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Crítica: Philippe Jaroussky y Freiburger Barockorchester para la Fundación Scherzo

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Autor: Mario Guada
14 de noviembre de 2016

El contratenor francés presenta su reciente álbum de cantatas sacras de Bach y Telemann en una gran velada, en la que la orquesta alemana resplandeció de forma abrumadora.

LAS GRANDES VOCES NO VALEN PARA TODO

   Por Mario Guada

12-XI-2016 | 22:30. Auditorio Nacional de Música | Sala sinfónica. XXI Ciclo de grandes intérpretes | Fundación Scherzo. Entrada: 25 a 57 €uros. Obras de Georg Philipp Telemann y Johann Sebastian Bach. Philippe Jaroussky • Freiburger Barockorchester | Petra Müllejans.

   No cabe duda, Philippe Jaroussky es un excepcional cantante. Lo era antes de esta velada y lo seguirá siendo después. Sin embargo, la conclusión a la que he llegado tras el presente recital –máxima en la creía con anterioridad a la fecha– es que no todos los cantantes, por buenos que sean, pueden cantarlo todo. Ni siquiera dentro de la llamada música antigua. Y es que, poco o nada, amén de ciertas herramientas y fundamentos básicos del lenguaje barroco, tienen que ver una ópera de Antonio Vivaldi con una cantata sacra de la Alemania de la primera mitad del XVIII. Acudía el cantante galo a su cita con el público madrileño rodeado de una expectación máxima y de la mano del XXI Ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo. Se respiraba en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música ese ambiente de las grandes fechas, con el cartel de entradas agotadas colgado –recordemos que el aforo supera la nada desdeñable cifra de algo más de 2.300 localidades–. El público estaba entregado desde la salida misma al escenario del artista, en uno de esos recitales en los que percibes de antemano que, pase lo que pase, el público va a asumir como extraordinario todo lo que pase.

   El programa presentado no es otro que el suculento tándem conformado por Georg Philipp Telemann (1681-1767) y Johann Sebastian Bach (1685-1750) con la selección de sus cantatas sacras que el contratenor francés acaba de registrar en Erato. La velada se dividió en dos partes, la primera dedicada a Telemann y la segunda al Kantor de Leipzig. La premisa fundamental del concierto y la gira mundial de presentación del mismo –no sucede así en la grabación, en la que únicamente se presentan cuatro cantatas, dos de cada autor– es clara: intercalar obras puramente instrumentales entre las cantatas completas, con el fin de que Jaroussky pueda descansar, y de paso la descomunal orquesta alemana pueda lucirse como merece.

   Se abrió la velada con la obertura de la Matthäus-Passion TWV 5:53, una magnífica y dramática composición orquestal que sirvió de magnífico preludio a la primera de las cantatas de la velada, Der am ölberg zagende Jesus [Jesús angustiado en el Monte de los Olivos] TWV 1:364, una cantata de pasión de enorme profundidad, unos textos realmente lúgubres y hondos, además de una belleza superlativa. Escoger tan solo dos cantatas de entre su inmenso catálogo, compuesto por más de mil composiciones del género, es una tarea casi hercúlea, pero desde luego el acierto fue absoluto en cuanto a la calidad compositiva. De especial belleza son los números cuatro y seis, dos fascinantes arias tituladas Mein Vater! Wenn dirs wohlgefällt [¡Padre mío! Si esa es tu voluntad] y Kommet her, ihr Menschenkinder [Venid, hijos de los hombres], cuya escritura para cuerda y bajo continuo deja literalmente sin respiración a quien la escucha. El recitativo accompagnato inicial, Die stille nacht umschloss den Kreis der Erden [La noche silenciosa rodeaba el círculo de la tierra], así como el aria subsiguiente, Ich bin betrübt bis in den Tod [Siento angustias de muerte], resultan realmente subyugantes y consiguen crear una atmósfera obscura, en una cantata en la que por lo general la música es de una luminosidad que complica sobremanera la comprensión de un texto tan tétrico –los barrocos y su concepción dramática y a veces antagónica de los afectos, ya se sabe–. Tras otro interludio orquestal, la obertura de la Brockes-Passion TWV 5:1, se presentó la segunda y última cantata de Telemann, Jesus liegt in letzten Zügen [Jesús ha llegado al final] TWV 1:983, otra cantata de pasión, dotada de un enorme lirismo, cuya escritura para dos oboes, cuerda y continuo es de una esplendorosa belleza y humanidad. Se abre con una magnífica y evocadora aria, a la que sigue el breve pero intenso recitativo Erbarmenswürdiger Blick! [¡Penosa visión!], antes de dar paso a la descomunal aria Mein liebster Heiland [Mi más querido Salvador], un descollante trío para alto, violín y oboe que se desarrolla en un escalofriante diálogo de melodías sin igual. Se cierra la cantata con otro recitativo al que sigue la última de la arias, Darauf freuet sich mein Geist [Por eso se alegra mi vida], en la que Telemann da por fin un respiro al oyente, con un aria realmente luminosa, que requiere del solista una intensa coloratura.

