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Crítica: Thielemann dirige la 'Tercera' de Beethoven en Berlín

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Autor: Alejandro Martínez
26 de enero de 2015

¿EL ELEGIDO?

Por Alejandro Martínez

18/01/2015 Berlín: Philarmonie. Obras de Liszt, Henze y Beethoven. Berliner Philharmoniker. Christian Thielemann, dir. musical.

23/01/2015 Berlín: Philarmonie. Johannes Brahms: Ein deutsches Requiem. Christian Gerhaher, barítono. Siobhan Stagg, soprano. Rundfunkchor Berlin. Berliner Philharmoniker. Chrsitian Thielemann, dir. musical.

   Debería ser él. Debería ser Christian Thielemann el elegido para suceder a Simon Rattle al frente de la titularidad de la Filarmónica de Berlín, habida cuenta de su afinidad con los músicos, sólo parangonable a la que Rattle atesora ya en el ocaso de su presencia al frente de la formación. Y es que a la vista de sus resultados, la conjunción entre Thielemann y la Berliner Philharmoniker pareciera no tener límites. Sin embargo Thielemann parece empeñado en meterse en camisas de once varas que dificulten su elección, a la vista de su último artículo sobre el movimiento Pegida, por el que ha sido tachado de ambiguo y con el que Thielemann poco menos que se descarta a sí mismo para la titularidad berlinesa.

   Lo curioso del caso, por otro lado, es que Thielemann, candidato que siempre ha sonado para este podio berlinés, ha vivido siempre entre polémicas, bien fuera en sus inicios, tachado por coquetear con una ideología no claramente distante del totalitarismo, o bien fuera en los últimos tiempos, cuando se le desacredita como posible titular en Berlín aludiendo a su repertorio, reducido en demasía al romanticismo alemán. No por causalidad pues Thielemann quería mostrarse esta vez en Berlín haciendo gala de un cierto virtuosismo para entregarse con igual solvencia a la lectura de partituras tan dispares como las de Liszt, Henze, Beethoven o Brahms. A decir verdad, de todos ellos, el único que verdaderamente representa una relativa excepción a su repertorio más habitual, cuajado de citas con Bruckner, Wagner y Strauss en los últimos años, es la obra de Henze, encajada casi con calzador dentro de un programa hilado con referencias mitológicas y literarias de diversa condición, desde el Orfeo de Liszt al San Sebastián de Henze, llegando al Napoleón de Beethoven, que no por ser un personaje histórico reviste menos ropajes mitológicos que los anteriores y que no en vano oculta tras de sí la figura mitológica de Prometeo.

   La obra de Henze se estrenó en 2005 en el Concertgebouw de Amserdam, bajo la batuta de Mariss Jansons. De unos quince minutos de duración y concebida para una gran formación orquestal que incluye, entre otros instrumentos, una celesta y un piano, es una partitura sobre un poema de Georg Trakl y lleva el subtítulo de “Salzburger Nachtmusik”. La obra, en palabras de Henze, trata de “seguir las huellas del poeta y sus palabras, tal y como alguien con una cámara de vídeo lo haría hoy”. El citado poema de Trakl, uno de sus más inspirados y nostálgicos, gira no tanto en torno a la figura de San Sebastián como sí en torno a la iglesia situada en Salzburgo a la que éste da nombre. La obra de Henze es así, de algún modo, un testimonio en homenaje a dicha ciudad, al singular aliento de su noche, cargada de resonancias. A decir verdad la partitura como tal tarda en levantar el vuelo, por mucho que concluya con un despliegue francamente virtuoso de medios, dispuestos con una orquestación brillante. Thielemann supo entender el discurso que plantea aunque entrevimos cierta sensación de distanciamiento con la obra, como si en realidad no la ejecutase por convicción sino por convencionalismo, en busca de esa apertura de repertorio que antes mencionábamos.

  Previamente se había abierto el concierto con el Orfeo de Liszt, un poema sinfónico (de la docena que compusiera entre 1847 y 1882, como bien recordaban las notas al programa), con un discurso conciso pero de una enorme riqueza temática, en los apenas diez minutos que dura su ejecución. Esa partitura tiene su origen en el tiempo en el que Liszt, siendo director musical del teatro de Weimar, preparaba una tanda de representaciones del Orfeo de Gluck, hacia finales de 1853. Este poema sinfónico es de algún modo un tributo a la partitura de Gluck, a la que sirvió de hecho como introducción en dichas representaciones. La obra es una suerte de crescendo gradual, con momentos de inspirado melodismo y con guiños puntuales al virtuosismo de sus intérpretes (requiere dos arpas, por ejemplo, con pasajes de gran lucimiento). La música desprende un aliento conmovedor y un tanto contemplativo. La ejecución servida por Thielemann se nos antojó intachable, desgranando la elaborada orquestación con transparencia y transmitiendo precisamente esa fe en la obra que echabamos a faltar en su caso con la partitura de Henze.

