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Crítica: Extraordinaria 'Elektra' en Dresde bajo la dirección de Thielemann

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Autor: Alejandro Martínez
3 de febrero de 2014

NINGÚN TIEMPO PASADO FUE MEJOR

Por Alejandro Martínez

Elektra (Richard Strauss). Semperoper Dresde. 31/01/2014

   Cuando los más agoreros se refieren al presente de la ópera como un momento de decadencia donde ya no hay voces ni batutas como las de antes, convendría reclamar prudencia, cuando menos. Y es que recreaciones musicales como la que hemos visto en Dresde con esta Elektra están sin lugar a dudas a la altura de los hitos más señalados del pasado siglo XX. Esta producción con Thielemann, Herlitzius, Schwanewilms, Meier y Pape tiene muy poco o nada que envidiar a una que contase, por ejemplo, con Böhm, Nilsson, Resnik, Rysanek y Hotter. Así lo testimonia una ovación de casi veinte minutos de aplausos, con todo el público en pie, pataleando, verdaderamente enloquecidos, habida cuenta de la escueta y muy administrada expresividad que se gastan por estos lares. Sobrados motivos había para tal reacción, comenzado por una protagonista de excepción, una Herlitzius absolutamente enfervorecida, desatada, explosiva y apabullante. Posee los medios ideales, con un sonido dramático, poderoso y resuelto en un agudo con punta, muy solvente, más allá de algún sonido más hiriente. La exigencia vocal de la partitura es desproporcionada y Herlitzius llega por momentos a trasladar la impresión de resolverla con pasmosa facilidad, haciendo gala de un instrumento grande, sonoro y administrado con grandes dosis de expresividad. En este sentido, parecía realmente poseída por la música de Strauss, vibrando e interpretando con todo el cuerpo, con una entrega absoluta, con una intensidad de las que hacen época, trasmitiendo una teatralidad visceral, vivida y auténtica. Y no hablamos de un canto meramente desbocado y epatante. Hablamos de un sinfín de matices, de un logrado canto a media voz, de un énfasis constante del texto, etc. Después de haber escuchado a Herlitzius como a Elektra, Ortrud, Kundry, Brünnhilde y Färberin, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que se trata de la gran soprano dramática para repertorio alemán de nuestros días, junto a Nina Stemme, claro está, siendo ésta a priori más lírica que la primera, aunque comparten no pocos roles importantes en sus respectivos repertorios. A día de hoy, y a la espera de que Stemme debute como Elektra, cosa que está ya entre sus planes más inmediatos, no hay otra intérprete del rol comparable a Herlitzius, que deja así su creación más lograda. Recordemos que ya fue un gran éxito su encarnación en el pasado Festival de Aix-en-Provence, este último verano, bajo la dirección del finado Chéreau, en una producción que podrá verse de nuevo en unos meses en la Scala, de nuevo con Herlitzius.

   El segundo gran aliciente de estas funciones era la batuta de Thielemann, al frente de su orquesta, la Staatskapelle de Dresde, precisamente la que estrenó, en este mismo teatro, hace ciento cinco años, la partitura que nos ocupa, así como las de Salome o Rosenkavalier, entre otras muchas de Richard Strauss. Lo que Thielemann consigue desde el foso es una recreación casi filológica del pathos propio de una tragedia clásica comme il faut. Y lo consigue a través de una música tan enfática como sugerente, tan desbordante como contenida, plagada de tensión, de dinamismo, y de una transparencia milimétrica en su exposición, consiguiendo que escuchemos todas y cada una de las secciones y temas que se van sucediendo y entrelazando. Sin estruendos, glosando un discurso casi camerístico por momentos, siempre compacto, exacto. Impresionante lectura, de las que quedan grabadas en la memoria. La Staatskapelle responde con un virtuosismo de los que dejan boquiabierto, con un sonido teatral, rotundo, de una coloración impactante y con una textura imponente. Toda una experiencia para los oídos la conjunción de Thielemann con su orquesta, como ya apreciamos al escuchar su Parsifal en Salzburgo.

   Anne Schwanewilms, como Chrysothemis, fue la intérprete más distante del cartel, demasiado pendiente de no quedar sepultada por la orquesta straussiana. La voz levanta el vuelto en el primer agudo pero ofrece constantemente un centro sordo y sin presencia. El extremo más agudo es irregular, no siempre resulto con soltura y a veces hiriente. El timbre posee una belleza sugerente y recóndita, que sumada a su buen decir en las partes más lírica, han hecho de ella una intérprete ideal de algunas partes menos dramáticas del repertorio straussiano, como las protagonistas de Rosenkavalier, Arabella, Daphne o Capriccio. Chrysothemis es la parte más lírica de una partitura muy dramática, y lo cierto es que Schwanewilms no consigue resolver con plena convicción todas sus intervenciones.

   Como Klytämnestra, la gran Waltraud Meier volvió a repetir su magnífica encarnación del rol, ya comentada aquí al hilo de su participación en la pasada Elektra de París, donde la dirección escénica de Carsen elevaba todavía más, si cabe, su magnetismo con esta parte. René Pape es lo más parecido a un lujo asiático para la parte de Orest, un rol con el que roza la excelencia, a la altura de los más grandes (pensemos en un Hotter o en un Dieskau). Magnífico, de una autoridad incuestionable, tanto por la rotundidad del timbre como por lo contrastado de su decir y por su contención teatral. Solvente, sin más, el Egisto de Frank van Aken, que venía de interpretar el rol de Tristan hace unas semanas en este mismo teatro junto a la Isolda de su esposa, Eva Maria Westbroek, junto a la que encarnará también a la pareja de welsungos en uno de los repartos de la próxima Walküre del Liceo. Muy notable todo el grupo de secundarios, destacando por méritos propios el conjunto de sirvientas que intervienen en el primer cuadro, antes de la irrupción de Elektra en escena. Un lujo también contar con Nadine Secunde para una parte tan pequeña como la de la gobernanta.

   La nueva producción firmada por Barbara Frey nos pareció poco más que discreta, limitándose apenas a ilustrar de un modo bastante literal el libreto, situando la acción en un único espacio, una amplia estancia de un palacio situado en alguna parte de la Europa de finales del XIX o principios del XX, encabezado por una gran inscripción que reza 'Iustitia fundamentum regnorum'. Su mayor, y diría que única virtud, amén de una eficaz dirección de actores, estriba en trasladar la gran tragedia griega a los ejes de un conflicto psicológico prototípico en una moderna familia burguesa, donde temas como la maternidad (ansiada, frustrada, fracasada) o la madurez se convierten en armas de doble filo. Así las cosas, el trabajo de Frey brilla sobre todo en dos escenas, el dúo en el que Elektra trata de seducir a Crisotemis y el reencuentro con Orestes. Sea como fuere, un trabajo profesional, con altibajos, sí, pero que permitió que el derroche de medios ya comentado en el plano musical tuviera además un firme soporte escénico.

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