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Crítica: Angela Gheorghiu protagoniza 'Tosca' en el Teatro Schiller de Berlín

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Autor: Rubén Martínez
25 de agosto de 2016

"Nos sorprendió muy positivamente el Cavaradossi del joven tenor Teodor Ilincai, que  comparte nacionalidad con la soprano. Con apenas treinta y tres años y ya casi diez de carrera estamos, sin lugar a dudas, ante una de las voces tenoriles más interesantes del panorama actual".

SORPRENDIÓ CAVARADOSSI

  Por Rubén Martínez
Berlín. 18/9/16. Teatro Schiller. Tosca, Puccini. Angela Gheorghiu, Teodor Ilincai, Michael Volle, Grigory Shkarupa, Jan Martiník, Vincenzo Neri, Dominic Barberi. Director musical: Domingo Hindoyan. Director de escena: Alvis Hermanis. Staatskapelle Berlin. Staatsopernchor.

   Uno de los atractivos de las funciones de Tosca que tienen lugar estos dias en el Teatro Schiller de la capital alemana, sede provisional de la Staatsoper unter den Linden desde ya algún tiempo, consistia en presenciar a la siempre carismática y controvertida diva rumana Angela Gheorghiu, que a pesar de su relativa juventud (acaba de cumplir 51 años) se ha visto indudablemente eclipsada en los últimos tiempos por la nueva generación de estrellas líricas capitaneada por Anna Netrebko, aunque siga contando con una fiel legión de seguidores.

   Lo cierto es que la Gheorghiu ha diseñado y reconducido su carrera hacia apenas un puñado de roles, como esta Floria Tosca que le hemos presenciado así como la Mimí de La bohème, papeles que aún pasea por los más prestigiosos coliseos líricos mundiales, con incursiones esporádicas en la Magda de La rondine, la Adriana Lecouvreur, la Margherite de Faust o la Charlotte de Werther. La diva rumana vivió con intensidad los últimos años dorados de la industria discográfica de la mano de su marido por aquél entonces, Roberto Alagna, y de la compañía EMI. La pareja dejó muestras de su arte en lo mejor de sus carreras con espléndidos registros de La bohème, Manon, Romeo et Juliette, Werther, La rondine, L'amico Fritz o la propia Tosca, atreviéndose incluso con la Carmen de Bizet.

   La situación vocal de la Gheorghiu evidencia en la actualidad un desgaste de algunas de las cualidades que la encumbraron a lo más alto del escalafón lírico en los años noventa, especialmente en lo que se refiere a la pureza tímbrica y esa cremosidad en la emisión que le otorgaba un aurea de flotación y terciopelo prácticamente inigualables en toda su extensión. Nunca fue el instrumento de la rumana especialmente denso en volumen, y aún menos en un registro grave y central que funcionaba bien en disco pero con problemas en teatro. Con el tiempo supo desarrollar un grave de pecho, algo artifical y prefabricado, pero que le permitía defender con más convicción papeles como el de Tosca, para el que su instrumento nunca estuvo predispuesto por naturaleza. Tampoco fue nunca soprano de sobreagudos siendo este uno de los motivos de que la Violetta de La traviata, con su mi bemol agudo en el "Sempre libera" más o menos consagrado por la tradición, la haya ido apartando progresivamente de su repertorio habitual.

   En la representación que nos ocupa la soprano se mostró algo destemplada en su entrada, "Mario, Mario", con una tendencia irrefrenable a acelerar los tiempos en "Non la sospiri la nostra casetta" así como en el dúo posterior con Cavaradossi. El centro y primer agudo quedaban algo retrasados de posición y con cierta irregularidad en la emisión, inaudibles por momentos. No obstante el extremo agudo, aunque con una ligera dosis de fijeza, multiplica su sonoridad unos cuantos enteros, como lo demostró en "ah, piùtosto giù m'avvento", "io quella lama gli piantai nel cor",  "armonie di canti diffonderem" o en la frase final "Oh Scarpia, avvanti a Dio". En cualquier caso, en un entorno en el que abundan las sopranos de timbres impersonales y genéricos, se agradece escuchar a una voz con auténtica identidad y personalidad amén de una actriz implicada que atrae el interés y atención del auditorio, algo que siempre constituyó el ingrediente esencial de las auténticas figuras del belcanto.

   Nos sorprendió muy positivamente el Cavaradossi del joven tenor Teodor Ilincai, que  comparte nacionalidad con la soprano. Con apenas treinta y tres años y ya casi diez de carrera estamos, sin lugar a dudas, ante una de las voces tenoriles más interesantes del panorama actual. Tras innumerables Bohèmes y Butterflys poco a poco comienza a adentrarse en repertorios algo más pesados, apoyándose para ello, qué duda cabe, en uno de los registros agudos más solventes e impactantes de cuantos circulan por los escenarios operísticos.

