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Crítica: Reposición de la 'Carmen' de Bizet por Bieito en el Liceo

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Autor: Alejandro Martínez
24 de abril de 2015

SE VEÍA VENIR

Por Alejandro Martínez

Barcelona. 26/04/2015. Gran Teatro del Liceo. Bizet: Carmen. Béatrice Uria-Monzon (Carmen), Nikolai Schukoff (Don José), Massimo Cavalletti (Escamillo), Evelin Novak (Micaëla), Àlex Sanmartí (Moralès), Francisco Vas (Remendado), Núria Vilà (Frasquita), Itxaro Mentxaka (Mercédès), Marc Canturri (Dancaïre), Giovanni Battista Parodi (Zuniga). Dirección musical: Ainars Rubikis. Dirección de escena: Calixto Bieito

   Hay cosas que se ven venir. Y el resultado anodino de esta reposición de Carmen era fácilmente previsible, a la vista del cartel reunido para la ocasión. Las reposiciones, y sobre todo en el caso del Liceo, que no es un teatro de repertorio con función diaria, sólo se sostienen sobre producciones con alcance intemporal y con repartos de altura. Ni lo uno ni lo otro se daba cita en este caso. Y es que la producción de Calixto Bieito, de exitoso estreno en la temporada 2010/2011, si bien mantiene cierto atractivo, va periclitando poco a poco su impacto, conforme su fórmula se antoja ya un tanto previsible y anclada en tópicos. Si a eso sumamos que las reposiciones se realizan con un trabajo de dirección escénica que en materia de ensayos dista un abismo de las condiciones originales en que se estrenó la producción, nos encontramos con que de aquel trabajo original de Bieito apenas quedan aquí las formas más elementales. En todo caso nos quedamos, viendo el vaso medio lleno, con el acierto fundamental todavía hoy de su enfoque, actualizando la dramaturgia de un título a menudo revestido con ropajes de un tradicionalismo folclorista y rancio. En el trabajo de Bieito hay inteligencia, poesía y ambición bien medida. El resultado es una Carmen actual, con cierta vigencia, aunque insistimos, anclada no obstante en algunos tópicos y fórmulas manidas.

   El cartel de voces reunido para la ocasión apenas levantó el vuelo a lo largo de la representación. A la protagonista Béatrice Uria-Monzon, que estrenó esta producción y fue también la responsable del papel en la anterior reposición, le empieza a caer demasiado grande la parte, con una voz agria y destemplada, igualmente corta en los extremos. Lo cierto es que las carencias vocales no se suplen a base de entrega escénica, por mucho y valioso que sea su desempeño sobre las tablas, ajustándose como un guante a la perspectiva dispuesta por Bieito. Muy capaz ha de ser un tenor para enfrentarse con igual fortuna a partes tan dispares como Siegmund o Don José, y mucho nos tememos que no es el caso de Nikolai Schukoff, que se pelea sin mucha fortuna con el papel, con un agudo ingrato e inseguro, al borde del incidente vocal al cierre del tercer acto. Apenas las buenas intenciones del fraseo aquí y allá le permiten salir airoso de la representación. Massimo Cavalletti desperdicia un material grande y sonoro al emplearlo con una emisión gruesa y una acentuación tosca; su Escamillo fue francamente burdo, indigno de alguien que ocupa la portada de una revista este mismo mes. Quizá Evelyn Novak fuera la solista más entonada de la noche, aunque su desempeño tampoco mereció el sonoro aplauso que el público le brindó al cierre del “Je dis que rien ne m’épouvante”. La voz suena más o menos fácil, aunque es anónima por completo y está en manos de una intérprete poco desenvuelta en escena. Del extenso grupo de compromisarios tan sólo cabe rescatar el buen hacer de Francisco Vas como Remendado y Alex Sanmartí como Moralès.

   Desde el foso, aseada aunque anodina y blanda labor de Ainars Rubikis, capaz al menos de un sonido sin estridencias, aunque incapaz de hacer algo más que eso con su batuta. En suma, pues, una Carmen entre tediosa y gris, desde luego no a la altura del pasado glorioso que este título atesora en el Liceo. Y baste citar dos representaciones para hacerse cargo de ello. Por un lado, aquella noche de 1925 en la que la voz de Miguel Fleta se escuchó en todos los cines y teatros de Barcelona, retransmitido por radio cuando entonaba la romanza de la flor. Y por otro lado, la noche del 25 de diciembre de 1974, en la que sería la última representación del tenor Richard Tucker, que fallecía súbitamente catorce días después de interpretar a Don José. El Liceo debería aspirar a algo más que reposiciones de serie B para público foráneo si quiere seguir estando a la altura de su propia historia.

Fotos: A. Bofill

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