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Crítica: La New York City Opera empareja 'Aleko' de Rachmaninoff con 'Payasos' de Leoncavallo

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
18 de septiembre de 2016

"La New York City Opera continúa por buen camino"

DE SORPRESA EN SORPRESA

  Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Rose Theatre, Jazz at Lincoln Center.10/10/2016. Aleko (Sergei Rachmaninov/ VladímirNemiróvich-Danchenko). Stefan Szkafarowsky (Aleko), InnaDukach(Zemfira), JasonKarn (Un joven gitano), Kevin Thompson (Un gitano viejo), Olga Lometva (Una vieja gitana), AndreiKisselev y YanaVolkova (bailarines gitanos). Pagliacci (Ruggero Leoncavallo). Francesco Anile (Canio), Jessica Rose Cambio (Nedda), Michael Corvino (Tonio), Gustavo Feulien (Silvio), JasonKarn (Beppe). Dirección Musical:James Meena. Dirección de escena: Lev Pugliese.

   Sorpresa es la palabra que me vino a la mente, semanas atrás, cuando vi el programa de apertura de la nueva temporada de la New York City Opera. Un programa doble con “Aleko”, la primera ópera del ruso Sergei Rachmaninov y con “Payasos” de Ruggero Leoncavallo. No es a priori una combinación que se haya visto hasta la fecha, pero veremos que tiene su lógica.

   Jamás he podido ver “Aleko” hasta este sábado. No por falta de ganas sino simplemente porque fuera de Rusia o sus antiguos países satélites es prácticamente imposible verla programada. La obra fue compuesta y orquestada en solo tres semanas en 1892. El compositor había cumplido 19 años y fue su trabajo fin de carrera en el Conservatorio de Moscú. Anton Arensky, su profesor de composición, le entregó un libretto escrito por el escritor y director teatral Vladímir Nemiróvich-Danchenko, basada en “Los zíngaros”, obra escrita en 1824 por Alexander Puskhin. Obtuvo la máxima calificación posible, la “Gran medalla de oro”, que hasta esa fecha solo Sergei Taneyev y Arseny Koreshchenko habían conseguido. Aunque en su edad madura, cuando era un compositor famoso y el pianista más famoso de su tiempo, consideraba esta ópera como un ejercicio de juventud, compuesto a la antigua usanza italiana con arias, dúos, coros e incluso un intermezzo, en aquellos días tuvo bastante recorrido interpretándose no solo en el Conservatorio, donde se estrenó el 19 de mayo de 1892, sino también en el Bolshoi, en Kiev, e incluso el mítico bajo ruso FeodorChaliapin la interpretó en San Petersburgo.

   Nos narra el triángulo amoroso que forman Aleko, un caballero ruso de clase alta que cansado de la vida burguesa y sedentaria se ha unido a un grupo de gitanos vagabundos, y vive con Zemfira, una joven gitana con quien tiene un hijo, y que a su vez está enamorada y va a fugarse con un gitano joven, su nuevo amante. Empieza con un cuadro donde los gitanos, acampados junto al río para pasar la noche, cantan una oda a la libertad que les ofrece su vida de nómadas y que musicalmente recuerda a los coros del “Príncipe Igor” de Alexander Borodin. Al triángulo se le unen dos personajes más. “Una vieja gitana”, personaje que por momentos recuerda a la “Mamma Lucia” de “Cavalleria Rusticana” de Pietro Mascagni, que en esta producción se intuye que es la madre del nuevo amante de Zemfira, y el gitano viejo, padre de Zemfira, quien tiene dos momentos estelares. El primero tras el coro inicial, cuando en una triste canción, nos cuenta que años atrás amó a otra gitana, Marula, con quien tuvo a Zemfira, y que les abandonó por otro amor. El último, al final, cuando tras ver como Aleko ha acabado con la vida los dos jóvenes amantes, exhorta a su pueblo a no tomar ninguna medida extrema contra él. El destierro será suficiente castigo.  

   Entre medias, las discusiones entre Zemfira, espíritu libre y rebelde quien entiende que su madre les abandonara por su nuevo amante, y cada día más cansada del espíritu posesivo de su pareja, Aleko, quien no comprende que su suegro no buscara venganza. Otra escena de danzas y un intermezzo nos llevan a la parte conclusiva de la obra, donde destacan la preciosa aria de Aleko, la romanza del gitano joven, y los dos dúos de Zemfira con Aleko y con su nuevo amante, donde se vislumbran no solo una fuerte influencia de Tchaikovski sino también muchas de las características compositivas del ruso, que le llevaron a ser uno de los compositores más queridos por el público del SXX. Armonías ricas, cromáticas, líricas, expresivas, con una amplia paleta de colores, con cambios constantes de modo mayor a menor para reforzar el lirismo o la ternura, y con una brillante orquestación, que rara vez encontramos en músicos de 19 años.

Unos días después del estreno de “Aleko” en Moscu, también se estrenó “Payasos” de Ruggiero Leoncavallo. Fue el 21 de mayo de 1892 en el Teatro dal Verme de Milán, y a diferencia de la anterior, varios de los nombres clave de la ópera del cambio de siglo como Arturo Toscanini, Adelina Stehle, Fiorello Giraud, Victor Maurel o Mario Ancona participaron en el evento. Fue un éxito absoluto desde su estreno y habitualmente, en compañía de “su hermana”, la “Cavalleria Rusticana” de Pietro Mascagni, es una de las óperas más representadas de la actualidad. La combinación de ambas obras se inició en Nueva York, en el MET, en el ya lejano diciembre de 1893.

