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Crítica: Pablo Ferrández y Pinchas Zukerman en la temporada de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
24 de octubre de 2016

UN CHELISTA ESPECIAL

  Por Agustín Achúcarro
Valladolid. Sala sinfónica del Auditorio de Valladolid. 22/10/16. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Pinchas Zukerman, director. Pablo Ferrández, violonchelo. Obras de Mozart, Haydn y Brahms.

  La interpretación del Concierto nº 1  para violonchelo y orquesta en do mayor de Haydn por el violonchelista Pablo Ferrández resultó ser de esas versiones que atrapan al espectador. El músico hizo gala de un sonido puro, rotundo, y una capacidad pasmosa para equilibrar el diálogo con la orquesta y destacar en los pasajes en los que el chelo era protagonista absoluto, como puso de manifiesto en las formidables cadencias, producto de su creatividad. Todo sonó fluido, poblado de armónicos, en una interpretación caracterizada por el talento expresivo del músico. Poco tiempo hubo que esperar para comprobar lo que iba a dar de sí el chelista, pues nada más empezar a tocar se percibió la frescura del sonido y su facilidad para sin salirse del carácter de la partitura hacer una versión personalísima. En el Adagio se pudo comprobar su capacidad para el legato, las frases largas y una gran amplitud dinámica, que le permite que el timbre y el color no perdieran calidad, ni calidez, tanto en los pianos más delicados, como en los equilibrados crescendi y los pasajes en forte. Las características del  tercer movimiento le permitieron mostrar aún más su facilidad para el virtuosismo, desde una perspectiva para nada vacua. El solista se vio apoyado por la dirección de Pinchas Zukerman, capaz de estar en sintonía con el solista y de llevar a la orquesta por el camino preciso. Pablo Ferrández, aplaudidísimo, tocó fuera de programa la Zarabanda de la Suite nº 3 de J.S. Bach y El cant dels ocells.

  Antes de la obra de Haydn la OSCyL interpretó la obertura de Las bodas de Fígaro, en la que ésta y el director mantuvieron un ritmo muy apropiado, que le dio mucha vivacidaz. No faltó ese sentido teatral propio de la ópera, que a veces se pierde cuando las oberturas son tocadas en un concierto.

   La segunda parte estuvo dedicada a la Sinfonía nº 1 en do menor de Brahms. Zukerman cohesionó los aspectos temático-rítmicos, tendiendo, eso sí, a subrayar el lado más brillante de la obra, con un pulso constante y una tímbrica siempre poderosa, por encima de otros aspectos, que quedaron algo relegados. Esto minimizó ciertas sonoridades densas, graves, así como el sentido de la pausa (conceptualmente entendido). En el primer movimiento se hizo perceptible el carácter agitado, aunque fue de una forma bastante lineal. Y algo parecido ocurrió en el Andante sostenuto, en el que más que adentrarse en lo lírico y sus fluctuaciones, se decantó por una visión algo más enérgica, en la que  pudieron quedar ocultos ciertos matices y sutilezas. En el último tiempo, que en principio era el que más iba en consonancia con la propuesta de Zukerman, éste consiguió aglutinar bien a las secciones de la orquesta para concluir con un efectista final, consolidado eficazmente por los metales. Estuvo inmenso el trompa, con su conocido tema, bien secundado por la flauta. A señalar también la labor del oboe.

  La interpretación de la sinfonía fue recibida con muchos aplausos y el director, a modo de propina, interpretó con un violín de uno de los músicos de la OSCyL la Canción de cuna de Brahms, mientras pedía y conseguía que el público la tarareara.    

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