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Crítica: Vladimir Jurowski dirige el Requiem de Verdi en Ibermúsica

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Autor: Gonzalo Lahoz
5 de febrero de 2015

MADE IN JUROWSKI

Por Gonzalo Lahoz
30 y 31/01/15. Madrid. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Obras de Verdi, Shostakovich y Tchaikovsky. Maija Kovalevska, soprano. Ildiko Komlosi, mezzosoprano. Dmytro Popov, tenor. Nikolay Didenko, bajo. Sol Gabetta, cello. London Philharmonic Orchestra. Orfeón Pamplones.  Vladimir Jurowski, director.

   A un servidor, que ha crecido tanto, que ha aprendido tanto con Ibermúsica desde hace tantos años, como a cualquiera que ame la música en este país, le duele leer las palabras de su fundador Alfonso Aijón confirmando la triste realidad que veníamos conociendo desde hace tiempo pero que nos negábamos a creer: Ibermúsica se encuentra en el alambre, realizando más equilibrios que nunca para sobrevivir. No quiere Aijón ayudas públicas en una filosofía que le honra aún más, pero tampoco nadie espera que las instituciones vayan a ayudarle a encontrar un camino. Así de triste es la situación y así de lamentables son las manos en las que nos encontramos.

   Con estas dos últimas citas, Vladimir Jurowski y la London Philharmonic han ofrecido hasta ocho conciertos con Ibermúsica en nuestro país en poco más de un año. Durante este temporada hemos disfrutado de cuatro noches “made in Jurowski” en las que han brillado los nombres de Rachmaninov, Prokofiev o Shostakovich, tan del gusto del maestro ruso, a los que se suman ahora  Verdi, Wagner y Tchaikovsky. Y es que Jurowski es un hombre fiel a sí mismo, a sus formas, a sus raíces. El sonido que ha alcanzado al frente de la London Philharmonic Orchestra, que lleva dirigiendo de forma continuada desde hace ya casi 15 años, es poco menos que proverbial, nitidísimo, diáfano y moderadamente caústico. Un sonido que lleva siglos cogiendo rasgos singulares gracias a las formas de sus principales directores, desde Beecham en los años treinta hasta el antecesor de Jurowski, Kurt Masur, que bregó a la formación en el romanticismo alemán, pasando por Boult, Solti, Tennstedt, Haitink o Welser-Möst, todos y cada uno de ellos con su sello personal y cuyos frutos ha recogido y ha sabido aprovechar de alguna manera un Jurowski, ahora en una cuarentena vitalísima, donde cada día apreciamos mayor poso, mayor grano, mayor línea personal expuesta en dicho sonido.

   Jurowski es un mago extrayendo luz, brillo de cada plano sonoro sin desdibujar el significado ni la construcción de los mismos, con ricos contrastes. Con el ruso todo se presenta revelado y todo es degustable. Así pudo apreciarse en el Requiem de Verdi que se escuchó en las primeras de las dos electrizantes veladas presentadas por Ibermúsica. El director, junto a Igor Ijurra, director del Orfeón Pamplones, sacó petróleo de una formación con 150 años de vida que uno, en principio, no situaría entre las grandes y que sin embargo desplegó un gran saber hacer en el empleo de dinámicas, desde unos pianissimi en las sopranos en un efectista hilo de voz en su primera intervención (magistral la mano aquí de Jurowski midiendo el punto máximo hacia el que balancear a la orquesta) hasta el potente y bien empastado Dies Irae. El cuarteto solista quedó más manco en sus quehaceres. La mejor de la noche, la mezzosoprano húngara Ildiko Komlosi, con una voz ya algo avejentada y marcado vibrato, pero de sincera emisión y concepción. A Maija Kovalevska parece irle de momento un poco grande la obra de Verdi, con agudos no resueltos, no redondeados, más abiertos que en punta siquiera. A Jurowski se le escapó, no pudo contenerse y atacó el Libera me desde una visión diferente a la construcción global. Ninguna emoción en Nikolay Didenko, más cómodo arriba que en el grave, y de ingrata emisión y timbre la voz de Dmytro Popov, quien comenzó agresivo en el Ingemisco, algo completamente fuera de lugar.

   Imaginen que durante dos meses seguidos la London Philharmonic Orchestra ofreciese un concierto semanal en su ciudad. Eso es lo que ha conseguido Ibermúsica, insisto, a través de ocho noches inolvidables con un programa y un sonido inolvidable “made in Jurowski”, que cada día va a más. Esperemos que Europa escuche a Aijón y podamos seguir disfrutando y aprendiendo de ello.

Fotografía: Chris Christodoulou

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