   La que presenciamos suponia su cuarta experiencia como Cavaradossi, tras su debut del rol con dos funciones en la Quincena Musical Donostiarra del pasado año, al lado de Ainhoa Arteta, y una tercera en Cardiff acompañado también por la Floria Tosca de la tolosarra y por el Scarpia del galés Bryn Terfel, en noviembre pasado. Ilincai se encuentra inmerso estos dias en los ensayos de la producción de Macbeth que se estrenará en el Liceu el próximo siete de octubre. Acudió a realizar esta función de Tosca en lugar del previsto Fabio Sartori, quién retrasó su incorporación a la producción por compromisos en Moscú.

   Es evidente que el material de Ilincai carece aún de madurez, densidad y grosor vocal para dibujar un auténtico Cavaradossi en lo que se refiere a una sección central algo retrasada de posición y pendiente de liberar totalmente. Como señalamos con anterioridad son los ascensos al agudo los que revelan la calidad de este registro, con auténticos latigazos en "Ah, m'avvinci ne tuoi lacci", "La vita mi costasse", "Vittoria, Vittoria" o un espléndido si natural en "diffonderem". No obstante, más que en el instrumento vocal, donde más apreciamos márgen de mejora en la interpretación del rumano es en el dibujo, variedad e intencionalidad del fraseo, demasiado plano y distante de la palabra que lo justifica. No nos cabe duda de que, poseedor de un timbre agradable y genuinamente latino, una vez que inyecte algo más de calor interpretativo a su discurso dará mucho que hablar y será una referencia en el repertorio tenoril lírico spinto.

   El personaje de Scarpia, uno de esos roles de malvado por antonomasia que tanto atrae a los intérpretes baritonales, estuvo a cargo del alemán Michael Volle, uno de los artistas más solventes y profesionales en este repertorio. Volle lleva muchos años encima de los escenarios acumulando un amplísimo catálogo de personajes a caballo entre papeles de genuino barítono lirico y de bajo-barítono dramático, con incursiones cada vez más frecuentes en todo el repertorio wagneriano, especialmente como Wotan, Holandés, Amfortas y Hans Sachs. Su vocalidad actual, pasados los cincuenta y cinco, resulta sorprendentemente sana a pesar del pesado repertorio que ha constituido el núcleo de su carrera en las últimas temporadas. No hay indicios de inestabilidad en la emisión ni debilidades en ninguno de sus registros. Y es que el material de Volle se proyecta por la sala con una facilidad insultante, incluso estentórea (esos "Mia, mia" del segundo acto), con solidez en el grave y facilidad en el agudo, resolviendo con solvencia algunas de sus frases más comprometidas como "Ne voglio alta mercede", "Già mi struggea" o "Agil qual leopardo t'avvinghiasti all'amante". Es además un consumado actor lo que unido a una imponente presencia física sobre las tablas termina por ofrecer un producto sobresaliente al que sólo se le podría pedir una dicción italiana algo más nítida.

   Del resto de solistas destacar la profesionalidad y la adecuación tímbrica del Spoletta de Dan Karlström y del Sciarrone de Vincenzo Neri. Correctos pero sin apreciar especialidades cualidades a destacar el Angelotti de Grigory Shkarupa y el Sacristán de Jan Martinik. Musical y afinado el pastorcillo de Johannes Wenzel, solista del coro infantil de la Staatsoper, e irrelevante el carcelero de Dominic Barberi en un rol que no permite demostrar nada.

   La dirección del venezolano Domingo Hindoyán resultó teatralmente convincente, nada monótona, con pulso y dramatismo en los momentos requeridos. Tuvo que emplearse a fondo para lograr cuadrar los tiempos de una desbocada Angela Gheorghiu, especialmente en el primer acto, lo que unido a los escasos ensayos con Ilincai atribuyen un mérito adicional al resultado obtenido. La Staatskapelle berlinesa se mostró dúctil y experimentada, reaccionando con rapidez ante los conatos de descontrol originados por la rumana y ofreciendo un sonido esmerado y brillante. El coro de la Staatsoper también demostró la calidad de sus integrantes y una sobrada profesionalidad.

   Poco podemos decir de la propuesta escénica firmada por Alvis Hermanis como director de escena con escenografía de Kristine Jurgane e iluminación de Gleb Filshtinky. Estrenada en 2014 propone la "originalidad" de presentar continuas proyecciones en la parte superior del escenario que, supuestamente, ilustran la dramaturgia de lo que acontece sobre las tablas, en una especie de viñetas de comic que comienzan a resultar irrelevantes, infantiles y hasta molestas casi desde el principio. Si exceptuamos una escenografía de cierta originalidad en la estancia de Scarpia en el segundo acto, con un balcón desde el que se aprecia la Piazza Farnese, así como ciertos detalles de dirección escénica que se alejan de lo convencional, como el hecho de que Scarpia entregue el salvoconducto a Tosca antes de su asesinato, el que no sea un pelotón de fusilamiento sino el propio Sciarrone el que ejecuta a Cavaradossi de un tiro en la nuca o un final en el que Tosca es iluminada en el centro de la escena mientras supuestamente se precipita al vacio desde el Castel Sant'Angelo la propuesta resulta bastante genérica en el resto de su desarrollo con un regusto incluso algo cutre y con cierta sensación de saldo.

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