Gergiev a cada periodo compositivo. En la Segunda sinfonía la dirección el maestro ruso incidió en el capítulo contrastante entre movimientos apoyado en las modulaciones que lejos de la exageración destacaba detalles sin desterrar el carácter pictórico que encierra la obra.

   Si la primera parte del concierto destacó por la solvencia del empaste y emisión de la orquesta del Mariinsky –reacciona al mínimo gesto de la batuta– para la Quinta Sinfonía Gergiev destacó el valor artístico de sus primeros atriles, especialmente  en el Andante cantabile protagonizado por la trompa de Alexander Afanasiev, momento clave del concierto dibujado con exquisita delicadeza por el conjunto sinfónico. Gergiev, sin ninguna prisa, fue pasando por los distintos momento del desarrollo temático del movimiento sobre una atmósfera cargada de matices de las cuerdas, soberbias las graves e irresistibles los violines. Y todo desde el férreo control de la dirección dosificando las intensidades, el cromatismo o la propia dinámica a la que subordina Gergiev la lectura artística. Como ocurriera en la conclusión de la Pequeña Rusia, el finale de la Quinta se distinguió por la explosión sonora que lejos de la algarabía ofrecía un tono monumental en paralelo a propio valor de ambas sinfonías.

Fotografía: mariinsky.us

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