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Crítica: El pianista Pierre-Laurent Aimard toca 'El clave bien temperado' de Bach en Oviedo

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Autor: Aurelio M. Seco
11 de enero de 2015

DE BACH, EL CONSUELO

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. 9/1/15. Auditorio Príncipe Felipe. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Pianista: Pierre-Laurent Aimard. Primer libro de El clave bien temperado, de Bach.

   Si alguien le pregunta alguna vez ¿quién es el más importante compositor de la historia?, diga Bach, aunque no terminen de gustarle sus fugas y  prefiera oír un recital con valses de Chopin o sonatas de Mozart. Diga Bach, porque si dice Mozart siempre le quedará la duda de Bach, como si dice Beethoven. Tampoco se equivocará si dice Mozart o Beethoven, pero mejor diga Bach. En el mundo de la música, si Bach es Dios, Mozart es su hijo más genial y Beethoven el espíritu sordo y santo que todo lo envuelve. De Beethoven sabemos que tenía mal carácter, de su sordera y de tantos aspectos que nos han llegado por sus biografías y películas. Pasa algo parecido con Mozart, cuya imagen de niño genio y risueño ha venido para quedarse por obra y gracia de una película genial, Amadeus, que ha mediatizado la foto del compositor tanto como para llegar a desvirtuarla. ¿Pero qué sabemos de Bach? No ha quedado una imagen tan nítida del compositor más grande de la historia que tuvo la suerte de vivir en una época en la que la música había llegado a un punto de evolución lo suficientemente interesante para la modernidad. Nos falta la película.

   Hubiera sido injusto que el mejor compositor de la historia naciera en el siglo III. No contaría lo mismo, porque aquel lenguaje no nos llega ni nos interesa hoy de la misma forma. No sé qué musicólogo me dijo un día que toda la música anterior al siglo XVII no le interesaba.  Por eso algunos grandes creadores del XV o del XVI, o incluso del XVII, como Monteverdi, nunca estarán del todo en el ranking de los tres primeros aunque puedan merecerlo.

   Bach nació justo en la mejor época para hacer historia con su talento y con los modos mayor y menor, las dos escalas que, fundamentalmente, se han usado en occidente para componer, más o menos desde el XVII hasta el XX. Es lo que denominamos 'tonalidad', con sus tónicas y dominantes y sus dos modos de ordenarse, el sistema que, con toda seguridad, ha tenido más fortuna en la historia de nuestra música. Un esquema ya agotado, dicen algunos, pero necesitado de orden y concierto en la época de Bach, que como Dios manda escribió una biblia musical en dos volúmenes, El clave bien temperado, para ordenar  los modos mayor y menor y demostrar que su temple y afinación eran mejor que la de otros. Un preludio en do mayor y una fuga, un preludio en do menor con su fuga, otros en do sostenido mayor, después en do sostenido menor, re mayor, re menor, y así hasta completar todas las posibilidades del sistema. Y no es que sea difícil componer cualquier cancioncilla en do mayor, pero sí escribir en pentagrama cualquier pieza en sol sostenido menor, tonalidad que hay que pensar y a la que hay que acostumbrarse.

   Por eso no debe sorprendernos del todo si el público no acepta las fugas de Bach con la misma ilusión que un impromptu de Chopin. No sé quién me dijo que una de las diferencias entre lo que se denomina ‘música clásica’ y ‘música pop’ es que la primera es más compleja. No sólo es eso, pero es obvio que componer una fuga requiere de un arte más profundo y exigente que el que se necesita para hacer una canción como “I have a dream”, de ABBA, una bonita pieza que a duras penas tiene tres acordes.

   De todas formas no nos extrañó, porque lo esperábamos, que el Auditorio de Oviedo no estuviese repleto de melómanos ávidos de escuchar a un gran pianista como es Pierre-Laurent Aimard, ni tampoco que tras la primera parte, muchos de ellos optasen por dejar el recinto, ni los escasos aplausos regalados al artista al final del recital, tras el enorme esfuerzo y el notable nivel alcanzado. Fue una pena la escasa afluencia de público, e injusto, desde luego, no haber recompensado con más aplausos la interpretación, después de dos horas de recital pianístico de alta escuela. 

   Parece que Pierre-Laurent Aimard llegó a Oviedo un tanto despistado con las partituras que debía usar en el recital, lo que obligó a la organización a adquirir en el último momento un volumen nuevo, que fue el que usó durante toda la noche. Es tan solo una anécdota sin demasiada importancia, porque el pianista francés conoce sobradamente este repertorio.

    El estilo con que Aimard toca la música de Bach es jovial, elegante y equilibrado. Después de oír su reciente grabación efectuada para la Deutsche Grammophon, seguramente alguien se haya visto sorprendido durante el recital con cierta falta de preparación o limpieza en algunos pasajes, pero tampoco podemos pedir a todos los pianistas que estén siempre al cien por cien, y en directo como en una grabación. En cualquier caso, Aimard no parece interesado en un Bach trascendente y original, aunque sí distinguido y, en cualquier caso, reconfortante. Llamó la atención su interés por destacar en los acordes finales las notas centrales, un rasgo propio bastante peculiar. Fue brillante la interpretación del preludio en re mayor, que tocó con inusitada rapidez, gracias a unas condiciones técnicas encomiables, que nunca dan la sensación de ser gratuitas, sino que están llevadas por una manera de tocar personal y reflexiva. Muy depurado y sereno el precioso preludio en do sostenido mayor. Algunas fugas estuvieron exquisitamente tocadas (la nº 13, en fa sostenido mayor, y la 24, en si menor). Una bonita velada musical, sin duda, la ofrecida por Pierre-Laurent Aimard en el Auditorio de Oviedo, que también se podrá disfrutar en otras tres ciudades españolas.

   Dedicó el recital a las víctimas de los recientes ataques de París. Obviamente, la música no puede resolver este tipo de conflictos, pero como el propio artista afirmó dirigiéndose al público antes de comenzar a tocar, sí proporcionar cierto consuelo. Damos fe.

Foto: Marco Borggreve

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