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Crítica: 'Falstaff' en La Coruña, con Alberto Zedda, Bryn Terfel, Ainhoa Arteta, Juan Jesús Rodríguez y Marianne Cornetti

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Autor: Rubén Martínez
6 de septiembre de 2016

REPARTO DE LUJO PARA LA OBRA MÁS CORAL DE VERDI

  Por Rubén Martínez
La Coruña. 03/09/2016. Palacio de la Ópera. Verdi: Falstaff. Bryn Terfel (Falstaff), Ainhoa Arteta (Alice Ford), Juan Jesús Rodríguez (Ford), Marianne Cornetti (Mrs. Quickly), Cecilia Molinari (Meg Page), Ruth Iniesta (Nannetta), Francisco Corujo (Fenton), Mikeldi Atxalandabaso (Bardolfo), David Sánchez (Pistola), Francisco Pardo (Dr. Caius). Dir. De escena: Gustavo Tambascio. Dir. Musical: Alberto Zedda. Orquesta Sinfónica de Galicia.

   Probablemente sea Falstaff la obra más compleja del maestro Verdi en cuanto a requerimientos escénicos y musicales. Por este motivo, el sólo hecho de poder sacarla adelante sobre un escenario con un concentradísimo periodo de ensayos es de por sí digno de elogio y admiración.

   La representación que tuvo lugar en el Palacio de la Ópera de La Coruña el pasado sábado fue inicialmente anunciada como versión semiescenificada debido a los recortes y restricciones presupuestarias que se han cebado con la temporada coruñesa y que hacían inviable aspirar a asumir los costes de una versión con escena. Finalmente, in extremis, y dentro de la racanería presupuestaria reinante para con Amigos de la Ópera se logró contar con fondos adicionales para permitir ofrecer la obra con escenografía, vestuario e iluminación.

   El resultado escénico, firmado por Gustavo Tambascio, podríamos calificarlo de meritorio y ciertamente alejado de lo que con seguridad se podría haber conseguido disponiendo de más recursos. Los elementos escenográficos apenas consistieron en unas ventanas colgantes colocadas de forma asimétrica y de algunas puertas y sillones. Un fondo proyectado con un cielo algo nublado, un sol y una luna no resultaron tampoco especialmente reveladoras ni imaginativas. La segunda escena del segundo acto se resolvió con fortuna relativa. El “paravento” traslúcido que oculta a Falstaff colocado en mitad del escenario en torno al cual pasan multitud de personajes restó credibilidad a la ya de por sí compleja situación escénica. El tercer acto tampoco mostró especiales ideas aunque la iluminación ofreció cierto interés.

   La presencia del galés Bryn Terfel protagonizando un rol que ha paseado por los teatros de medio mundo en más de trescientas ocasiones y que ha registrado en disco para la Deutsche Grammophon bajo la batuta del mítico Claudio Abbado se configuraba como el principal atractivo de la propuesta. Es sabido que el bajo-barítono galés no suele exhibirse en cualquier escenario y que durante mucho tiempo resultaba difícil convencerlo para cantar en otro lugar que no fuera Nueva York, Londres o Salzburgo.

   Con cincuenta años cumplidos, Terfel debería encontrarse en un momento ideal para una vocalidad como la suya, con esa combinación óptima de experiencia, madurez y aún con muchos desafíos a los que poder acceder en términos de repertorio y nuevas metas artísticas. El instrumento del galés siempre ha sido algo difícil de clasificar, por una parte es barítono por extensión pero tampoco hasta el punto de mantener tesituras exigentes como las de los principales roles verdianos para esta cuerda, si exceptuamos probablemente el Jago del Otello (que nunca ha cantado) y el propio Falstaff. Su registro grave es importante pero el instrumento en sí mismo carece del color de un verdadero bajo, siendo en este sentido quizás demasiado claro para los requerimientos de, por ejemplo, los grandes personajes verdianos. Discográficamente ha hecho de todo, desde Mozart a Wagner, pasando por Rossini, musical, lied y un sinfín de géneros más. Su época de Mozart parece definitivamente finiquitada y el grueso de sus compromisos profesionales gira ahora en torno a Wotan, Scarpia, Holandés y Falstaff.

