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Crítica: Javier Camarena protagoniza 'I puritani' en el Teatro Real

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9 de julio de 2016

ÓPERA DE TENOR

  Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 7/VII/16, Teatro Real. I puritani (Vincenzo Bellini). Javier Camarena (Lord Arturo Talbot), Diana Damrau (Lady Elvira Valton), Ludovic Tézier (Sir Riccardo Forth), Nicolas Testé (Sir Giorgio), Myklós Sebastyén (Lord Gualtiero Valton), Antonio Lozano (Sir Bruno Robertson). Annalisa Stroppa (Enrichetta). Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección de escena: Emilio Sagi sobre escenografía de Daniel Bianco.

   La creación de Vincenzo Bellini ha sido la más preterida y maltratada por el Teatro Real desde su reinauguración en 1997. Sólo una producción escenificada de La sonnambula,- ni rastro, por supuesto, de Capuleti, Il pirata, Beatrice di Tenda y La straniera - y unas aisladas, escasas y muy puntuales intepretaciones concertísticas de Norma e I puritani. El caso de esta última resulta particularmente triste e inexplicable, toda vez que después de la inauguración con La favorita en Noviembre de 1850 fue la segunda ópera que se escuchó en el Teatro Real en diciembre de ese mismo año con un reparto estelar formado por Erminia Frezzolini, Italo Galdoni y Giorgio Ronconi que no andaba a la zaga del mítico del estreno de la ópera en París  -Théâtre Italien- en 1835 (Grisi, Rubini, Tamburini y Lablache).

   La colaboración de Bellini con el tenor Giovanni Battista Rubini (el más importante e influyente de la historia junto a Enrico Caruso) ya había provocado una especie de revolución en los teatros italianos de la época con Il pirata (Milan, Teatro alla Scala 1827) y el personaje de Gualtiero que significó la afirmación del tenor romántico en Italia. La búsqueda de conmover al público a través de la dulzura combinada con el desbordamiento de la pasión amorosa, los sentimientos a flor de piel y la mayor imbricación expresiva entre el texto y la música. Bellini lo resumió en una famosa sentencia: “Il dramma per musica deve far piangere, inorridire, morire… cantando”.

   Con I puritani el genial músico siciliano consigue estrenar en París, toda una meta para los compositores italianos de la época, siguiendo con ello la estela de Rossini y ofrece una cumbre de la ópera protorromántica italiana con varios elementos fundamentales de la misma. La expresión amorosa tan intensa como alada, sublime y celestial, la lucha entre el bien y el mal, el trastorno mental de la prima donna, la abstracción del canto acrobático con una coloratura cada vez más usada con fines expresivos… Todo ello con un absoluto protagonismo del canto, de la voz humana, cuyas posibilidades se explotan y desarrollan a fondo en toda su capacidad musical y expresiva.

   Asimismo, Bellini ofrece su orquestación más elaborada, más compleja armónica e instumentalmente, como exigían los teatros parisinos, que disponían de orquestas de nivel muy superior a los italianos.

   No es necesario subrayar la dificultad que conlleva, especialmente hoy día, reunir un reparto que haga mínima justicia a esta ópera. El Teatro Real congregó algunos de los mejores mimbres disponibles a priori, aunque los resultados a la postre, no fueran totalmente satisfactorios ni mucho menos.

   El gran triunfador de la noche en su vuelta al Real tras su éxito con La fille du regiment, fue el tenor mejicano Javier Camarena, que cumplió con nota en un papel tan dificultoso y en el que poquitos tenores han logrado no ya brillar, si no simplemente, sacarlo adelante. Desde su fascinante salida “Ah te o cara, amor talora”, ejemplo de sublime melodía belliniana, Camarena, siempre en estilo y con un buen legato, exhibió un timbre no especialmente bello, pero sí grato, de tenor lírico-ligero con cierto cuerpo en el centro y un fraseo, si no de gran clase y empaque, sí pleno de gusto, naturalidad, entusiasmo e indudable comunicatividad.  Acentuó con ardor “Non parlar di lei che adoro” del dúo con Enricheta del que cantó la repetición con variaciones (algo siempre a agradecer, por supuesto).

   Valiente y resolutivo en los abundantes sobreagudos de su parte, no contempló emitir el fa 4 en el “Credeasi misera” del final, optando por la solución de emitir dos Re 4, algo apurados ya a esas alturas de la representación y siempre algo abiertos, pero sin duda muy apreciables. Fue muy ovacionado.

