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CRÍTICA: 'TRISTÁN E ISOLDA EN EL TEATRO REAL DE MADRID CON LA PRODUCCIÓN DE SELLARS Y VIOLA'

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Autor: Alejandro Martínez
23 de febrero de 2014

 

EL CALOR DEL SONIDO

Por Alejandro Martínez
Tristán e Isolda (Wagner). Teatro Real, 08/02/2014

   En demasiadas ocasiones nos acercamos a los teatros de ópera con el objetivo de escuchar a tal o cual cantante, o con la finalidad de ver determinada producción. Y cada vez menos, todo hay que decirlo, con el verdadero propósito de vivir una experiencia, de sentir la música, no limitándonos meramente a consumir un espectáculo. No cabe sino aplaudir, pues, cuando se tiene la ocasión de asistir a un espectáculo como el Tristán brindado por el Teatro Real, sin instantes memorables, seguramente, pero con una capacidad constante de emocionar y trasladar al espectador una impresión lograda de lo que significa una obra de arte total.

   Vayamos al detalle artístico de la representación. Y comencemos por aplaudir a Marc Piollet, que sorprendió a propios y a extraños, y yo diría que incluso a sí mismo, con un Tristán bien medido, dinámico, expresivo, si acaso algo pasado de decibelios en el tercer acto, y con algo de brocha gorda en algunos pasajes, pero con una capacidad muy lograda a la hora de sonar transparente y emotivo. Nadie esperaba tal cosa de un reemplazo de última hora como el suyo, habida cuenta además de su deslucida dirección de L´elisir d´amore unas semanas antes. La orquesta titular del teatro, así como el Coro Intermezzo, respondieron con una solvencia que nos permite hablar ya, claramente, de unos cuerpos estables a la altura de los de primeros teatros europeos. No ofrecen un mejor sonido las óperas de París o Londres, seamos realistas. Tampoco los teatros italianos tienen la regularidad que debieran en sus fosos y su brillantez depende mucho de los repertorios en los que se exponen. Únicamente los teatros de habla alemana (Berlín, Múnich, Viena, Dresde, etc.), y el todavía excelso sonido de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, están claramente por encima de las prestaciones de la Sinfónica de Madrid.

   Vocalmente, Violeta Urmana ofreció una prestación muy solvente aunque con limitaciones. Posee el material idóneo para dar voz a Isolda, pero sus continuos vaivenes entre la cuerda de soprano y la cuerda de mezzo han terminado por convertir su registro agudo en una lotería, en la que priman los sonidos abiertos e hirientes, próximos al grito, sobre los timbrados y solventes. A cambio, el fraseo es siempre teatral, vivido, e irreprochable en el manejo del texto alemán. Robert Dean Smith, tras haber cancelado por enfermedad hasta tres de las funciones en las que estaba previsto, volvió a ofrecer su Tristán de siempre: seguro, solvente, sin alardes, pero convincente. Sigue siendo capaz de llegar al tercer acto más o menos intacto y con una dosis expresiva genérica, sí, pero capaz de sostener su personaje. Piollet no le puso las cosas fáciles en ese acto, pero Dean Smith volvió, paradójicamente, a sobrevivir. No es un Tristán sobrado (búsquenlos…) pero es un Tristán solvente.

   Ekaterina Gubanova volvió a hacer gala de una Brangäne ejemplar, por medios y por línea. Casi un centenar de funciones a sus espaldas encarnando este papel se notan. Su recreación de la parte es naturalísima y la belleza de su timbre, de una coloración oscura muy apropiada, sumada a su capacidad para regular el sonido, convirtieron sus avisos a los dos amantes en un momento casi sublime. Tardó un tanto en mostrar la voz durante el primer acto, pero estuvo a la altura durante el resto de la función. Un tanto irregular se mostró el rey Marke de Fanz-Josef Selig. Tiene sin duda la presencia requerida por el papel, si bien los medios vocales se antojan algo mermados en varias franjas. Curiosamente, donde más brilló, durante su largo monólogo del segundo acto y en la intervención del tercero, fue en las partes desarrolladas a media voz y en piano, con una regulación esmeradísima del sonido, perfectamente acorde a un tratamiento exquisito y muy teatral del texto. Era al ascender al agudo y al emitir en forte donde su voz titubeaba un tanto, perdiendo empaque y estabilidad. Nos recordó al gran Matti Salminen, pero sin la contundencia de medios de aquel. Jukka Rasilainen fue un Kurwenal más bien mediocre, de medios cortos y de fraseo indiferente. Todo lo contrario que los tres restantes intervenientes, Melot (Nabil Suliman), el pastor/marinero (Alfredo Nigro) y el timonel (César San Martín). Los tres cumplieron a la perfección con su encomienda.

   La producción escogida por Mortier era la ya estrenada en su día a cargo de Peter Sellars, con videoproyecciones de Bill Viola. El trabajo de éste último es excepcional, y más si cabe para una obra con tan poca acción, tan estática y poética como Tristán, que no deja de ser una sucesión de imágenes musicales surgidas desde el foso una tras otra. Viola acierta al ilustrar esa cascada de sensaciones con un discurso visual, de una plasticidad fascinante, lleno de alusiones al agua, al fuego, al cuerpo y a la luz. Un trabajo sin duda digno de un artista de su talla. La imagen de Isolda disolviéndose en el agua justo cuando el acorde lo determina es de las que se graban en la retina del espectador. En sintonía, Sellars sirve simplemente un trabajo gestual austero, sin grandilocuencias, lo mismo que el vestuario y la iluminación (mucho más estudiada de lo que pudiera parecer a primera vista) y que permite seguir las videoproyecciones al tiempo que se atiende a los cantantes. Además, Sellars añade algunos recursos que no por trillados son menos espectaculares, como la entrada del rey Marke en el final del primer acto con la sala iluminada, los coros desde lo alto, las fanfarrias desde el palco real y, en fin, la sensación de encontrarse el espectador envuelto por la ópera de un modo impactante. Igualmente, el solo de corno inglés se ejecuta con la sala en total oscuridad, sin la iluminación fija que enfoca el foso durante la función. Con todo ello, Sellars y Viola consiguen lo que, entendemos, se proponían: fijar la atención del espectador en la plasticidad del discurso musical wagneriano, que es un constante oleaje de sensaciones, sonidos que son imágenes, imágenes que son sensaciones, etc.

   Tristán, dicho sea de paso, es imperecedero y fascinante. Su partitura no deja de sorprender al oyente. Cada nueva representación es siempre una nueva escucha, como si partiésemos de cero, como si nunca antes se hubieran sentido esas dinámicas, esas oleadas de sonido. Y además, Tristán, como el papel, lo resiste todo, desde repartos deslucidos a producciones anodinas. Su música se impone sobre todo lo demás de una forma impresionante. Asistimos en esta ocasión a la representación con alguien que nunca antes había visto Tristan en el teatro y nos confesó haber sentido escalofríos durante toda la función, un constante calor al sentir el sonido de esta partitura. Y es que, sin ser una representación excepcional, sí fue una obra de arte con mayúsculas, emocionante de principio a fin. Una mejor batuta y un mejor reparto no hubieran garantizado una emoción mayor.

   Por último, no podemos obviar que Mortier programó este título en conexión con el estreno de Brokeback Mountain, de nuevo un fresco acerca de una historia de amor imposible. Mortier ha sido un gran programador precisamente por este tipo de cosas, por no articular sus temporadas como quien abre la nevera y elabora el menú de mañana con lo que queda en las repisas.

Foto: Javier del Real

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