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Crítica: Lorenzo Viotti y Steven Osborne con la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
25 de abril de 2016

CON CONOCIMIENTO DE CAUSA

Por Beatriz Cancela
Santiago de Compostela. 21/IV/16. Auditorio de Galicia. Temporada de la Real Filharmonía de Galicia. Director: Lorenzo Viotti. Piano: Steven Osborne. Obras de Verdi, Ravel y Franck.

   El pasado mes de febrero el joven director Lorenzo Viotti revelaba su destino en una entrevista: "Creo que nací para esto. Siempre lo supe, y sólo seguí mi sueño" [www.elperiodico.com, 11/2/16]. Y luchar contra el sino de cada uno no es tarea baladí, como atestigua con creces el shakesperiano Macbeth. Aunque en el caso de Viotti más que al azar, el resultado se debería a la confabulación de una serie de circunstancias: a sus particulares aptitudes musicales se le suma una gran formación académica y el hecho de haber absorbido de su padre, el ya desaparecido director Marcelo Viotti, esta devoción por la dirección.

   El programa escogido además de ser poco habitual en el Auditorio de Galicia, conllevaba cierto riesgo, lo que incrementaba su interés. Tres compositores significativos y los tres con una gran carga dramática subyacente, más aún si incorporamos a Shakespeare con su habitual dualidad atormentadora: el bien y el mal, el querer y no poder, lo terrenal y lo espiritual... en definitiva, el ser o no ser que imploraba Hamlet unos años antes; y que el resolutivo Viotti canalizó hacia una ejecución limpia, sobria y sensible.

   Y "¡He aquí este Macbeth!". Continuando con los homenajes y celebraciones por los 400 años del fallecimiento de Shakespeare, Viotti escogió nada más y nada menos que la Obertura y la Música de ballet del Acto III de esta obra tan significativa del corpus compositivo de Verdi. El artificio del compositor por tratar de plasmar la truculencia del relato fue captada por el batuta, que combinó el tormento exteriorizado en la percusión y en los metales, que llegaban a cotas verdaderamente desgarradoras; con el lirismo contenido e introspectivo de las cuerdas. Obra de extremos donde no faltó el componente teatral y dramático, enfatizado por inquietantes pausas, una amplia gama de intensidades opuestas y contrastantes, complementado todo por las melodías subyacentes de maderas, cuerdas y trompas, y alcanzando un color tal que la orquesta brilló magnánima.

   Diametralmente opuesto es el Concierto para piano en sol mayor de Ravel interpretado extraordinariamente por Steven Osborne al piano. Partitura de referencia sin lugar a duda; una fórmula rupturista sin excesos, que requiere un elevado nivel técnico encubierto bajo una gran expresividad y evocación. Osborne demostró eso y más. Cuánta delicadeza bajo aquellos vaporosos glisandos y qué capacidad de resolución ante tales agilidades ejecutadas con tanta pulcritud. Fue una interpretación equilibrada, precisa y absolutamente expresiva. Esta demostración magistral todavía se vio enfatizada por el papel del director y la orquesta, que magnificaron las posibilidades de la obra hasta lo más elevado. Las intervenciones, de la orquesta en general y de las distintas cuerdas en particular, fueron precisas y contundentes, como la obra requería: sin excesos ni carencias. Qué conexión, qué gusto y qué dominio demostraron.

   El público respondió sobremanera y acorde al nivel del concierto, mientras Osborne y Viotti se fundían en un abrazo, antes de que el pianista nos regalase dos propinas que dejarían al auditorio clavado en sus butacas. Siguiendo con el carácter jazzístico de la obra de Ravel, improvisó dos bises de un virtuosismo arrollador en los que mostraba un dominio absoluto con melodías en la mano izquierda y derecha indistintamente y con un sentido melódico sublime. El primero de ellos constituyó una demostración impecable de técnica y digitación; mientras que el segundo recalcó el carácter expresivo del fragmento, que por momentos arrojaba reminiscencias de Gershwin.

   Tras este derroche de habilidades llegó la hora de la Sinfonía en re menor de Franck. Sobriedad e introspección son dos de las características de esta obra que nos traslada desde lo más sombrío e inquietante, a la calma del segundo movimiento, lento, calmado, donde el juego tímbrico que desarrolla la orquesta a través del intercambio de material y juegos de textura se entremezclan con alternancia de tempos y contrastes que la RFG controló absolutamente. Destacamos el tercer movimiento, Allegro non troppo, enérgico y agitado, donde las maderas y los metales especialmente resonaron con contundencia y las cuerdas junto al arpa gemían esperanzadoras.

   Excelso recital donde el alto nivel técnico, el entendimiento y la complicidad fueron los ingredientes sobre los que se articuló este ambicioso y complejo programa, que dejaría a su paso a todo un auditorio impertérrito.

Fotografía: Real Filharmonía de Galicia

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