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Crítica: Eduardo Fernández interpreta a Aleksandr Scriabin en la Fundación Juan March

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Autor: Mario Guada
17 de noviembre de 2016

Excepcional el Scriabin sinestésico ofrecido por el pianista español, que además acaba de grabar la integral de sus preludios.

PEQUEÑAS GEMAS DE COLOR

   Por Mario Guada
Madrid. 16-XI-2016 | 19:30. Fundación Juan March. Sinestesias. Escuchar los colores, ver la música [Ciclo de miércoles]. Entrada gratuita. Obras de Aleksandr Scriabin. Eduardo Fernández.

   Continuaba ayer el ciclo Sinestesias estrenado por la Fundación Juan March la semana pasada con el exitoso concierto dedicado a Debussy y los pintores impresionistas. Y lo hacía con otro magnífico concierto, en el que se presentó a una de las figuras más destacadas en la historia de la música occidental en su relación música/color: Aleksandr Scriabin (1872-1915), fantástico compositor ruso que supone uno de los más destacados ejemplos del pianismo continental en el tránsito entre los siglos XIX y XX. No en vano, la mayor parte de su obra, excepción hecha de la orquestal, está dedicada al instrumento. En su amplio catálogo pianístico destacan especialmente dos géneros: la sonata –de la que compuso diez fantástico ejemplos– y especialmente el preludio, máxima expresión entre sus cientos de miniaturas de la que fue un genial exponente y que ocupó la mayor parte de su tiempo como autor. Definido por él mismo como un fragmento, el esbozo de una idea que podría existir y, a veces, hubiera debido desarrollarse para hacer algo más amplio, su producción total de preludios asciende hasta noventa ejemplos, distribuidos en la siguiente serie de opp.: 2, 7, 9, 11, 13, 15, 16, 17, 22, 27, 31, 33, 35, 37, 39, 45, 48, 49, 51, 56, 59, 67, además de uno sin número de opus. Su dedicación al género recorre desde 1883 hasta 1914, esto es, toda su carrera compositiva, por lo que es probablemente la manera más fidedigna de comprobar su evolución en el lenguaje y la técnica pianística. Como bien lo expresa Juan Manuel Viana en las notas críticas: De esta forma, el itinerario estético reflejado desde el primero al último de estos preludios traduce con especial nitidez la metamorfosis de su pianismo, fruto de la elaboración de un nuevo lenguaje que personaliza los aspectos armónico, rítmico y polifónico como consecuencia, también, de la evolución filosófica y espiritual del músico.

   Pero la Juan March preparó aquí un recorrido ajeno a lo biográfico y lo cronológico, y sí puramente sinestésico –como obliga el ciclo en el que se enmarcó el concierto–. Es bien conocida la inclinación de Scriabin hacia la sinestesia y la interrelación muy estrecha entre los sentidos y el arte. Personaje de una psicología compleja, la filosofía decimonónica influyó poderosamente en su pensamiento. Para Scriabin la sinestesia se dejaba ver de forma muy clara en su sistema de correspondencias entre los sonidos del total cromático y los colores, lo que ordenó de manera muy particular sobre el círculo de quintas.

   Tomando como base este esquema, el equipo técnico de la fundación se esmeró en lograr un certero catálogo de los colores con los que iluminar por completo la sala mientras sonaban los preludios correspondientes a cada sonido. Por su parte, Eduardo Fernández trabajó junto a la fundación en la selección de los preludios conforme a cada una de las notas, de tal forma que cada color estuvo representado por cuatro preludios extraídos de los distintos opus, quedando el programa confeccionado de la siguiente manera: en la primera parte rojo puro para Do [preludios Op. 48 n.º 2, Op. 33 n.º 3, Op. 35 n.º 3 y Op. 48 n.º 4 en Do mayor]; naranja intenso y ardiente para Sol [preludios Op. 11 n.º 22, Op. 13 n.º 3, Op. 27 n.º 1 en Sol menor y Op. 37 n.º 4]; amarillo soleado para Re [preludio Op. 11 n.º 5, Op. 17 n.º 1, Op. 39 n.º 2 y Op. 11 n.º 24];  verde hierba para La [preludios Op. 11 n.º 2, Op. 13 n.º 2,  Op. 15 n.º 1 y Op. 51 n.º 2];  azul oscuro verdoso para Mi [preludios Op. 11 n.º 4,  Op. 11 n.º 9,  Op. 13 n.º 4 y Op. 33 n.º 1]; azul oscuro zafiro para Si [preludios Op. 11 n.º,  Op. 27 n.º 2,  Op. 13 n.º 6  y Op. 2 n.º 2.] Y en la segunda parte otros seis bloques: azul purpúreo para Fa sostenido [preludios Op. 16 n.º 5, Op. 37 n.º 2, Op. 37 n.º 1 y Op. 48 nº 1]; violeta puro para Do sostenido y Re bemol [preludios Op. 11 n.º 10, Op. 11 n.º, Op. 17 n.º 3 y Op. 48 n.º 3]; lirio rojizo para Sol sostenido y La bemol [preludios Op. 11 n.º 12, Op. 11 n.º 17, Op. 16 n.º 2 y Op. 22 n.º 1];  azul acero para Mi bemol [preludios Op. 11 n.º 14, Op. 16 n.º 4, Op. 31 n.º 3 y Op. 45 n.º 3];  gris plomo para Si bemol [preludios Op. 11 n.º 16, Op. 11 n.º 21, Op. 17 n.º 4  y Op. 37 n.º 1];  rojo oscuro para Fa [preludio Op. 11 n.º 18 en Fa menor, Op. 11 n.º 23, Op. 49 n.º 2 y  Op. 17 n.º 5].

