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Crítica: 'La cena delle beffe' de Giordano en el Teatro alla Scala de Milán

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Autor: Raúl Chamorro Mena
13 de mayo de 2016

“PERCHÉ LA DONNA AMA VEDENDO GLI ALTRI AMARE”

Por Raúl Chamorro Mena
Milán. 7/V/2016,  Teatro alla Scala. La Cena delle Beffe (Umberto Giordano). Marco Berti (Giannetto), Nicola Alaimo (Neri Chiaramantesi), Kerstin Lewis (Ginevra), Jessica Nuccio (Lisabetta), Leonardo Caimi (Gabriello Chiaramantesi), Bruno de Simone (Il Dottore). Director Musical: Carlo Rizzi. Director de Escena: Mario Martone. Escenografía de Margherita Palli.

   En 1880, Richard Wagner invitado por el Duque de Bagnara,  visitaba acompañado de Cosima el Conservatorio de San Pietro a Majella en Nápoles, aprovechando una estancia en la ciudad, concretamente en la villa d’Angri en Posillipo. Este histórico Real Collegio di Musica napolitano posee la mayoría de los manuscritos originales autógrafos de las óperas de Bellini y Donizetti (entre otros) y el interés del genio de Leipzig se centraba en las de su admiradísimo Vincenzo Bellini. Después de un pequeño concierto ofrecido por los alumnos de canto y composición, que interpretaron el Miserere de Leonardo Leo, Wagner felicitó a todos y cogió con cada una de sus manos las de dos de ellos que, a la sazón, eran íntimos amigos. Uno tenía 14 años y se llamaba Francesco Cilea, el otro, 13 y era Umberto Giordano, “¿Estarán quizás entre estos muchachos los herederos de vuestro inmenso Bellini?” exclamó el músico sajón.  Ambos eran alumnos de Paolo Serrao, que certificó en su día que Giordano demostraba  “Una disposizione per la musica non comune”.

   Asimismo, el músico nacido en Foggia tuvo una estupenda relación con el otro pilar de la ópera romántica decimonónica, Giuseppe Verdi, que en uno de sus muchos encuentros le dijo “El destino nos ha concedido servir al arte, no existe otra opción que seguir nuestra inspiración y todo cuanto el corazón nos diga, sin preocuparnos de aquello que la gente pueda decir de nosotros, sea bueno o malo”.

   Umberto Giordano, despúes de quedar en sexto lugar con la ópera en un acto “Marina” en el Concurso Sonzogno en la edición en que venció Mascagni con “Cavalleria Rusticana”  y  unas primeras composiciones para la escena como “Mala Vita” y Regina Díaz”, fue un dignísimo continuador de los dos genios citados, al legar a la posteridad dos magníficos títulos del melodrama ottocentesco como son “Andrea Chénier” y “Fedora”, pues efectivamente, a esa categoría pertenecen ambas, más que a la llamada escuela verista en la que si encuadrárían más claramente obras posteriores del autor.

   Ya en plenos años veinte del Novecento y en la búsqueda de nuevas fórmulas que renovaran el melodrama italiano y repensaran el llamado verismo, Giordano se aleja de la habitual estetica y ambiente D’Annunziano y consigue después de muchos intentos, los derechos para poner música al drama de San Benelli “La cena delle Beffe” (La cena de las burlas).  Surge así una ópera interesantísima con elementos tan modernos y alejados de la dramaturgia decimonónica, como un personaje femenino tan manifiestamente sensual y lujurioso como Ginevra, el cinismo, el juego entre locura fingida y real y entre comedia y tragedia, el intercambio de personas en el lecho amoroso, además de un final sorprendente, por anticlimático.

   Después de una ausencia de más de 90 años, volvía La cena delle beffe al Teatro alla Scala donde se había estrenado en 1924 bajo la dirección de Arturo Toscanini. Resulta casi imposible encontrar hoy día intérpretes dignos para una obra que se caracteriza por una vocalidad tan complicada, plena, exasperada, intensa y vehemente, por lo que hay que valorar positivamente el nivel alcanzado.

   Meritoria la prestación de Marco Berti en un papel casi inabordable como es el de Giannetto, creado para el tenor barcelonés Hipólito Lázaro que proclamaba ser el mejor tenor del Mundo y, desde luego, que tenía razón viendo los papeles que le componían. Largo, con una tesitura incruenta situada constantemente en la zona de paso y agudo, basado en un declamato intensísimo, violento, con algunos momentos de expansión lírica y apasionada, más cercanos al melodrama del Ottocento, como en el magnífico dúo con Ginevra del acto Segundo. Berti salió más que airoso de la prueba con su voz grata, genuinamente italiana, de tenor lírico con cuerpo con posibilidades spinto y agudos (no todos le entraron ,bien es verdad, además de que algunos fueron atacados con arrastres) potentes y squillanti. El fraseo carece de inspiración, de variedad y como intérprete es rutinario, pero cantarse con ese nivel un papel como éste, ya sólo la valentía de afrontarlo y en un teatro tan importante, deben valorarse debidamente. Apreciable también el Neri Chiaramantesi de Nicola Alaimo, que dispone de un material de aceptable volumen y resonancia. El timbre y los modos son escasamente nobles, pero se adaptan bien a este repertorio. Como intérprete resultó creible y dibujó bien su personaje y las variadas situaciones y estados de ánimo del mismo. Más flojas las sopranos. La americana Kerstin Lewis en el sensualísimo papel de Ginevra, que expresa una voluptuosidad femenina insólitamente explícita para la época, mostró un timbre más dulce y claro que los habituales en las cantantes de color, pero sin las demás virtudes de éstas. La emisión es gutural, además de algo temblona y calante, especialmente al comienzo, la articulación, confusa. Bien es verdad, que intentó cantar con morbidez y filar sonidos, pero sin terminar de lograr una línea de canto de factura. Jessica Nuccio como Lisabetta resultó escasamente interesante como material vocal y como fraseadora. A destacar entre la galería de secundarios el Dottore del ya veterano Bruno de Simone y el correcto Gabriello de Leonardo Caimi.

   El sonido pulido, terso, bello y refinado de la orquesta Scaligera el día anterior con Riccardo Chailly se tornó en sucio, borroso y de trazo grueso con Carlo Rizzi al frente, en una labor vulgar, ruidosa y sin verdadera tensión ni progresión teatral.

   Como ocurrió en La fanciulla del west de Carsen, la producción de Mario Martone incide en el elemento cinematográfico de la ópera (habitual en las de la época) y cambia la Florencia de Lorenzo El Magnifico por el Little Italy Neoyorkino de la época de la mafia. La escenografía presenta a tres niveles los lugares donde se desarrolla la acción, apreciándose en el restaurante donde se celebra la cena entre los rivales Giannetto y Neri Chiaramantesi (presentados como capi de sus respectivos clanes mafiosos) una clara semejanza con aquél en que Michael Corleone asesina a Virgil Sollozzo y al Capitán McCluskey en la obra maestra de Coppola. EL cambio de época no aporta nada, más bien al contrario y se culmina el dislate con una matanza de metralletas Thompson en el que perece Giannetto!!!, alterándose el final previsto por los autores. Una pena.

Fotografía: Brescia/Amisano – Teatro alla Scala

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