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Crítica:"Madama butterfly" de Puccini en la Temporada de Ópera de Oviedo

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Autor: Aurelio M. Seco
16 de noviembre de 2014

AY, BLANCA BUTTERFLY

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. Teatro Campoamor. Temporada de Ópera de Oviedo. Madama butterfly, Puccini. Amarili Nizza, Marina Rodríguez-Cusí, Marina Pinchuk, Viktor antipenko, Manuel Lanza, Mikeldi Atxalandabaso, José Manuel Díaz, Víctor García-Sierra, Manuel quintana. Marina Acuña. Dirección musical: Pablo González. Dirección de escena: Olivia Fuchs. Oviedo Filarmonía. Coro de la Ópera de Oviedo

   No falta mucho para la Navidad, pero Olivia Fuchs, la directora de escena del tercer título de la Temporada de Ópera de Oviedo, ya nos ha propuesto una Butterfly blanca como el loto o como la  flor de sakura, que es como se llama a la del cerezo en Japón. Una Madama butterfly, de Puccini blanca como la nieve o incluso, a juzgar por el aspecto mortecino de las bailarinas estilo Butoh que la directora incluyó en la producción, como las cenizas dejadas por el invierno nuclear de 'Little boy' en Hiroshima y "Fat Man" en Nagasaki, pues es en esta última ciudad y en esa época donde Fuchs sitúa la acción de su propuesta. Pero la verdadera bomba dramática de esta historia no es precisamente la de un “Little boy” americano, sino la de un pequeño aprendiz de samurái desnaturalizado, fruto de la inmoral conquista de Japón por lo estadounidense, que diría Yukio Mishima y, por lo visto, la propia Fuchs, a su manera.

   Efectivamente, la imagen pálida de las bailarinas quedó de cine en las fotos, pero la forma de incluirlas en la historia, con sus gestos y demás, nos pareció algo forzada, como un collage. La dirección de escena de Olivia Fuchs tuvo más virtudes modestas que defectos importantes, llegando a la corrección y una especie de austeridad placentera que no deslumbró pero que tampoco sentó mal a la historia ni la deslució. Fuchs y su equipo dejaron algún momento visualmente atractivo, como la escena del conocido coro a boca cerrada, que se disfrutó más por la vista que por el oído. Fue otro ejemplo de decisión escénica por encima de la musical. No vimos al coro cantar uno de los fragmentos más atractivos de la partitura –¿quien puede asegurar que Claude-Michel Schönberg no se inspiró en este fragmento para escribir parte de sus Miserables?-, porque la directora nos lo escondió entre bastidores para mostrar sus lámparas japonesas de colores. Fue bonito verlo, pero también nos hubiera gustado oírlo con más claridad. Al fin y al cabo estamos hablando de música, ¿no? La idea general no estuvo mal planteada, salvo cuestiones puntuales un tanto ingenuas, como la inclusión de una nevera de la que Suzuki parecía extraer comida china, más que japonesa. No era necesario este gesto ni otros, ni tampoco la línea de sangre salpicada al final de la obra, tras el suicidio de la protagonista, que en cambio sí nos gustó, porque generó en un momento de música implacablemente dramática, una imagen fuerte, de poderosa energía. Hay un cierto gusto por la aventura en Fuchs que es tentador.

   Resultó vistosa la caracterización del coro femenino y valiente la manera de usar la luz y parte del vestuario. Seguramente, los últimos 10 minutos de la obra fueron los mejores en casi todo, así que saludamos con una media sonrisa el trabajo de esta directora, que resultó agradable de ver y estuvo llevado con cierta valentía y sana imaginación, sin lograr ir más lejos.

