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Crítica: 'Las vísperas sicilianas' de Verdi en el Teatro Real de Madrid, bajo la dirección de James Conlon

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Autor: Raúl Chamorro Mena
20 de junio de 2014
Conlon y Matabosch

POR FIN VERDI

Por Raúl Chamorro Mena

17-6-2014. Madrid, Teatro Real. I VESPRI SICILIANI (Giuseppe Verdi). Julianna di Giacomo (Duquesa Elena), Piero Pretti (Arrigo), Franco Vassallo (Guido di Monforte), Ferruccio Furlanetto (Giovanni da Procida). Dirección musical: James Conlon. Versión concierto.

   Después de su definitiva consagración con la llamada “trilogía popular” (“Rigoletto”, “Il trovatore” y “La traviata”), el maestro Verdi se disponía a ofrecer en la Opera de Paris su primer estreno propiamente dicho, toda vez que “Jerusalem” (1847) era una revisión de “I Lombardi alla prima crociata” y las demas óperas verdianas ya estrenadas en Paris se habían ofrecido en el Théâtre Italien.  Para ello, disfrutó de las mejores condiciones contractuales, entre ellas la de contar con el libretista Eugene Scribe, puntal esencial en la edificación, desarrollo y consolidación del género llamado Grand Opera, que reinaba absolutamente en la capital francesa y a cuyos presupuestos debía someterse todo músico que quisiera estrenar una obra allí. Sin embargo, el veterano libretista no sólo encargó la redacción del libreto a un ayudante, sino que reutilizó con algunos retoques, un argumento sobre el que había trabajado Gaetano Donizetti. La ópera en cuestión era “Il Duc d’Alba” que el genio Bergamasco dejó inconclusa. Muchos años después, Matteo Salvi un alumno suyo terminó la ópera que se estrenó en 1882, momento en el cual Giuseppe Verdi se dio cuenta del engaño que había sufrido por parte de Scribe.

   A pesar de no ser, ni mucho menos, una de las obras más populares, representadas y valoradas del genio de La Roncole, “Las vísperas” es una magnífica ópera, llena de bellezas y momentos de gran inspiración, en la que, indudablemente, se nota la hipoteca que suponía para el compositor las reglas inamovibles de la Grand Opera (entre otras, cinco actos y ballet obligatorio, escenas de masa de gran efecto y con abundante participación del coro, concertantes  grandiosos,  decorados espectaculares, gran número de personajes protagonistas…), así como que el hecho de componer para la Opera de la capital cultural europea de entonces empujaba a Verdi a querer demostrar en todo momento sus grandes habilidades como músico, lo que resta cierta espontaneidad a algunos pasajes. Todos estos condicionantes, asimismo, afectan a esa búsqueda de la verdad dramática y de la expresión de los sentimientos y pasiones humanas, señas de identidad del genio verdiano. El libreto no le satisfacía y se lamentaba de la monotonía de los actos segundo, tercero y cuarto, así como de la falta de fuerza dramática del último. Scribe, todo un tótem en la ópera parisiense, estuvo lejos de mostrarse dócil con el músico, a la manera que lo eran en Italia Piave, Solera o Cammarano.

   De todos modos, estamos ante una creación importantísima, por cuanto Verdi ya muy rico y en la cúspide la fama y artífice reciente de tres obras maestras indiscutibles del melodrama, decide explorar nuevos horizontes en su evolución como artista.  Si las antiguas e inflexibles reglas de la Grand Opera constituían un obstáculo, sus exigencias en cuanto a orquestación instrumentación y armonía (muy superiores a las de los teatros italianos de la época, al igual que los ensayos, mucho más prolijos y numerosos a pesar de la indisciplina y desorganización que a veces reinaba en los mismos) suponían un acicate para el genio Verdiano que, además, en esos momentos sentía como lejanas las presiones y urgencias de los llamados por él mismo” años de galera”.  

   Estrenada en la Opera de Paris (Academia Imperial de Música) el 13 de junio de 1855 “Les vêpres siciliennes“ se ha representado normalmente en la versión italiana a cargo de Ettore Caimi y llevaba sin escucharse en Madrid desde el siglo XIX. Por tanto y, aunque fuera en versión concierto, debe celebrarse la programación de este título como un acontecimiento a lo que contribuye la escasez de programación de obras verdianas en las últimas temporadas del Real.

