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Crítica: Nueva producción de 'Lulu' en Múnich dirigida por Petrenko

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Autor: Alejandro Martínez
10 de junio de 2015

LA DISECCIÓN COMO ARTE

Por Alejandro Martínez

Múnich. 06/06/2015. Bayerische Staatsoper. Alban Berg: Lulu. Marlis Petersen (Lulu), Bo Skovhus (Dr. Schön/Jack the Ripper), Daniela Sindram (Gräfin Geschwitz), Matthias Klink (Alwa), Martin Winkler (Ein Tierbändiger/Ein Athlet), Rachael Wilson (Ein Gymnasiast/Ein Groom/Eine Theater-Garderobiere), Christian Rieger (Der Medizinalrat/Der Bankier/Der Professor), Rainer TRost (Der Maler/Ein Neger) y otros.Dirección musical: Kirill Petrenko. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov

   Dos artistas rusos al alza, en su momento de plena madurez, uno director musical y el otro director de escena, estaban al frente de esta nueva producción de Lulu prevista en la Bayerische Staatsoper. Nos referimos en efecto a Kirill Petrenko, titular del teatro, y a Dmitri Tcherniakov, bien conocido en España tras escenificarse varios de sus trabajos en Madrid y Barcelona. Petrenko disecciona la partitura con ahínco, con afán milimétrico, con ese estilo ya tan suyo que consiste en convertir el distanciamiento de su estudiosa batuta en una rara emotividad. Un enfoque que cuadra como anillo al dedo precisamente con el estilo compositivo de Berg y en general con toda la música de la llamada Segunda Escuela de Viena, con esa amalgama entre  el dodecafonismo y un romanticismo que se evoca en la distancia. Estamos no en vano ante una gran tragedia, la que representa el fatal destino de Lulu, y Petrenko sabe encontrar el punto exacto entre el discurso analítico y el patetismo de lo que vemos en escena, haciendo de la disección un arte consumado en su caso. Se interpretaba aquí por cierto el tercer acto en la primera orquestación de Friedrich Cerha.

   Tcherniakov comparte también esa misma óptica que marca el trabajo del foso, con una disección tan clásica como vanguardista del libreto, al que atiende (aquí sí, a diferencia de tantos otros trabajos suyos) con literal seguimiento. Si acaso interviene Tcherniakov tan sólo el final de la ópera, en el que da a entender que es la propia Lulu la que termina con su vida antes de que pueda acabar con ella Jack el destripador. Y no es una intervención baladí; al contrario, es el cierre necesario a un retrato de la protagonista en modo alguno pusilánime y victimista. Más bien al contrario, Tcherniakov propone una Lulu mucho más fuerte y dueña de su destino, que de algún modo es responsable de sus miserias. Esto acrecienta y relativiza al mismo tiempo su tragedia. De alguna manera lo que hace Tcherniakov es un trabajo de manual, como si a un alumno aventajado se le hubiese encargado hacer un trabajo clásico dentro de las señas del mejor Regietheater, sin excentricidades ni boutades. El resultado es de una frialdad raramente poética y de un distanciamiento curiosamente descriptivo. No por causalidad parte además de una escenografía única, obra del propio Tcherniakov, compuesta por una sucesión de espejos y cristales, que generan constantes reflejos, jugando una y otra vez con la silueta dibujada y desdibujada de la propia Lulu. En líneas generales el trabajo de Tcherniakov es de un realización impecable, no ya por la detallada y rica dirección de actores, sino porque todo el concepto de su propuesta, desde la escenografía al vestuario (Elena Zaytseva)  pasando por la estupenda iluminación de Gleb Filshtinsky contribuye a subrayar ese lenguaje minimalista que casa tan bien con el enfoque analítico de Petrenko en el foso.

   Marlis Petersen cuaja un trabajo muy elogiable con el papel protagonista, desde cualquier punto de vista. No sólo resuelve la exigente partitura sin mayor fatiga, sino que no se arredra un ápice en su trabajo escénico, de una entrega irreprochable. Comprende y asume perfectamente el retrato que pretende Tcherniakov y se brinda a resolverlo con verdadera y elogiable entrega. Todo el resto del extenso reparto rinde a un buen nivel, aunque por debajo de la protagonista, en líneas generales. Sobresalen la entrega vocal de Daniela Sindram como la Condesa Geschwitz y el buen compendio de teatralidad y resolución musical de Bo Skovhus como Dr. Schon y como Jack el destripador. En suma pues, una Lulu en la que como pocas veces se daban la mano el trabajo de dirección musical y dirección de escena, compartiendo un mismo y logrado concepto.

Fotos: Wilfried Hösl

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