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Crítica: La Canadian Opera Company pone en escena 'Carmen' de Bizet en Toronto

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Autor: Giuliana Dal Piaz
21 de mayo de 2016

CARMEN ¿CUBANA?

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 8/V/16. Four Seasons Centre. Temporada de la Canadian Opera Company. Carmen, Bizet. Director musical: Paolo Carignani. Director de escena: Joel Ivany.

   La Temporada 2015-2016 en Toronto está llegando a su fin para todas las principales orquestas. Durante el verano, en Canadá dominan los festivales de teatro y música folk/jazz/rock, y sólo en el otoño vuelven los eventos de música clásica.

   También para la Canadian Opera Company son éstas las últimas funciones tanto del Maometto II (del 29 de Abril al 14 de Mayo) como de Carmen de Georges Bizet (del 12 de Abril al 15 de Mayo, trece funciones en total, con un primer y segundo reparto).

   Presentada por primera vez en Toronto sólo cuatro años después del estreno en París (1875), y siendo una de las óperas más representadas alrededor del mundo, trasladada también a menudo a la pantalla, Carmen sigue llenando teatros y fascinando auditorios. Mérito por cierto de la hermosísima música de Bizet, que en su análisis exhaustivo resulta mucho más sofisticada y compleja de lo que dejaría suponer su carácter "pegadizo": Nietzsche la definió como "malvada, refinada, fatalista", mientras que Tchaikovsky consideró Carmen una obra maestra que demuestra la potencia del Fatum. Parte del mérito también es de la pieza teatral, escrita por dos de los principales representantes del teatro satírico francés en el siglo XIX, Henri Meilhac y Ludovic Halévy; un texto fiel a la obra original de Mérimée.  

   En Mérimée, y en Bizet también, Carmen es la "gitana, obrera, prostituta, contrabandista y cartomántica que a la pregunta «Tu es le diable?» contesta desenfadada que sí" - como escribe Tommaso Sabbatini en Metamorfósis de Carmen entre París y Nueva York - y escandaliza en su momento, por sus costumbres libres y descaradas, al público parisino y luego al de varios teatros del mundo. Esto no impide que el personaje se vuelva también símbolo de la libertad femenina, y que, hasta la fecha, la escena conclusiva traiga a la mente del espectador el recuerdo escalofriante de muchas tragedias de los celos y del frenesí de posesión masculina.

   Musicalmente, en las incontables versiones de la ópera, se ha interpretado a Carmen de muchas maneras diferentes: después de la muerte de Bizet, quizás con su previa aprobación, su amigo y alumno Guiraud adaptó la partitura de manera que el papel pudiera ser cantado por una soprano en lugar de una mezzosoprano como era en el original. En efecto muchas sopranos famosas se aventuraron en este rol, empezando por Emma Calvé y Geraldine Farrar hasta la gran María Callas (no fue Carmen su mejor interpretación).

   En la producción de la Canadian Opera Company, dirigió la orquesta con pasión y energía el maestro Paolo Carignani, artista de fama internacional que por varios años dirigió también el Teatro de la Ópera de Frankfurt. La puesta en escena es del ambicioso director canadiense Joel Ivany, creador del grupo "Against the Grain", que se vale de la colaboración del estadounidense Michael Yeargan para la escenografía y de François St-Aubin para el vestuario, mientras que las luces son obra de Jason Hand.  

   Y aquí ocurre nuevamente lo que vemos tan a menudo en las producciones de ópera en Norteamérica: el deseo de crear una puesta en escena original - lo cual es muy difícil, sobre todo en el caso de una ópera tan conocida - lleva a perder el camino... La realidad hispánica que brinca de inmediato a la mente de los realizadores norteamericános es la mexicana o la de la Cuba años '50, antes de la revolución castrista, así que cubana ella aparece, en el escenario cargado de estereotipos imaginado por Ivany con Yeargan y St-Aubin: una escena llena de colores y un aparente, relajado bienestar social.

   En ella, sin embargo, todo es profundamente distinto a la realidad de la España andaluza de finales del siglo XIX, la realidad pobre en la que vive una multitud de desheredados - obreros, gitanos, contrabandistas - y marginados, entre ellos en primer lugar la mujer, que busca su propia identidad en la rebeldía hacia la autoridad, no sólo del ejército sino de una sociedad coercitiva. Por otro lado, en esta producción la sensualidad de Carmen aparece mucho más ruda y ostentosa que la que sugiere la música de Bizet; además el flamenco es una danza muy diferente a la salsa o a la lambada: insinúa y ofrece, pero de manera sutil -y por ello mismo más efectiva- la bailarina de flamenco no enseña centímetros de piel, sino que ondula su cuerpo envuelto en la fina seda del vestido de faralaes, marcando el ritmo con el taconeo y las castañuelas siguiendo la melodía pasional de la guitarra andaluza.

   Me parecieron geniales, en cambio, tanto la escenografía como el planteamiento del acto final, cuando el inicio de la Fiesta Brava y de la corrida está señalado por la llegada a escena de los protagonistas a través de la platea, entre las filas del público deleitado por la visión cercana de los picadores, del toreador, de Carmen que ataviada para la fiesta avanza del brazo de Escamillo, y finalmente de Don José, torvo y desgreñado, meditando el asesinato.

  El domingo 8 de Mayo estaba en escena el segundo reparto, en general de calidad en la interpretación tanto musical como teatral: la mezzo- soprano francesa Clémentine Margaine es una Carmen de voz cálida y llena, que modula y transmite bien la volubilidad de la protagonista; el tenor canadiense David Pomeroy (Don José), con una larga trayectoria ya en la ópera, es un tenor dramático; empezando el primer acto, su voz parecía insuficiente pero pronto fue demostrando la fuerza y la pasión necesarias; la soprano Karine Boucher, de voz límpida y agraciada, fue una Micaela convincente;  Zachary Nelson (Escamillo) fue el único que decepcionó desde el punto de vista vocal: su papel requiere un bajo propiamente dicho y su voz no tiene la potencia necesaria, al punto que la orquesta la cubrió en las primeras líneas del aria "Votre toast... je peux vous le rendre". La soprano Sasha Djihanian (Frasquita) y la mezzosoprano Charlotte Burrage (interpreta a Mercedes, un papel que generalmente requiere una mezzo-soprano) son más que dignas, como también el bajo Alain Coulombe (Zúñiga) y los dos contrabandistas Jean-Philippe Fortier-Lazure (tenor-El Remendado) e Iain Macneil (barítono-Le Dancaire). Es óptimo el coro dirigido por Sandra Horst y magníficos los niños de la Canadian Children's Opera Company, dirigida por Teri Dunn.        

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