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Crítica: Barenboim dirige 'Lulu' en la Staatsoper de Berlín

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Autor: Alejandro Martínez
23 de febrero de 2015

ENTRE EL TEDIO Y LA INDIFERENCIA

Por Alejandro Martínez

Berlín. 21/02/2015 Staatsoper (Schiller Theater). Berg: Lulu. Mojca Erdmann, Michael Volle, Deborah Polaski, Stephan Rügamer, Thomas Piffka, Anna Lapkovskaja, Graham Clark, Jürgen Linn y otros. Daniel Barenboim, dir. musical. Andrea Breth, dir. de escena.

   Como preludio a un Alban-Berg-Zyklus, la Staatsoper de Berlín ha ofrecido ya en la semanas previas algunas representaciones de su Lulu. Dicho ciclo dedicado a Berg empareja representaciones de Lulu y Wozzeck, junto a conciertos con su música, en sendos fines de semana durante el mes de marzo. De la producción de Andrea Breth para Wozzeck ya hablamos aquí) en su día. Por lo que se refiere a Lulu, como es bien sabido, Alban Berg falleció dejando incompleta la orquestación del tercer acto. En esta ocasión nos encontramos en Berlín con una nueva edición de dicho tercer acto, en una Berliner Fassung por encargo de Barenboim a David Robert Coleman, que firma un trabajo francamente convincente, en modo alguno incompatible con el enfoque más filológico que ya ofreciese Friedrich Cerha en su día. El resultado, más allá del trabajo de Coleman para el tercer acto, es una versión en la que el prólogo desaparece como tal, sustituido por un monólogo a cargo de un actor que yace tumbado al borde del escenario, recitando un texto de Kierkegaard. A la versión se le añaden además unos cuantos cortes aquí y allá, sobre todo en las escenas de París, sin aparente justificación.

   La joven Mojca Erdmann, en el rol titular, si bien nos dejó una impresión más favorable esta vez, a años luz de ocasiones anteriores en que le habíamos escuchado, seguramente favorecida aquí por la acústica de pequeño espacio del Schiller Theater, nos pareció de nuevo una voz corta, no sólo de caudal, sino de armónicos, de timbre más bien anónimo y de expresividad limitada y genérica. La suya fue una Lulu sin apenas interés, si bien muy plegada a la decepcionante propuesta escénica de Breth, como después glosaremos.

   A cambio, la representación contó con un estupendo equipo de secundarios, desde el intenso trabajo de Michael Volle con el Dr. Schön y Jack el destripador, a la sorprendente desenvoltura de los tenores Thomas Piffka como Alwa, Graham Clark como el Príncipe y Stephan Rügamer como Pintor/Negro, pasando por el magnetismo escénico de la consumada artista que es Deborah Polaski, aquí como Condesa Geschwitz.

   La producción de Andrea Breth, estrenada ya en Berlín en 2012, sitúa la acción en una suerte de almacén/taller/garaje abandonado, con estructuras metálicas aquí y allá y con un vestuario de gala, como buscando sugerir el contraste entre lo más alto y lo más bajo en el discurrir vital de la protagonista. A decir verdad Breth dispone una dirección de actores elaborada pero sin un rumbo claro, con una gesticulación lenta, casi coqueteando con el mimo en algunos instantes. A nuestro parecer a su propuesta le falta tragedia, diluido su enfoque en una frialdad que no conmueve ni hace torcer el gesto al espectador. Seguramente Breth busque mostrar con fría crudeza la realidad del libreto, pero al final la frialdad se antoja demasiada y lastra la representación, francamente tediosa. Había de hecho m´s vida y teatro en el foso que en el escenario. Hay que reconocer al trabajo de Breth un acertado enfoque cinematográfico, muy fotogénico, pero que se revela después como muy poco logrado en un plano teatral. El resultado global es una producción genera más desinterés que estímulos en el espectador.

   En el foso Daniel Barenboim volvió a demostrar que es un genio SINGULAR, en uno de esos días de rutina talentosa, sosteniendo la representación con un enfoque claro, directo y sin aristas, al frente de una Staatskapelle que, aunque sobresaliente en su ejecución, sonó si acaso menos virtuosa que con otros repertorios, los más pegados al romanticismo del siglo XIX, con los que a menudo guarda más afinidad. Lo cierto, en cualquier caso, es que de no haber sido por la estupenda versión musical escuchada, la tediosa producción hubiera convertido la representación en un trasunto francamente indiferente.

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Fotos: BERND UHLIG

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