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Crítica: 'Guillermo Tell' en el Metropolitan de Nueva York ochenta y seis años después

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
30 de octubre de 2016

"Desde aquí animamos a que el que pueda no se lo pierda"

MARINA REBEKA SE LLEVA EL GATO AL AGUA CON GERALD FINLEY Y BRYAN HYMEL A BUEN NIVEL

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Metropolitan Opera House. 21-10-2016. Guillaume Tell (Gioacchino Rossini / EtienneJouy & Hippolyte Bis). Gerald Finley (Guillermo Tell), Bryan Hymel (Arnold), Marina Rebeka (Mathilde), Janai Brugger(Jemmy), Kwangchul Youn (Melchtal), Marco Spotti (Walter). Dirección Musical: Fabio Luisi. Dirección de escena: Pierre Audi.

   Guillermo Tell, el segundo estreno de la temporada del MET, fue la última ópera del compositor de Pésaro. Basada en la obra de Schiller, el libreto fue escrito por Etienne de Jouy e Hippolyte Bis y revisado por Armand Marrast. Su estreno en la Òpera de Paris en 1829 fue un éxito pero poco duradero. El principal problema fue su larga duración, lo que significó que durante mucho tiempo se utilizaba la tijera de manera despiadada. La obra es de dimensiones enormes para lo habitual hasta aquel momento. Supuso un paso fundamental en la Historia de la Opera, y aunque en el caso personal del compositor significó su canto del cisne operístico con sólo 37 años, su influencia perduró. Se considera el origen de la Grand Opera junto a La muette de Portici de Daniel Auber que se había estrenado un año antes y ya utiliza muchos de sus elementos característicos. Cuatro actos, orquesta y coro enormes, presencia del ballet, y un gran reparto tanto en exigencia como en número de solistas. Para los tres papeles principales necesitas artistas de primer nivel. La complejidad no está solamente en las arias, sino también en los dúos y tercetos de gran belleza e importancia en la trama. En concreto el papel del tenor protagonista, Arnold, es uno de los más exigentes del repertorio. Y a ello hay que sumar un coro de grandes proporciones que tiene una papeleta muy complicada tanto en los números estrictamente corales como en los concertantes.  

   Con estas premisas es raro que un teatro tan importante como el MET con unos medios muy superiores a la mayor parte de los teatros del orbe, llevara la friolera de 86 años sin programarla. Desde su estreno en 1884, se habían dado treinta y una funciones en alemán e italiano y en la última hasta ahora, el 5 de diciembre de 1931, en el reparto hubo nombres como Giuseppe Danise, Editha Fleischer, Ezio Pinza o Giacomo Lauri-Volpi.

   Para el retorno a sus tablas, el MET ha elegido por primera vez en su historia la versión original francesa, ha puesto sobre la mesa un reparto de campanillas y ha encargado la dirección escénica al franco libanés Pierre Audi, de quien hace unos días reseñábamos un concierto con obras de Kaija Saariaho, en lo que es una coproducción con la Opera de los Países Bajos y que ya se pudo ver en Amsterdam en 2013.

   El Sr. Audi plantea una producción simbólica, huyendo del horizonte temporal de la historia – el personaje es legendario pero por los acontecimientos históricos narrados, los hechos si existieron de verdad, debieron ocurrir en la primera década del S. XIV –, bastante estática en sus dos primeros actos y con una forma muy sencilla de diferenciar a los suizos (los buenos vestidos de blanco) de los invasores austriacos (los malos vestidos de negro). Como casi todas las producciones tiene pros y contras. Un punto a favor sin duda es la escenografía de George Tsypin –en Madrid diseñó la de Iolanta y Perséfone de Peter Sellars, o años atrás la de Guerra y Paz del Marinsky que en 2001 trajo al Teatro Real a una jovencísima Anna Netrebko – y otro la también estupenda iluminación a cargo de Jean Kalman – responsable en 2006 de los Diálogos de Carmelitas de Robert Carsen – que complementa la escena de manera luminosa y atractiva. Varias de las escenas son auténticos cuadros de gran belleza plástica. El primero sin ir más lejos, muestra la armadura de un barco en la parte superior del escenario, y varias rocas en lainferior, que limitan en unos casos el pueblo donde se celebra la boda y en otros la barca en la que escapan Guillermo Tell y Leuthlod. O la famosa escena del tercer acto donde el protagonista dispara a la manzana, resuelta también de manera admirable. Asimismo reseñable la idea de que personajes que no aparecen en la escena, paseen por la cubierta del barco al terminar cada acto, dando una idea de continuidad en la acción. Muy bien resuelta también la participación casi constante del Coro sobre las tablas, aunque la dirección de actores en las escenas en que se enfrentan buenos y malos sea un tanto simple.