   La buena factura musical de la intepretación estuvo asegurada con la presencia del director americano James Conlon, que ofreció una meritoria labor que aunó pulso, nervio, aliento verdiano y buen acompañamiento a los cantantes.  Además de una tensión que nunca decayó, se pudieron escuchar una buena obertura, unas bien delineadas introducciones al aria de Procida y a la escena del barítono, así como un magnífico concertante (una de las gemas de la partitura) con el que finaliza el tercer acto, que tuvo equilibrio y progresión. Notable el nivel de la orquesta y más desigual el del coro, que al fondo del escenario no terminó de sonar empastado ni con la suficiente sonoridad y vigor, por no hablar de algunas estridencias en las notas altas. Casi imposible es hoy día encontrar cantantes para una ópera como ésta.

   Julianna di Giacomo comparecía por cuarta vez en el Teatro Real y posiblemente ha conseguido su intepretación más satisfactoria. El papel de la Duquesa Elena es complicadísimo, aún participa de las exigencias sopraniles del Verdi temprano, propias de la soprano sfogato o también llamada drammatica d’agilità. La soprano californiana atesora un centro ancho, carnoso y esmaltado de timbre grato pero no especialmente bello ni singular. Las notas de primer agudo comparten esa calidad y la soprano presenta las credenciales habituales en los cantantes americanos, en cuanto a buena escuela de canto y preparación musical. Su mejor momento fue la impecable intepretación del maravilloso aria del cuarto acto “Arrigo! Ah parli a un core”. Sin embargo, a la hora de afrontar el agudo extremo el sonido se abre y acusa destemplanza, mientras el fraseo siempre compuesto, resultó falto de incisividad. Como intérprete acusa falta de garra, de temperamento y los acentos carecen de esa vehemencia propia del canto verdiano (lo cual se apreció especialmente en su intervención del acto primero). Sacó como pudo el bolero del último acto, cuya agilidad le planteó no pocos problemas (como a casi todas, justo es decirlo).  

   El tenor Piero Pretti demostró su procedencia italiana en su encarnación del también temible papel de Arrigo. Comunicativo, ardoroso, con un fraseo inmediato y cordial, más que variado o refinado (penalizado por una perceptible cortedad de aliento) y un agudo muy bien asentado técnicamente,  donde el sonido gana brillo, punta y expansión, superó los muchos escollos de su papel incluido el Re sobreagudo de la arietta del último acto, que muy pocos han emitido en directo. Cierto es que su material vocal, muy débil en el centro es más propio de un Ernesto de Don Pasquale, de un tenor lírico-ligero, pero es innegable que sacó adelante un papel inclemente.

   El personaje más complejo psicológicamente de la ópera, Guido di Monforte, otro más de la galería memorable de padres Verdianos, es una muestra de la genialidad de Giuseppe Verdi. Entre tanto aparato y tantas reglas y convenciones obligatorias propias de la Grand Opera, que tienen como consecuencia prácticamente ineludible, personajes más bien esquemáticos, logra un retrato humanísimo del gobernador francés. Opresor sí, pero lejos de ser un tirano siniestro de cartón piedra, es un hombre noble, generoso, atormentado por lograr el amor de su hijo que, políticamente, es su gran rival.  El baritono Franco Vassallo no estuvo a la altura de tal creación. Monótono, aburrido, engolado y de modos más bien toscos, sólo logro mostrar algo parecido a canto legato en su gran aria del acto tercero “In bracio alle dovizie” en la que también intentó algún piano desvaído y sin el correcto apoyo sul fiato. Su voz es sonora y baritonal, aunque seca y nada atractiva tímbricamente. El muy veterano Ferruccio Furlanetto demostró su experiencia y años sobre los escenarios con los acentos más intencionados e incisivos de todo el reparto. Ese saber decir y sentido de la “parola scenica” tan importantes en Verdi. Además, suena a bajo y conserva rotundidad, volumen y amplitud. El timbre siempre fue más bien ingrato, poco noble, escasamente mórbido,  además de acusar el lógico desgaste y su canto correcto, pero falto de clase. Excepto el siempre fiable Luis Alberto Cansino, la indigencia tímbrica caracterizó al muy flojo equipo de secundarios.

   El público disfrutó y tributó ovaciones a todo el elenco certificando un nuevo éxito de las óperas ofrecidas en concierto, grandes triunfadoras de las programaciones de Gerard Mortier.

En la fotografía: James Conlon y Joan Matabosch. Autor: Javier del Real

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