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Crítica: Kirill Petrenko dirige 'Das Rheingold' en Múnich

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Autor: Alejandro Martínez
23 de marzo de 2015

Por Alejandro Martínez

Múnich. 22/03/2015. Bayerische Staatsoper. Wagner: Das Rheingold. Thomas J. Mayer (Wotan), Andreas Conrad (Mime), Norbert Ernst (Loge), Tomasz Konieczny (Alberich), Günther Groissböck (Fasolt), Christof Fischesser (Fafner), Elisabeth Kulman (Fricka), Golda Schultz (Freia), Okka von der Damerau (Erda), Levente Molnár (Donner), Dean Power (Froh), Hanna-Elisabeth Müller (Woglinde), Jennifer Johnston (Wellgunde), Flosshilde (Nadine Weissmann). Dirección musical: Kirill Petrenko. Dirección de escena: Andreas Kriegenburg

   Petrenko plantea aquí un crescendo casi imperceptible, que parte de un preludio fingidamente ayuno de espectacularidad. Singularmente acelerado, incombustible y casi obsesivamente atento a los ritmos y tiempos, llevando hacia adelante la representación con una fuerza trepidante aunque nunca ampulosa, con un fraseo de aliento corto, sin grandilocuencias. El Oro de Petrenko posee así la elocuencia de la síntesis.

   Kriegenburg intenta situar al espectador aquí ante el estado previo a todo lo que está por suceder durante el desarrollo de la Teatralogía. Una suerte de estado natural, amalgama de inocencia y sensualidad, es lo que representan en este caso los numerosos figurantes, a los que no volvemos a ver nunca más en esta actitud hasta el final del Ocaso, cuando acuden a socorrer y consolar a Gutrune. De aquí en adelante adoptan la forma habitual de sirvientes, reducidos a objetos, nunca más sujetos libres, con esa pulsión de vida y creación que dejan entrever en la primera escena del Oro.

   Thomas J. Mayer posee un timbre atractivo, más o menos noble, y es un cantante seguro y regular, dueño de un material homogéneo y ciertamente apropiado para la parte de Wotan. A su fraseo no obstante le falta por momentos esplendor, una majestuosidad que seguramente le darán los años, porque estamos ante un Wotan con recorrido. Por fin hemos disfrutado un tanto escuchando a Tomasz Konieczny, aquí en la parte de Alberich, tras haberle escuchado destrozar, en distinta medida y siempre en Viena, los papeles de Wotan, Amfortas y Jack Rance. La voz, entre fea e ingrata, es idónea para el carácter sinuoso y codicioso de Alberich. Un cantante burdo para un personaje burdo.

   Espléndido e imponente para nuestra sorpresa Günther Groissböck como Fasolt, a cierta distancia del Fafner de Christof Fischesser, más corto de medios y menos aquilatado en el fraseo. Elisabeth Kulman es una Fricka excepcional, no ya por su sobresaliente capacidad actoral, sino por el madurado acento con el que desgrana su texto. El color de su voz y la naturaleza misma de su instrumento se ajustan como un guante a la parte. Norbert Ernst, en reemplazo del inicialmente previsto Burkhard Ulrich, pintó un Loge muy notable. Nos gusta mucho este solista, uno de esos comprimarios excelsos capaces también de bordar algunos papeles de mayor enjundia vocal y escénica. Supo plegarse sin dificultad aparente a una producción exigente que no conocía previamente. Inapetente por último el Mime de Andreas Conrad, de una corrección grisacea, sin pena ni gloria. Espléndida Okka von de Damerau como Erda, muy solvente Levente Molnár como Donner, lo mismo que Dean Power con la pequeña parte de Froh. Algo timorata la Freia de Golda Schultz y excelente el desempeño del equipo de ondinas compuesto por Hanna-Elisabeth Müller, Jennifer Johnston y Nadine Weissmann.

Fotos: Wilfried Hösl

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