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Crítica: 'Anna Bolena' de Donizetti en el Teatro de la Maestranza

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Autor: José Amador Morales
16 de diciembre de 2016

CUANDO EL BEL CANTO SE TOMA EN SERIO

   Por José Amador Morales
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 8-XII- 2016. Gaetano Donizetti: Anna Bolena. Angela Meade (Anna Bolena), Ketevan Kemolidze (Giovanna Seymour), Ismael Jordi (Lord Riccardo Percy), Simón Orfila (Enrico VIII), Stefano Palatchi (Lord Rochefort), Alexandra Rivas (Smeton), Manuel de Diego (Sir Hervey). Coro de la A.A. del Teatro de La Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: Maurizio Benini, dirección musical. Graham Vick, dirección escénica.

   Las representaciones de la Anna Bolena de Donizetti en el Teatro de la Maestranza han constituido uno de los grandes acontecimientos de la presente temporada debido, por una parte, al aceptable éxito global obtenido y, por otra, al ser uno de los numerosos títulos del repertorio hasta ahora inéditos en el coliseo hispalense que a menudo ha venido priorizando la programación de óperas de dudosa entidad, probablemente por motivos más mediáticos que artísticos. En esta ocasión, la ya conocida producción veronesa, aunque estéticamente poco interesante y neutra, permite seguir la trama con sencillez y concentrando los principales puntos de interés en símbolos universales y fácilmente reconocibles: el lecho, la espada, el ventanal roto, las estatuas ecuestres, los ojos vendados...

   El reparto estuvo encabezado por la soprano Angela Meade que dominó la representación desde el principio hasta una escena final tan apoteósica como inolvidable. A pesar de no tener un timbre muy personal y puntuales lunares idiomáticos, demostró estar en un estado vocal admirable y poseer unas cualidades técnicas que se ajustan como un guante a las necesidades de su personaje: prueba de ello fueron sus generosas medias voces, filados, sobreagudos, registro grave carnoso... Si en la aquí lentísima “Al dolce guidami” lució su enorme facilidad para el canto spianato (recibida con un auténtico delirium tremens por parte del público), en la cabaletta conclusiva – “Coppia iniqua” – hizo otro tanto con una contrastada fierezza. Meade atacó la nota final sobre una larguísimo calderón, proyectándola in crescendo mientras avanzaba en dirección a la platea desde el fondo del escenario, en un último e  impresionante efecto escénico.

   Por su parte, Ketevan Kemolidze no posee la materia prima de su compañera de reparto y más bien su voz tiende a ser liviana, de emisión no del todo homogénea y con un registro agudo demasiado claro. Sin embargo, todo ello lo compensó con creces con su bellísima línea de canto y mediante una actuación de gran calado expresivo, desbordante de sensualidad e intención. Así, la mezzo georgiana se reveló como una gran cantante-actriz, logrando un detallado retrato vocal y escénico de su personaje, sin apenas dejar palabra o frase sin cincelar dramáticamente. No es de extrañar, pues que el dúo Bolena-Seymour del segundo acto alcanzara, probablemente junto con la escena final antes comentada, las mayores cotas de intensidad artística de toda la velada.

   El perfil de Ismael Jordi reunía las características ideales para el rol de ‘Percy’ aunque intervino en esta primera función sin apenas haber podido cantar durante los ensayos por motivos de salud. De ahí ese extraño parlato con el que precariamente entonó el recitativo inicial y la visible tensión que mostraba en su aria inicial. También es cierto que fue a más durante la representación y que en el resto de funciones logró delinear un más que interesante retrato de su romántico personaje, plagado de detalles vocales de alta escuela y elegante fraseo. Mejor en las escenas colectivas, donde parecía contagiarse de la energía de la protagonista, el tenor jerezano emocionó no poco con la súplica “Fin dall'età più tenera”.

   Simón Orfila encarnó un imposible ‘Enrico VIII’ pues su instrumento se ha ensanchado artificialmente y ahora suena brusco y entubado. Su emisión ha perdido fluidez con lo que ya apenas se percibe lo que antaño llegó a ser su principal virtud, esto es, una estimable musicalidad. Todo ello le impide poner en pie un personaje que ha de ser caracterizado por su elegancia y porte aristocrático. Muy destemplado el ‘Smeton’ de Alexandra Rivas como profesional el ‘Lord Rochefort’ de Stefano Palatchi. Manuel de Diego destacó con un fantástico ‘Sir Hervey’.

   Maurizio Benini era toda una garantía en el foso y no en vano, al margen de su personal y a veces desconcertante sentido de la agógica, convenció por el hermoso sonido orquestal, depurado estilo e incuestionable seguridad en el acompañamiento a los cantantes. Bien el coro del Maestranza, aunque quizá por debajo del gran nivel al que últimamente nos viene acostumbrando, y muy sólida la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.

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