   Si la semana pasada comentaba que la experiencia en su relación auditiva y visual podría haberse mejorado con algo más de dinamismo, en esta ocasión el resultado me preció fantástico y muy logrado. No soy una de esas personas a la que llaman sinestésicos, en absoluto. Si bien la música me provoca múltiples emociones, nunca he conseguido asimilar un sonido concreto o tonalidad a un color, número o evocación emocional, como les sucede a otros. Sin embargo, me descubrí escrutando cada una de las breves joyas pianísticas seleccionadas para la ocasión en busca de elementos comunes entre ellas y a su vez con los colores pertinentes. Scriabin muestra en su piano un universo maravilloso, ejemplo de su mundo interior, pero también de influencias del impresionismo parisino y del romanticismo centroeuropeo. Debussy, Ravel o Chopin parecen transitar por su teclado de manera fascinante, pasados por el tamiz de su escritura tan particular y sobre de su tratamiento armónico característico y complejo. Uno observó, pues, algunas particularidades: el Re [amarillo soleado] es en efecto luminoso, brillante y casi mediterráneo; el Do [rojo puro] y rojo oscuro [Fa] destilan pasión y energía; Mi bemol [azul acero] y el Si bemol son realmente sombríos, plúmbeos y pesantes. En otras notas y colores pueden encontrarse, sin embargo, características que bien podrían adherirse a otro sonido/color. En cualquier caso, y se sea capaz de asociar las cualidades entre ellos o no, la experiencia resultó de lo más inspirador. Magnífico el trabajo de iluminación por toda la sala, inundando no solo el escenario –qué hermoso ver los colores y tonalidades reflejados en los tubos del órgano–, sino también en el patio de butacas, en los programas de mano, los abrigos, las manos de los asistentes y el propio piano.

   El disfrute no podría haber sido completo de no ser por el extraordinario concurso de Eduardo Fernández, uno de los grandes pianistas españoles de las últimas generaciones, dotado de una sobrecogedora sutileza. Fernández se reconoce actualmente como un scriabiniano de pro, especialmente por haber grabado hace poco la integral con los noventa preludios del autor ruso –y tener en proyectos más grabaciones de su obra–, lo que le hizo el más idóneo para protagonizar la velada. Su dominio de las obras fue total, como en aquel que se reconoce a sí mismo en un poema o se deleita en un paisaje hogareño. Magnífica su ductilidad para plasmar el carácter de obras a veces tan distantes, teniendo en cuenta que la media de duración está entre uno y medio y dos minutos. Salvó a la perfección las complejidades rítmicas, los reflexivos acordes y se mostró como un pianista tremendamente delicado, muy hábil para las sutilezas. Me impactó sobremanera su capacidad de contar y cantar tan bien en las dinámicas bajas –revelador su dominio del pianissimo–. Hay muchos tipos de intérpretes: los hay que buscan la expresividad zambulléndose de pleno en las profundidades de la obra, haciéndolas suyas y sacándolas al exterior. Otros optan por observar las entrañas con algo más de distancia, captando aún con todo su esencia para ser después capaces de evocarlas a través de sus interpretaciones. Fernández me pareció más de este tipo, un artista dado a la expresividad, pero muy contenida, con lo que logra un efecto realmente sobrecogedor. Para redondear la velada nos regaló el célebre lamento de Orfeo, del Orfeo ed Euridice de Christoph Willibald Gluck, en esa preciosa transcripción pianística que popularizó Wilhelm Kempff, que por cierto dedicó con inteligencia –tras tanto color– a la luz blanca. Un momento de inmensa belleza que puso el cierre a una velada de esas que te dejan un gran recuerdo.

Fotografía: Fundación Juan March.

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