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Crítica: Kaspar Zehnder y Pedro Peláez Romero con la Filarmónica de Málaga

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Autor: Alejandro Fernández
12 de junio de 2016

DEBUT DE PEDRO PELÁEZ CON LA OFM

  Por Alejandro Fernández
Málaga. 10/VI/16. Teatro Cervantes. Concierto abono nº 14 de la Orquesta Filarmónica de Málaga.Prokofiev, Borodin y Debussy. Director: Kaspar Zehnder. Solista: Pedro Peláez Romero, violonchelo. Sinfonía concertante en mi menor, para violonchelo y orquesta, op. 125, de Prokofiev; Danzas Polovtsianas de Borodin y La Mer, DD. 111, L. 109, de Debussy

   A lo largo de la semana pasada conocíamos noticias preocupantes de la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM), en las que nada meridianamente claro encontramos en las explicaciones, de un lado del área de cultura del Ayuntamiento de Málaga y por otro de la delegación de cultura de la Junta de Andalucía. Ambas representantes se escudaban en la sorpresa y alegaban las aportaciones a la formación. Escaso nivel y cero responsabilidades cuyo resultado no es otro que limitar la capacidad artística de la orquesta más solvente que tiene la comunidad. Ni los whatsapp, y menos la lectura en prensa excusan los esfuerzos que deben guiar a esta institución a la que se le acumulan peligrosísimos agravios comparativos del todo inaceptables. La OFM es otro rehén de esa política cortijera, local y autonómica, andaluza.

   Fortaleza sutil, son las impresiones que dibujan no sólo el último abono de la Filarmónica, sino también el trabajo expuesto desde el podio por el maestro Kaspar Zehnder y el chelo del malagueño Pedro Peláez. Nuevamente la escuela rusa del pasado siglo con Prokofiev se engarza con la tradición nacionalista de Borodin y en el cierre la fuerza incontenible de El mar de Debussy.

   Como ganador del Primer Premio del Concurso de Jóvenes Talentos Musicales Andaluces, Peláez Romero nos presentó el Concierto nº 1 en mi bemol mayor, op. 107, de D. Shostakóvich. Para este penúltimo abono Peláez optó por una página cercana en el tiempo y personal en la forma de Prokofiev. Curiosamente ambas partituras fueron estrenadas en su día por Mstislav Rostropovich, todo un referente en su género. El cello malagueño encontró dos pilares sólidos tanto en la sensible atención de la OFM, toda la cuerda sumó brillantez a la interpretación; como la claridad formal de la batuta de Kaspar Zehnder.

   En algo más de cuarenta minutos se desarrolló la Sinfonía concertante, op.125 redefinida por el compositor ruso sobre aquel primitivo concierto del treinta y tres y separados en el tiempo en dos décadas de madurez. Desde el andante la voz del chelo asume todo el protagonismo, si bien distintos atriles aportan elementos temáticos, los subrayan y evocan contribuyendo al discurso del solista. Las sombras del comienzo, enfatizadas por la ausencia hasta bien entrado el primer tiempo de tutti orquestales, destacan las continuas tensiones entre chelo y conjunto para continuar en el corazón de la sinfonía dentro de un tono cantábile, dulce y especiado con cierto toque de ironía. El andante conclusivo sencillamente fue un ejercicio de virtuosismo, de puro lucimiento del chelo de Peláez, un músico con la suficiente profundidad y técnica propias de un solista seguro. Quienes cuestionaban la idoneidad del concurso de la OFM descubrieron la respuesta que entonces negaron reconocer.

   Una escena sinfónico coral cierra el segundo acto de la ópera El príncipe Igor, inspirada en un poema épico medieval ruso. Borodin en sus cinco Danzas Polovtsianas sintetiza el espíritu del Grupo de los Cinco: tradición y exotismo en contraste con el lirismo que encontramos en Tchaikovski. Zehnder consciente de estos elementos centró la interpretación en una dinámica fluida y ágil destacando el color en el que se oculta la mano de Korsakov. Sin apenas interrupción, Zehnder encadenó las danzas dando continuidad a la obra pero también enfatizando su estructura contrastante y ascendente que encuentra en la Danza final el punto de fuga de toda la fuerza concentrada en las anteriores.

    La gran ola de Kanagawa serviría de portada a la edición de La mer de C. Debussy. Dos años después del estreno de Pelleas y Melisande, el músico francés vuelve con una obra de estructura sinfónica de elementos marinos como motor. K. Zehnder se suma a las batutas que conciben la partitura como una sinfonía libre en su esquema interno donde el color más que complemento es ingrediente, y donde el conjunto induce más que describe hasta el abrupto final. Concierto sin duda reseñable, cargado de oficio, la solvencia de la batuta, solista y profesores contrastaba con el preocupante cruce de informaciones que han afectado a la OFM en estos últimos días. Tan sólo nos resta ya el esperado Busoni que clausurará la presente temporada.

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