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Crítica: Nico Muhly junto a Wagner y Sibelius con la ONE

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Autor: Gonzalo Lahoz
9 de febrero de 2015
Foto: M. Murphy


MODERNAS Y TRASCENDENTALES


Por Gonzalo Lahoz
06/02/15 Madrid. Auditorio Nacional. Temporada de la OCNE. Obras de Wagner, Muhly y Sibelius. Ekaterina Metlova, soprano. Nadia Sirota, viola. Orquesta Nacional de España. John Nelson, director.

   Se presentaba el pasado fin de semana la Orquesta Nacional de España, junto al batuta estadounidense John Nelson, con modernas y trascendentales partituras en sus atriles. A la muerte de Isolda wagneriana le seguía, en cuestionable adición, el estreno mundial del Concierto para viola de Nico Muhly. En la segunda parte, por rizar el rizo, la Segunda sinfonía de Sibelius. Música trascendental abrazando a música completamente actual; y el caso es que finalizado el concierto, se tuvo la sensación de que ni lo moderno resultó tan actual ni lo trascendental trascendió tanto como se debiera. ¿demasiado para el público del Auditorio Nacional? No, demasiado para John Nelson.


   A tenor de los resultados obtenidos, bien pareciera que todos los esfuerzos y concentración de la batuta costarricense se centraron en presentar el nuevo Concierto para viola de Nico Muhly, sin duda lo mejor de la noche.
   Lo primero que a uno le asalta a la mente al escuchar la nueva partitura de Muhly, es lo surreralista que resulta estar asistiendo a su estreno en una ciudad como Madrid, que no resulta desde luego su hábitat natural, pues tal es el poso no ya estadounidense sino neoyorquino que desprende, trasladando a los oyentes al quehacer compositivo, afino aún más, de ambas orillas del East river. Así pues, agradecidos estemos de poder acoger estreno tan significativo, en el que el truco está en la coproducción con la Detroit Symphony Orchestra y el Festival de Saint-Denis.
   Muhly representa a la modernidad de la contemporánea, en su mayor expresión, con todo el séquito y parafernalia que a ello rodea. Deudor de fórmulas richterianas y mirando siempre en el espejo de Glass, del amparo del minimalismo vamos, el de Vermont no es el más vanguardista en sus formas (tampoco una forma concierto se presenta quizá como el lienzo más óptimo para ello) sino que viene a representar la evolución natural y lógica de lo que otros sembraron. Con estos mimbres, el Concierto para viola nace como resultado de la simbiosis con Nadia Sirota, con quien lleva colaborando desde hace más de 10 años. Si la modernidad se hizo trascendental, fue gracias a ella. Difiere desde un principio de su otro concierto de corte más “clásico”, el de chelo, en que desde un comienzo el solista se ve aquí imbuido del quehacer de la orquesta, integrándose completamente al inicio entre el resto de la cuerda, de enérgica entrada, y cediendo de alguna manera el protagonismo a una percusión que juega en las dinámicas. Muy cíclicos y rítmicos en motivos los vientos, especialmente los metales, se va componiendo poco a poco la estructura del movimiento, en el que va cobrando mayor enjundia la solista. Tal vez sea este un concierto para los estudios de grabación.
   Sin perder las formas cíclicas, la solista va dibujando frases más cantabile, pasando por una extensa confrontación de los metales y alcanzando una pseudo-coda en la que Sirota demostró sus cualidades en frases líricas y expresivas que exploraron las posibilidades de su instrumento. Y entonces ya digo, lo moderno se hizo trascendental.

   Eso sí, también lo he dicho, lo trascendental no se hizo moderno, no tenía por qué, pero tampoco se hizo trascendente. No estuvo acertado Nelson en su Wagner, del todo superficial, en el que no ayudó la voz de la soprano Ekaterina Metlova, quien desde luego puso intenciones, pero no obtuvo resultados. La Segunda de Sibelius no será tampoco recordada, con un comienzo en tempo acelerado, lo que supone cargarse desde el principio ese halo postromántico con el que esta sinfonía ha de envolver a quien la escucha; de igual modo sucedió al comienzo del último movimiento en attaca. Con estas formas, lo más acertado resultó el tercer movimiento, vivacissimo. Faltó pues intencionalidad y algo más allá de mera intensidad. Falto pues, ponernos trascendentales.

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