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CRÍTICA: 'LA TRAVIATA' DE VERDI, EN EL PALAU DE LES ARTS DE VALENCIA, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE ZUBIN MEHTA. Por Raúl Chamorro

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12 de noviembre de 2013
Foto: Tato Baeza
LA TRAVIATA DE MEHTA

La Traviata (Giuseppe Verdi), Valencia, Palau de Les Arts, 10-11-2013. Sonya Yoncheva (Violetta Válery), Ivan Magrì (Alfredo Germont), Simone Piazzola (Giorgio Germont), Cristina Alunno (Annina), Maria Josenkova (Flora Bervoix), Luigi Roni (Dottore Grenvil). Dirección musical: Zubin Mehta. Dirección de escena: Willy Decker. Reposición a cargo de Meisje Barbara Hummel.

   El papel de Violetta Valéry de la inmortal Traviata verdiana ha ejercido un irresistible hechizo a las sopranos de las más diversa condición y vocalidad. Una atracción la mayoría de las veces superior al respeto o incluso prevención, que debería también infundir por las tremendas exigencias vocales y dramáticas que requiere el mismo. Después de la cancelación de las funciones del mes de Octubre, llegaba por fin a Valencia la soprano Sonya Yoncheva, una de esas "estrellas" que irrumpen de la noche y día en la lírica actual. La cantante búlgara cuenta con una voz potente, timbrada y caudalosa, de centro redondo y una buena cantidad de decibelios, que no ocultan un timbre más bien ingrato, con una típica guturalidad eslava y carente de morbidez, de elasticidad. La cantante brusca y poco delicada, sufrió en el primer acto, pesante en la agilidad y con un agudo extremo en el que la voz no gira convenientemente al resonador superior, perdiendo timbre, colocación y sobre todo squillo. No se encaramó al sobreagudo optativo del final del "sempre libera", despúes de un trivialísimo "Ah forse lui". Su desempeño mejoró algo en los actos segundo y tercero, pero si bien pudo lucir la carnosidad de su centro y amplitud de la cavata en momentos como "Dite alla giovine", el fraseo falto de clase y variedad no dió para más y su clara insuficiencia técnica no le permite emitir un filado en condiciones o regular convenientemente el sonido. Además, en el aspecto interpretativo la soprano optó por la fácil exageración de filiación veristoide (ese grito desgarrado "Alfredo!" en el reencuentro del acto tercero destiló verdadero mal gusto) incompatible con la nobleza verdiana.
  Tristemente, una vez más, tiene uno la sensación de estar ante otro caso típico de cantante actual, empujada prematuramente al estrellato, con una calidades vocales de partida, buena figura en escena, pero grandes carencias técnicas, falta de preparación y bagaje, que se ponen especialmente de relieve ante un papel tan complicado y legendario como Violetta.

   Un aparentemente recuperado, aunque sin poder disimular rigideces en la zona del cuello, Ivan Magrì afrontó un Alfredo monolítico, siempre en un un forte constante, sin ningún detalle, ni sfumatura, ni contraste en el fraseo. El timbre resulta grato y sano, la articulación genuina, el agudo fácil y con cierta brillantez, si bien el cantante recurre constantemente al portamento di sotto para alcanzarlos. Estamos ante un tenor que ha conseguido solventes interpretaciones en papeles Donizettianos como el Enrico de Maria de Rudenz o el Fernando de Marino Faliero, pero se encuentra un tanto forzado y superado en Verdi, aunque sea en un papel lírico como el Alfredo. A destacar un par de does no escritos pero encardinados en la tradición: el emitido en el interno del acto primero en "Crooooce!" y el conclusivo de la cabaletta "Oh mio rimorso infamia" que incluso provocó la petición de aplauso del Maestro Mehta, sorprendido porque el público no se arrancara en una ovación después de la emisión de dicha nota por parte del tenor siciliano.

   Una pena que las buenas intenciones del barítono Simone Piazzola choquen con una pobre impostación, una emisión totalmente retrasada. El aliento es generoso, pero al no estar el sonido debidamente apoyado sul fiato, es imposible que los intentos de apianar, de smorzar, lleguen a buen puerto. Un registro grave débil y un agudo caído de posición, falto de expansión y metal terminan por redondear la insuficiencia de su interpertación de Germont padre. Cantó completa la cabaletta "No, non udrai rimproveri", que en otras épocas solía suprimirse en su integridad.

   La orquesta del Palau de Les Arts volvió a demostrar que está a la altura de la de cualquiera de los teatros europeos punteros y a gran distancia de cualquier agrupación española. Fantástica la cuerda, de sonido empastado, redondo, compacto, brillante y sedoso (magnífica en los preludios de los actos primero y tercero con unos pianissimi radiantes). Intervenciones de las maderas que pueden calificarse como virtuosas, (¡El clarinete en la escena previa al "Amami Alfredo"!), metales precisos y afinados. La batuta de Zubin Mehta garantizó un sonido compacto, equilibrado, bellísimo, radiante a la par que transparente y de gran refinamiento tímbrico. El Maestro hindú atento siempre a los cantantes, sin taparlos nunca y colaborando con ellos, condujo la obra con buen pulso, sentido narrativo y momentos de recreación cuasi hedonísitca, que quizás pudieron dejar de lado una mayor creación de atmósferas y puntas de tensión. El gran concertante del acto segundo, al igual que ocurrió con el de Otello en Junio pasado, fue un ejemplo de construcción fruto de la gran técnica de Mehta. Un comienzo con tempo lento, pero perfectamente balanceado, en el que se escucharon todas y cada una de las intervenciones y una inexorable progresión hasta conseguir el adecuado clímax.  No quedó a la zaga de la orquesta el magnífico coro con sobresalientes intervenciones en el acto primero y en la fiesta en casa de Flora del acto segundo.
   La producción de Willy Decker (repuesta por Meisje Hummel) originaria de Salzburgo y bien conocida por el DVD con Netrebko y Villazón, tiene indudables aciertos. En primer lugar, la escenografía permite que los artistas canten en la parte delantera del escenario, además de hacer de caja acústica y favorecer la proyección de la voces. La puesta en escena se basa en dos elementos conceptuales que aparecen constantemente durante la obra: el gran reloj y el Doctor Grenvil (interpretado por el veteranísimo Luigi Roni, que a pesar del desgaste vocal, mostró en sus frases mayor rotundidad que la mayoría de los cantantes que se anuncian actualmente como bajos), que simbolizan el paso del tiempo (desgraciada e inevitablemente tasado para la protagonista) y la grave enfermedad que la condena y fija su fin cercano. El vestido rojo que luce Violetta en el primer acto y simboliza su vida cortesana, lo encontramos en el acto segundo apartado y colgado en la pared durante su período de amor y felicidad con Alfredo, volviendo a vestirlo la protagonista cuando decide acudir a la fiesta de Flora y se ve obligada por los condicionantes sociales, a retomar dicha forma de vida "descarriada".

   La dirección de actores es inteligente y bien trabajada, pero no tiene sentido que Alfredo esté presente mientras Violetta interpreta el final del  "Sempre libera" o que ella lo esté, mientras el tenor cante su aria del acto segundo y sobre todo, la ya referida cabaletta "Oh mio rimorso". En lo positivo, asimismo, destacar la habilidad para resolver los coros de gitanas y toreros del acto segundo, que a veces provocan situaciones que pueden llegar hasta lo sonrojante.
 
Foto: Tato Baeza 
Autor:Raúl Chamorro Mena
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