   Tiene también algunos puntos débiles, como que este entorno idílico no termina de casar con un trama de opresión y ocupación por un ejército extranjeros, que el estatismo de los dos primeros actos no ayuda a que despegue la obra, o en fin, que el ballet donde los suizos prisioneros del opresor austriaco, participan en una danza donde dos mujeres vestidas de dominatrixvan marcando el ritmocon fustas en la mano. La idea opresores versus oprimidos está ahí aunque la realización es un tanto singular. En cualquier caso, en una época en que estamos rodeados de puestas en escena donde la oscuridad y el feísmo campan a sus anchas, es reconfortante encontrarse una producción así.

   Musicalmente, la función también fue notable, alcanzando el sobresaliente sobre todo en el último acto, lo cual es de gran mérito teniendo en cuenta la cantidad de variables que hay que resolver.

   De los tres protagonistas principales, la que se llevó el gato al agua fue Marina Rebeka, quien hizo una Mathilde modélica. Con voz de soprano lírica, brillante, muy bella, muy bien timbrada, con color y gran proyección, su línea de canto es homogénea  y frasea con gusto. De gran presencia escénica, su entrada marcó un antes y un después con un excelente  “Sombre forêt, désert triste et sauvage” y un aún mejor dúo posterior con Arnold donde estuvo muy por encima del tenor.

   No llegó a ese nivel en su gran aria del tercer acto, “pour notre amour, plus d'espérance”, donde cargó las tintas y mostró un notable dominio de la coloratura pero sin llegar al altísimo nivel que requiere esta página. Dramáticamente fue capaz de hacernos creer la evolución de una princesa austriaca que se ha enamorado de un enemigo y que descubre poco a poco que “los suyos son los malos”. Mostró un gran arrojo en la escena final del acto cuando se enfrenta a Gessler para proteger a Jemmy, “Vous nel'obtiendrez pas. Au nom de l'empereur, je le prends sousmagarde”, y terminó por todo lo alto en el concertante final.

   El canadiense Gerald Finley fue Guillermo Tell. Empezó ausente, y ni en el dúo inicial con Arnold ni en la escena con Leuthold en el primer acto tuvimos noticias de él. Afortunadamente, tras el primer descanso cambiaron las tornas y a partir del terceto junto a Arnold y a Walter recuperamos al barítono de voz noble, redonda, cálida y atractiva, con buena proyección y ricos matices a pesar de que untamaño de voz no muy grande. En su gran escena del tercer acto dio una lección de canto, con una presencia vocal intachable, desgranando cada frase, desatando las emociones en un “Sois immobile” conmovedor, y enfrentándose con bravura a Gessler “À toi, Gesler!” tras el grito de victoria de los suizos. En el último acto culminó una actuación sobresaliente con la pega mencionada del acto inicial.

   El papel de Arnold, como aludíamos al principio, es uno de los más complicados del repertorio. Estrenado por el mítico Adolphe Nourrit, su vocalidad va más allá de un tenor lírico rossiniano,más cercano a un tenor spinto. Al viaje inclemente por las alturas con innumerables “dos de pecho”, hay que sumarle un registro central amplio y poderoso, necesario en buena parte de la obra, sobre todo en un segundo acto donde si no lo tienes, se te ven las costuras.

   Bryan Hymel es un tenor lírico puro, con timbre grato pero de belleza discutible. Aunque está bien timbrado y el registro agudo es muy bueno, no es una voz que a primera vista te deslumbre. Sin embargo, su línea de canto es homogénea, frasea con corrección, es bastante expresivo y suele aportar matices muy valiosos. En lenguaje taurino diríamos que es un tenor que transmite. Grandes cualidades sin duda que hacen de él uno de los tenores más interesantes en este repertorio. Pero ni su registro central ni el grave son de la misma calidad, y aunque la voz tiene cuerpo, no es el suficiente para enfrentarse a este papel con todas las garantías.