   En el apartado musical dirigió a la Oviedo Filarmonía un músico de talento, el asturiano Pablo González, al que teníamos muchas ganas de oír en una obra como ésta, porque no siempre es fácil encontrar buenos directores en la temporada de Oviedo y porque queríamos observar el estado de su evolución artística. En su trabajo ha habido cosas interesantes y otras menos estimulantes. Fue agradable observar su interés por trabajar el sonido de la orquesta. Resultó evidente  su afán por cuidar la afinación, que el fraseo fuera lo más limpio y cuidado posible y que la adecuación rítmica de los músicos a sus demandas gestuales fuera eficaz. Lo consiguió y la orquesta lo hizo bien. González consiguió dejar su impronta en la Oviedo Filarmonía pero no acertó con el estilo. No es cierto que en música sean válidas todas las propuestas. Para esta obra, la suya no nos lo pareció. Si dejamos aparte la escasa densidad sonora que transmite la Oviedo Filarmonía desde el foso, cosa importante en una obra de este repertorio, el estilo nos pareció alejado del romanticismo de grandes líneas y arrebatado temperamento que esta ópera pide a gritos y debe transmitir.

   La Madama butterfly de Puccini casi parecía en manos de Pablo González una obra Haydn, clasicista por el estilo e incluso el número de componentes de la sinfónica. El fraseo sonó demasiado conciso, llevado por una tensión que parecía más preocupada en conseguir que todo estuviera en su lugar con nervio que por buscar la emotividad de una historia que en cada frase debe hacer vibrar. No nos desencantó esta elección en el reciente Don Gionvanni que González dirigió en Oviedo, pero sí la rapidez y tensión con que fue planteada entonces. Aquí hemos vuelto a encontrarnos con esta forma de dirigir, que en este artista ya parece una firma que, en nuestra opinión, debería prestarse a una mayor flexibilidad. Fría, cerebral y falta de perfume, esta Madama butterfly, sin menosprecio de algunos momentos de gran eficacia expresiva, como el final de la ópera, que nos pareció brillante. Los cantantes estuvieron razonablemente cómodos con los fraseos pulcros y perfeccionistas de González, aunque no tanto con el volumen de la orquesta.

   Respecto al resultado lírico, los dos intérpretes protagonistas, Amarilli Nizza y Viktor Antipenko, transmitieron demasiada inseguridad a lo largo de toda la obra. No es agradable asistir a una función en la que como espectador, percibes constantemente las limitaciones de los intérpretes. No es posible de esta forma imbuirse en la historia. Con sus virtudes y defectos, ambos lograron llevar a buen puerto sus interpretaciones, pero sin hacerlas brillar salvo, quizás, en el aspecto dramático, y sólo en el caso de Amarilli Nizza. Antipenko se mostró como un tenor con demasiadas limitaciones técnicas. Su voz no está liberada, ni posee un especial sentido del vibrato o cualidades interpretativas. Poco más que una cierta presencia vocal y personal. Nizza se mostró insegura en el registro agudo y, en el grave o las medias voces, no siempre se le oída con facilidad. Resultó diferente observar en escena y cantando a Manuel Lanza, que interpretó a un Sharpless elegante y de gran presencia. Qué carisma lírico y escénico posee este artista, y qué suerte volver a encontrarle en nuestros teatros, realizando el gran trabajo al que siempre nos había tenido acostumbrados.

   Es una pena que Lanza no sea tenor. Habría sido un Pinkerton modélico. Él fue uno de los grandes protagonistas de la velada. También gustó mucho la labor de Víctor-García Sierra como el Tío Bonzo. Su aparición en escena fue soberbia, por el vestuario, la luz, el maquillaje y su interpretación, llena de fuerza y sentido del texto. Mikeldi Atxalandabaso dibujó un Goro notable, al que se podría haber caracterizado de mejor forma o, por  lo menos, con una gafas más apropiadas. Atxalandabaso es un cantante respetado y respetable, al que siempre hemos visto realizar un trabajo serio, ilusionado y de calidad. Marina Rodríguez-Cusí estuvo espléndida como Suzuki.

    La mezzosoprano Marina Pinchuk fue una gran Kate Pinkerton, de voz elegante, limpia y siempre presente, muy adecuada al personaje. Nos quedamos con ganas de oírla cantar más. Solvente el Comisario Imperial de José Manuel Díaz. El Coro mereció ser más numeroso para esta ópera. Su interpretación estuvo a la altura, sin llegar a brillar como en otros títulos.

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