   La segunda parte se abrió con tres fragmentos puramente orquestales del genio de Eisenach: sinfonía de la cantata Gleich wie der Regen und Schnee vom Himmel fällt BWV 18, la célebre y descomunal sinfonía de su cantata Ich hatte viel Bukümmernis BWV 11, y la sinfonía de la cantata Der Herr denket an uns BWV 196. Se completó la segunda parte con la afamada cantata Ich habe genug [Ya tengo bastante] BWV 82 –en su versión para alto, pues existe otra para bajo–. Lástima que se eliminara respecto a la grabación la maravillosa cantata Vergnügte Ruh, beliebte Seelenlust BWV 170. La cantata BWV 82 se abre con una de las arias más hermosas de cuantas Bach compusiera con el oboe como protagonista, un diálogo reflexivo y atormentado en el que el Kantor parece buscar la paz por medio de la calmada y delicada melodía del oboe, a la que se une la melodía del alto con esos tenuti tan largos al final de frase. Y si hermosa es el aria inicial, aún lo es más si cabe la segunda de ellas, Schlummert ein, ihr matten Augen [Dormid ya, ojos cansados], en la que la línea de alto se sostiene únicamente por la subyugante escritura para cuerda y continuo, con unos silencios tan expresivos como apabullantes en medio del discurso. Tras el segundo de los recitativos, concluye la hermosa cantata con el aria Ich freue mich auf meinen Tod [Regocijándome saludo a mi muerte], en la que Bach plasma de manera magistral esa alegría gozosa al recibir la muerte, en la que oboe, cuerda y continuo se unen al alto solista para despedirse del mundo como solo Bach es capaz de plasmar.

   Así pues, la música había cumplido. Poco o nada más podía pedirse a las composiciones. Solo hacían faltan unos intérpretes a la altura de las mismas. Jaroussky lo tiene todo para triunfar: gran proyección, fluidez en el fraseo, elegancia y delicadeza en su línea de canto, un registro agudo de gran naturalidad y suma facilidad –algo más constreñido y oscuro en el registro grave–, buena dicción y una pulcra pronunciación del alemán, además de una gran presencia escénica y un carisma fuera de toda duda. Pero, y es aquí donde residió el principal problema en su interpretación, no se adaptó a nivel expresivo a una música particularmente tan reflexiva y psicológica como esta, pues no hablamos de un nivel de psicología como el que pueden plantear Claudio Monteverdi, Nicola Porpora, Georg Friedrich Händel o el propio Vivaldi en cualquiera de sus óperas. No, se trata de algo más complejo, que requiere de un bagaje y una manera de concebir la vocalidad que no sé si Jaroussky tiene aún. A nivel expresivo tuve la sensación, prácticamente durante todo el recital, de que podía estar cantando textos tan intensos como los musicalizados por Telemann o Bach, o por el contrario otros de carácter bucólico servidos por los Bononcini o Scarlatti en sus cantate da camera. Además, esto se reforzó con la elección de unas ornamentaciones para los da capo de extraño gusto y adecuación para este tipo de cantatas. Fue su única carencia, pero es una carencia muy grande, más todavía en este tipo de repertorio. La música alemana del XVII y XVIII presenta muchas particularidades del lenguaje, pero especialmente esta hondura expresiva de suma complejidad, a la que no todos los intérpretes consiguen acceder. Dice mucho en favor que haya esperado unos cuantos años para meterse con Bach en serio, pero –espero que no sea algo duradero– no parece estar preparado aún para él.