   Como es bien sabido, narra de manera similar a “Aleko”, la historia de un triángulo amoroso, con personajes en cierto modo nómadas como son los cómicos, que acaba también con los jóvenes amante también muertos a manos del amante despechado, y que tiene uno de los intermezzos más famosos de toda la Historia de la Ópera. Éstas características compartidas fueron las que llevaron el pasado mes de abrila la Compañía de la Opera de Carolina en Charlotte a unirlas en un mismo programa, y con ella, la New York City Opera ha abierto su nueva temporada, la primera completa desde su renacimiento el pasado mes de enero, y de la que ya reseñamos en junio “Florencia en el Amazonas” de Daniel Catán.

   Ambas obras compartieron los mismos decorados tradicionales realizados por John Farrell. Un escenario central que era el campamento gitano en “Aleko” y la plaza del pueblo en “Payasos”, enmarcadas con dos casas a cada lado, y con un carromato en la parte posterior. Funcionó mejor en “Payasos”, donde brillaba con luz propia el sol mediterráneo que por ejemplo falta en la última  propuesta de David McVicar para el MET. El Director escénico, Lev Pugliese, no se complicó la vida y se ciñó a los libretos. El resultado fue muy efectivo aunque un tanto monótono.

   Contamos en “Aleko” con un reparto vocal bastante solvente. El bajo neoyorquino Stefan Szkafarowsky, de voz rotunda aunque algo corta, le dio al personaje de Aleko la inseguridad y desesperación propia del hombre que se sabe engañado. A sus 60 años y con muchas tablas, supo salir indemne de la típica flema incómoda que aparece en el momento menos apropiado, para redondear su aria de manera muy estimable. La soprano Inna Dukach, de voz pequeña y un tanto oscura, pero con gran facilidad para el agudo, bordó el personaje de Zemfira. La voz de Kevin Thompson es grande, rotunda y excesivamente gutural. Dibujó un viejo gitano más contundente de lo necesario, llevando la melancolía de su canción a un nivel de desesperación que no es necesario. Los breves papeles de la vieja y el joven gitano fueron interpretados dignamente por Olga Lometva y Jason Karn. Para las dos escenas de baile contamos con Andrei Kisselev y Yana Volkova, cuya coreografía tuvo menos de “baile gitano” clásico que de “Riverdance”, el conocido baile irlandés.

   “Paggliaci” también tuvo un reparto solvente en sus papeles secundarios. Jason Karn es el tenor ligero que necesita Beppe, Gustavo Feuli en fue el amante latino de timbre grato, y Michael Corvino hizo un notable Tonio, aunque su voz mate le perjudicara sobre todo en un Prólogo que necesita una voz más rotunda y armónica. Más interesante a todas luces la joven soprano de Providence, Jessica Rose Cambio, quien mostró una voz brillante y ágil en el agudo, aunque algo pequeña y que interpretó una Nedda coqueta y apasionada con Silvio, pero de fuerte carácter ante los insistentes escarceos de Tonio. Veremos si en teatros de mayor tamaño su voz es suficiente.

   La sorpresa positiva de la noche vino de la mano del Canio del veterano tenor italiano Francesco Anile. A sus 54 años es prácticamente un desconocido hasta la fecha. Empezó su carrera de cantante hace menos de 10 años en pequeños teatros italianos y debutó en 2011 en La Scala. Su nombre sonó en Nueva York la pasada temporada cuando era el cover de Alexander Antonenko en Otelo, y saltó al escenario en pantalones vaqueros para terminar la obra ante un desfallecimiento del tenor letón.

   La voz es brillante, impostada, con pegada innegable, con una emisión clara y bien proyectada, aunque algo nasal por ponerle un pero. Desde los primeros compases se hizo con las riendas de la función. Quizáslo menos satisfactorio fue su “Vesti la giubba” cantada con intención aunque demasiado rápida, sin recrearse, lo que le impidió ser lo expresivo que consiguió en otros momentos. En cualquier caso, hubo bastantes bravos y ovaciones. A partir de ahí, fue a más hasta hacer un memorable “!Pagliaccio non son!", y un final de la obra estremecedor.

   También contribuyó a ello el tamaño y disposición del Rose Theater, un pequeño teatro “a la italiana” donde las voces están más cercanas al aficionado. Todo fue mucho más cálido que en el MET donde su enorme tamaño y sus cerca de 4000 localidades permiten acceder a muchas más personas, a costa de sacrificar esta calidez.

   La orquesta, dirigida por James Meena, Director de la Opera de Carolina, mostró muy buenas maneras en ambas obras. Meena nos trajo oficio, equilibrio, atención a las voces y conocimiento de ambas obras, no en vano fue él quien las dirigió el pasado mes de abril en Charlotte. Faltó algo de refinamiento tímbrico para que la noche hubiera sido perfecta, aunque es destacar sobre todo las intervenciones solistas del concertino y del solista de violonchelo.

   Respuesta entusiasta del público que premió con las mayores ovaciones a Stefan Szkafarowsky en la primera obra y a Francesco Anile en la segunda. La New York City Opera continúa por buen camino.

Foto: Sarah Shatz

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