   En la función fue de menos a más. A un anodino dúo inicial con el Sr. Finley, le siguió la difícil papeleta del segundo acto. A buenas frases como el “Il faut parler, il faut, dans ce momento” le siguieron otras menos conseguidas. En el dúo con Mathilde “Oui, vousl'arrachez à monâme” fue sistemáticamente superado por Marina Rebeka, bien es verdad que supo transmitir al amante enamorado. Mejoró en el terceto posterior con Guillermo Tell y Walter, uno de los pasajes de más calidad de la obra, aunque volvió a estar algo por debajo de sus acompañantes. Pero sin duda, su mejor momento fue toda su gran escena del cuarto acto. Aquí Rossini le preparó un auténtico “tour de force” por las alturas, pero con un acompañamiento orquestal más liviano. Y ahí es donde el Sr. Hymel está en su salsa. Tanto el aria “Asile héréditaire” como en la difícil cabaletta posterior “Amis, amis” estuvo valiente, con impulso y energía contagiosas y, sobre todo, dominador, sobrado, como si subir al do de pecho una vez tras otra fuera como ir a coger el autobús. Tras su agudo final en “Aux armes”, pleno y redondo, el teatro se vino abajo con enormes vítores para premiar una actuación, que aquí sí, fue memorable

   En el resto del reparto hubo de todo aunque predominó lo bueno sobre lo menos bueno. Destacó sobre todo en el terceto del segundo actoel Walter de Marco Spotti con un material brillante, oscuro, de calidad, aunque algo tosco. Todo un lujo la presencia de Kwangchul Youn como Metchtal donde una vez más cantó con nobleza dando el empaque necesario al líder de la villa. Toda una sorpresa la soprano Janai Brugger, de voz no muy grande pero luminosa y radiante, que sabe proyectar con solvencia, y que compuso un joven e impulsivo Jemmy. A un nivel algo inferior la mezzo Maria Zifchak como Hedwige, la mujer de Tell, de buena emisión y canto suave. El bajo John Relyea de voz gutural y engolada, y con un registro grave muy pobre, fue un autoritario Gessler.

   Fabio Luisi termina estos días su titularidad como director principal del METcon estas funciones y las que compagina con Don Giovanni. Es un maestro que prima la belleza del sonido y es muy querido por el público del MET, que lo jaleó en cada salida al podio tras los descansos, y sobre todo tras una obertura llevada a buen ritmo aunque de un trazo algo más grueso de lo que en él es habitual. Sin embargo su labor global no me terminó de convencer. Con los mimbres que tiene esta orquesta, limitarse en buena parte de la función a una interpretación sin pena ni gloria, donde lo mejor que se puede decir en los dos primeros actos es que hizo un buen acompañamiento, me parece poco bagaje. Nunca fue de mis favoritos, pero su gran dirección la temporada pasada de la Manon Lescaut me hizo concebir esperanzas de cara a este Guillermo Tell, que a la larga resultaron vanas.

   El primer acto estuvo caído y sin tensión de principio a fin. Como mencionábamos antes, los cantantes no ayudaron, pero tampoco les venía ningún aliciente desde el foso. En el segundo, acompañó razonablemente la escena de Mathilde aunque al dúo posterior con Arnold le faltó magia y pasión, y en el terceto de los conjurados, faltó pujanza. Mejoró los dos últimos actos, donde el primoroso sonido que llegaba del foso de la orquesta en la despedida de los enamorados tuvo un refinamiento tímbrico especial, y donde la escena de la flecha tuvo ya el empaque que hubiéramos querido en toda la obra. En el cuarto acto, el acompañamiento a Arnold y el concertante final fueron admirables y en la tormenta previa combinó energía y el sonido suntuoso de la orquesta que estuvo espectacular. En una partitura donde violonchelos y trompas juegan un papel estelar, ambas secciones y solistas estuvieron formidables.

   Por último comentar la labor excepcional del Coro del teatro. En una obra ardua y exigente, donde no salen prácticamente del escenario, supieron matizar de forma distinta en cada uno de los cuadros, ya fueran humildes campesinos o soldados austriacos, consiguiendo sobre todo en la escena de los voluntarios de los tres cantones ponernos los pelos como escarpias.

   Gran éxito de público en un MET que presentaba bastantes huecos. Desde aquí animamos a que el que pueda no se lo pierda.  

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