   Se anunció antes del comienzo una indisposición de la soprano Diana Damrau. Lo cierto es que su Elvira resultó muy discreta en lo vocal, lo que la soprano alemana intentó paliar con una intensidad interpretativa que bordeó en ciertos momentos un histrionismo un tanto fuera de lugar en este repertorio. Con muchas precauciones al principio, se fue asentando durante la representación escuchándose su sonido habitual más bien pobre y justo de volumen, riqueza y metal, con unos ascensos al sobreagudo esforzadísimos donde el sonido se abre, torna agrio y balanceante. Como ejemplo de su insuficiente dominio de la coloratura pudo escucharse una mediocrísima interpertación de la polacca “Son vergin vezzosa”. La concentración expresiva junto a su musicalidad y correcto canto legato se impusieron en “Vieni al tempio” del final del primer acto y en “Rendetemi la speme”de su gran escena de locura del acto segundo. En la cabaletta “Vien diletto é in ciel la luna” volvieron los problemas con la escritura virtuosística y los ascensos. En el último acto fue a remolque de Camarena, que emitió los dos sobreagudos de “Vieni fra queste braccia” faltando el de la soprano al unísono en la repetición.

   Se esperaba que el barítono francés Ludovic Tézier, que está afrontando los grandes papeles Verdianos con medios insuficientes invocando la elegancia de su canto y calidades de su fraseo, aprovechara el papel de Riccardo y particularmente, la hermosísima cavatina “Ah per sempre io ti perdei” y la subsiguiente cabaletta “Bel sogno beato” para exhibir todos esos atributos. Sin embargo, su interpretación resultó decepcionante. Monótono, aburrido, emitiendo constantemente en forte, sin una media voz, ni detalle, ni contraste en piano… Ni rastro tampoco de la expresión poética y paradisíaca de quien está enamorado de manera sincera y elevada de Elvira (“Un enamorado sublime” en palabras del propio Bellini), optando el barítono francés por recrear un malote convencional y más preocupado en lo vocal por desplegar algún que otro sonido timbrado y potente, que no genuinamente squillante. Una pena.

   Si bien debe asumirse su presencia como inevitable, hay que recalcar el pésimo Sir Giorgio de Nicolas Testé, que ni es bajo, ni tiene proyección, ni volumen, ni correcta impostación, ni estilo, sólo es un cantante sin ningún interés bajo cualquier punto de vista.

   De la dirección de Evelino Pidò apenas cabe destacar como positivo la intepretación de los da capo y repeticiones, que se diera la obra asumiblemente completa (sin los fragmentos de la versión para Nápoles que Bellini compusiera contemporáneamente a la de Paris y que suprimió antes del estreno en el Théâtre Italien) y que se mostró atento a los cantantes, aunque no estimulara su fraseo, ni les ayudara con un sonido orquestal pesante y grossolano. Una labor morosa y vulgar, con algún tempo letárgico, fundamentalmente destensionada y cierta tendencia a la charanga. Del sonido orquestal borroso y desequilibrado con una cuerda raquítica, cabe salvar a las trompas, seguras y brillantes toda la noche.

   Quizás después de las buenas prestaciones de la orquesta del Real con Wagner y Schönberg guiada por buenas batutas, eso sí, Bellini no les motive. Flojo, desempastado, el coro femenino, mejor el masculino por su sonido compacto y caudaloso, pero falto de flexibilidad y finura.

   Frente a la producción de I puritani que ofreció Emilio Sagi hace 26 años en el Teatro de La Zarzuela con la gran Mariella Devia como Elvira, más luminosa y con trajes coloridos, esta vez la oscuridad y los tonos grises del vestuario presidieron un montaje lleno de arena e innumerables lámparas y del que apenas pueden citarse dos momentos salvables. La cortina que aisla del Mundo en su trastorno mental a la protagonista cuando su amado la abandona en el primer acto y la escenografía plenamente romántica del acto tercero con ese bosque oscuro presidido por una luna llena, que contrasta con la menguante que porta Elvira en su escena de la locura del acto segundo.

   El público, que pareció expresar sus muchas ganas de bel canto y de Bellini, aplaudió las intervenciones solistas y generosamente al final a los protagonistas, especialmente al tenor Javier Camarena.

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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