   Terfel se ha caracterizado siempre por ser un artista inteligente de enorme versatilidad y no sólo sobre las tablas de un escenario (que también) sino dejando prueba de ello igualmente en sus numerosos registros discográficos. El galés sabe cómo encontrar mil colores a su voz, mil inflexiones a su entonación, mil sutilezas en su dicción, en definitiva, sabe cómo insuflar teatralidad a una partitura, cómo dibujar un personaje y cómo comunicarlo a la audiencia. No por casualidad una de sus principales virtudes es la excelente pronunciación de la que hace gala en cualquiera de los idiomas en los que ha cantado, algo muy difícil de conseguir para muchos colegas de latitudes similares a las suyas y que contribuye enormemente a esa especial conexión con el público.

   Terfel dispone de una naturaleza portentosa, una fortaleza a prueba de bomba, y a veces debe recurrir en exceso a ella cuando no tiene su mejor día y el uso “ortodoxo” de la técnica no parece suficiente para acabar la función. Esta es la sensación que transmitió en la función que nos ocupa. Para los que hemos tenido la fortuna de escucharle en plenitud de facultades desde el principio resultó evidente que Terfel no se encontraba al 100% de sus capacidades y que padecía alguna indisposición vocal no tan grave como para cancelar pero sí lo suficientemente molesta como para ponerle en más de un aprieto.  La escritura vocal de su papel a lo largo de la obra va de más a menos en cuanto a las exigencias canoras requeridas. El primer acto es un auténtico tour de force y el instrumento se fue ajando conforme pasaban los minutos con la presencia de evidentes flemas y suciedad vocal. Llegó al “L’onore, ladri” con los medios bastante mermados y tuvo que tirar de oficio para acentuar la teatralidad del texto y salir airoso de las notas más comprometidas, apenas pudiendo tocar el sol natural con el que termina dicho fragmento. Afortunadamente conforme la obra progresa disminuyendo en demanda puramente vocal y ganando en una escritura más declamada y menos cantabile Terfel se fue encontrando más a gusto. Su concepción del personaje dista mucho de la elegancia que aportaba un Renato Bruson o un Jose van Dam incidiendo por el contrario en la socarronería y cierta vulgaridad del personaje, alejándose de la parte más noble y acentuando su parte más tosca. El aficionado podrá decantarse más por uno u otro enfoque pero, en cualquier caso, cuando existe un artista con auténtica personalidad y magnetismo sobre el escenario el resultado siempre merece la pena y en este caso no fue una excepción.

   La soprano Ainhoa Arteta pudo seguir demostrando como Alice Ford su espléndido estado de madurez vocal del que ya llevamos algún tiempo siendo testigos y que deseamos que se prolongue un buen número de años más. El instrumento de Arteta es a día de hoy denso, amplio, brillante, con un color atractivo y de gran personalidad, conservando una importante flexibilidad y frescura vocal que demuestra en un papel con una escritura complicada y mucho más exigente de lo que puede parecer en un primer momento. Escénicamente muy desenvuelta participó en algunos de los mejores momentos de la velada, como el dúo con Falstaff  “Alfin t’ho colto” en el segundo acto o el breve “Odo un soave passo” del tercero. También resolvió con acierto el “Gaie comari di Windsor”, de compleja medida y con ese endiablado ascenso staccato y crescendo en corcheas hasta el DO en “nell’aria” aún más meritorio si cabe para una vocalidad de su anchura.

   El onubense Juan Jesús Rodríguez sigue defendiendo su posición actual en el panorama lírico internacional como una figura indiscutible de la vocalidad baritonal verdiana. Su gran escena del segundo acto “Signore, v’assista il cielo” culminada por el “È sogno o realtà?” fue una lección de control de emisión, terciopelo vocal, fiato infinito (ese “quella crudel beltà sempre é vissuta in grande fede di castità” o el mismo “E poi diranno che un marito geloso é un insensato”), graves poderosos y agudos plenos de brillo, culminando la frase “Laudata sempre sia nel fondo del mio cor” con un magnífico sol natural. Por si su prestación vocal no fuera activo suficiente nos sorprendió muy gratamente en este rol con un ligero toque de comicidad donde le vimos realmente desenvuelto y creíble escénicamente. Su envidiable salud vocal hacen de su próximo Ballo in maschera en Roma o I vespri siciliani en Valencia citas prácticamente obligadas.