   Por su parte, la Freiburger Barockorchester rindió a un nivel absolutamente descomunal. Su sonoridad, la calidad técnica, su empaste, equilibrio entre las líneas, su dominio de las dinámicas, su expresividad, el color y sonido tan preciosistas, su implicación y capacidad de interactuación… Fueron capaces de crear uno de esos momentos que se guardan en la memoria por largo tiempo. Hace muchos años que la considero como una de las mejores agrupaciones historicistas del planeta, y cada vez que los vuelvo a ver en directo me convenzo más de ello. Junto a la Akademie für Alte Musik es, a mí entender, la agrupación historicista más estratosférica de Alemania, el triunfo absoluto de una manera de concebir la música, seria, entregada, sin efectismos superfluos, desde la implicación y el conocimiento, comprendiendo que solo el trabajo conjunto durante años da como recompensa algo tan extraordinario. La sonoridad conseguida por la cuerda parecía absolutamente irreal. Claro, que tener en la dirección a alguien con la calidad y experiencia de Petra Müllejans es una garantía total de éxito. Comandar desde el concertino a toda la cuerda como ella lo hace está solo al alcance de unos pocos privilegiados. Un mero y sutil gesto basta para que la cuerda se mueva a su antojo, haciendo gala de una ductilidad asombrosa. Especialmente memorable en su calidad en la ejecución de las dinámicas bajas.

   Es de justicia señalar también el trabajo del continuo, ese que en orquestas como esta es capaz de sostener con firmeza sin igual a todo el conjunto. Impresionante labor de Stefan Mühleisen –especialmente– y Guido Larsch en los violonchelos barrocos, Dane Roberts al violone, así como Andreas Arend en el archilaúd –magistral lección de sutileza y energía a partes iguales; impresionante la sonoridad que consigue extraer con su pulsación en el registro grave– y Torsten Johann al órgano positivo y clave –magnífico continuo y selección siempre acertada del color adecuado para cada movimiento–. Y por supuesto, también lo es señalar al viento madera, especialmente a Ann-Kathrin Brüggemann en sus solos al oboe barroco. Para aquellos que comúnmente piensan que este instrumento ha de sonar siempre desafinado, una visita para escuchar a esta magnífica intérprete les sería todo un descubrimiento. Delicadeza, refinamiento y técnicamente perfecta, consiguió bordar sus complicadísimas partes a solo, como el aria inicial de Ich habe genug. La acompañó de manera correcta Anke Nevermann, así como el español Javier Zafra en sus labores de continuista al fagot barroco.

   En definitiva, un recital en el que la estrella no fue tal, al menos para el que firma. Como sucede en ocasiones, las buenas orquestas consiguen alzarse como los grandes triunfadores en veladas de este tipo. Curiosamente la portada del programa de mano dictaba: Philippe Jaroussky con la Orquesta Barroca de Friburgo. A [contra]tenor de lo escuchado, propongo la alternativa Philippe Jarouskky y la Orquesta Barroca de Friburgo, o si me apuran, la Orquesta Barroca de Friburgo con Philippe Jaroussky.

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