   En cualquier caso, el plato fuerte de la velada era la tercera sinfonía de Beethoven que ocupaba la segunda mitad del concierto. Thielemann guarda una singular afinidad con esta partitura, que ha dirigido ya en numerosas ocasiones. A diferencia de anteriores ejecuciones, en esta ocasión optó éste por un enfoque mucho más liviano y ligero, cargado de brío y nervio, sí, verdaderamente predestinada e ineluctable, pero sin concesiones a un efectismo extravagante, sin cargar las tintas en la marcha fúnebre, por ejemplo, y buscando más bien dar salida a la luz que irradia esta partitura conforme avanza en su ejecución. Nos encontramos así con una Heroica francamente memorable, llevada cada vez más alto gracias a la virtuosa ejecución de la Filarmónica de Berlín, presidida lo mismo por la limpieza y nitidez de su sonido como por la fuerza, dinamismo y equilibrio con que Thielemann les espoleó. Cabe destacar, por cierto, la singular disposición orquestal que Thielemann propuso en esta ocasión, con los contrabajos a su izquierda, con los violines contrapuestos y con los cellos a la izquierda de las violas. El resultado, no sólo por la disposición como tal sino sobre todo por el trabajo de Thielemann, fue una Tercera de Beethoven verdaderamente flamígera y luminosa, singularmente liviana y ajena por lo general a un romanticismo más bien hedonista.

   Esa misma clave presidió, no por casualidad, su interpretación del Requiem alemán de Brahms una semana después, dando voz más bien a un dios que acoge en lugar de un dios que sobrecoge. Sin necesidad de recurrir a una espectacularidad vana o efectista, sino abundando en una franqueza conmovedora. Esta partitura de Brahms es una obra cargada de sobrecogimiento, de una religiosidad ciertamente particular, intimamente ligada con una idea de la fe como consolación ante el desamparo, pero donde resuenan también los ecos de una fe solemne y severa. Thielemann se mostró aquí muy atinado a la hora de recoger ese aliento, subrayando la grandiosidad de esta música sin necesidad de recurrir a un sonido tremenbundo y apabullante, sino a través de una ejecución luminosa y transparente, más pegada a Mendelssohn que a Bruckner, por decirlo de otra manera. El resultado musical, con una Filarmónica de Berlín en estado de gracia, fue verdaderamente reconfortante. Asimismo, Thielemann hizo aquí gala de un dominio absoluto de la partitura, que dirigió esta vez de memoria y sin batuta, seguramente para lograr una comunicación más nítida con el coro a través de sus manos. Aunque la parte se antoja levemente grave para sus medios, Christian Gerhaher resuelve el cometido con una impresión absolutamente favorable, habida cuenta de su medido acento y su extraordinario trabajo en busca de una emisión variada, llena de inflexiones y con un color genuino. La soprano Siobhan Stagg en reemplazo de la inicialmente prevista Sibylla Rubens, mostró un material sencillo pero agradable, manejado con gusto, pero con evidentes limitaciones para asumir cometidos de mucha mayor enjundia. Espléndido encontramos, en esta ocasión sí, al Rundfunkchor Berlin. que no nos habia convencido tanto hace unas semanas, con Rattle interpretando la Novena sinfonía de Beethoven.

   Por último, en torno a la citada titularidad berlinesa que mencionábamos al comienzo, lo cierto es que poco a poco se van desvelando las cartas y los candidatos que podrían llegar finalmente a estar en disposición de suceder a Rattle. Hace unas semanas Kirill Petrenko se descartó a sí mismo para la titularidad, en un episodio un tanto bochornoso, de resonancias kleiberianas, cuando apenas horas antes de iniciar los ensayos para la tanda de conciertos con la Sexta de Mahler desapareció súbitamente de Berlín sin previo aviso, alegando motivos de salud, pero dejando entrever una inseguridad y un pavor ante el posible compromiso que no casan nada bien con los modos y valores de la Filarmónica de Berlín. Así pues, si además de a Thielemann, por lo antes mencionado, descartamos también a Nelsons, todavía joven y con un compromiso en vigor con Boston para varios años, y si ponemos en duda a Dudamel, precisamente por su juventud y porque representa una apuesta demasiado arriesgada cuando todavía no ha mostrado todo su talento, quedan sobre la mesa tan sólo dos candidatos realmente plausibles: el propio Simon Rattle, renovando su titularidad, o Daniel Barenboim, con quien la Filarmónica de Berlín tiene de algún modo una cuenta pendiente, al haber sido el otro candidato fuerte en liza cuando Rattle fue escogido. Barenboim no ha manifestado nunca rencor por aquella decisión, que encajó con una deportividad muy elogiable, a diferencia de otros candidatos históricos (Muti y Maazel sonaron con fuerza cuando el elegido fue Abbado y ninguno de los dos lo encajó demasiado bien). Digamos pues que la Filarmónica de Berlín podría entender que Barenboim “se merece” por fin ser el elegido; sería ademas una opción muy interesante para un “mandato” corto, de una década a lo sumo, ahora que ha dejado la dirección musical de la Scala y ahora que, además de una vertiginosa agenda de conciertos, “tan sólo” mantiene una titularidad musical, precisamente en la Staatsoper de Berlín. Barenboim tiene previsto, no en vano, dirigir una serie de conciertos con la Berliner Philharmoniker en el próximo mes de junio. Veremos...

Foto: Matthias Creutziger

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