   La mezzo norteamericana Marianne Cornetti volvía a subirse al escenario del Palacio de la Ópera coruñés menos de una semana después de su exitoso recital junto a Gregory Kunde. Es evidente que el papel de Quickly, escrito para una vocalidad más cercana a la contralto, no le permite lucir sus principales virtudes, reservadas para escrituras más agudas sobre el pentagrama y con un concepto del legato bastante diferente de un papel como el que nos ocupa, con demasiadas sílabas por compás y cuya línea de canto resulta muy escarpada. Cornetti defendió el rol con tablas y su conocida profesionalidad recibiendo calurosas ovaciones de un público que en buena parte fueron testigos de la apoteosis del mencionado recital de unos días antes.

   La Meg de Cecilia Molinari resultó musical y escénicamente muy correcta a pesar de no disponer de un instrumento especialmente presente en su franja más grave. En el centro y agudo el color es atractivo aunque de volumen también algo limitado. No es este papel el más adecuado para poder valorar las virtudes de su instrumento por lo que desearíamos poder escucharla en otro rol de mayor enjundia para efectuar una valoración más coherente de sus medios.

   Una de las triunfadoras de la velada fue la Nannetta de Ruth Iniesta. La soprano nacida en Zaragoza luce un instrumento timbradísimo, muy presente en toda su extensión y que se proyecta con facilidad por la sala. La escritura de su rol le presenta momentos de especial compromiso en ese la bemol sostenuto que se extiende por más de cuatro compases en “come fa la luna” y que siempre consigue la atención del público, así como en su complicada escena “ Sul fil d’un soffio etesio” con final morente en la natural “Hanno per cifre amor”. Iniesta no desaprovechó estas oportunidades aunque se intuye que su vocalidad tiende a ser sutilmente más lírica que lo que este rol demanda.

  El Fenton del canario Francisco Corujo resultó interesante, con una musicalidad innata y un atractivo color vocal idóneo para el papel. Su gran momento al inicio del segundo cuadro del tercer acto, “Dal labbro il canto” fue desgranado con gusto y óptimo fraseo (precioso el “Così baciai la disiata bocca”). Corujo ya ofreció un muy notable Tamino en el mismo escenario hace algo más de un año y se reivindica con este Fenton como una opción muy válida para una gran variedad de repertorio en el ámbito del tenor lírico.

   El papel del Dr. Cajus fue defendido con su habitual solvencia y profesionalidad por el tenor Francisco Pardo, nacido en Coruña y habitual de sus temporadas. No es un papel nada fácil y Pardo supo aprovechar los momentos que le brinda la partitura para lucir un material de notable calidad y atractivo color.

   El tenor Mikeldi Atxalandabaso resultó un auténtico lujo como Bardolfo. Paradigma de lo que significa la proyección vocal su material resuena por toda la sala y en toda su extensión vocal de una forma que parece desafiar las leyes físicas, con un sonido afilado y de gran punta al que no se resiste ninguna barrera orquestal por muy densa que sea. Además de su sobresaliente ejecución vocal dio vida al personaje de forma intachable apreciándosele muy a gusto sobre las tablas y con una absoluta credibilidad escénica.

   David Sánchez defendió con honradez el rol de Pistola, quizás el más ingrato de toda la ópera.

   El Coro Gaos así como su sección infantil (Minigaos) dirigidos por Fernando Briones estuvieron muy correctos en sus intervenciones del tercer acto. Sin duda, otro de los atractivos de este espectáculo consistía en contar en el foso con el mítico Alberto Zedda al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Como comentamos anteriormente no es Falstaff una obra para afrontar con déficit de ensayos y esa fue la sensación que tuvimos durante muchos momentos de la velada. La lectura de Zedda resultó parca en chispa, en brillo, con tiempos excesivamente plúmbeos y con unos cuantos desajustes con el escenario que parecían corregirse más por las tablas de los cantantes que por la rápida respuesta desde el foso. El sonido que produce la Sinfónica de Galicia siempre es de calidad, qué duda cabe, pero echamos en falta más inspiración y menos control, un punto de genialidad y un déficit de contención.

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