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Crítica: Recital de Boris Berezovsky en el Carnegie Hall de Nueva York

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5 de diciembre de 2016

MEMORABLE RECITAL

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall – Sala Zankel29/11/2016. Boris Berezovsky, piano. Obras de Ferenc Liszt, BelaBartok, EdvardGrieg y PiotrIlichTchaikovsky.

   Recuerdo como si fuera hoy la primera vez que vi en directo a Boris Berezovsky.  Fue en el National Concert Hall de Dublín en mayo de 2009. Era uno de esos programas que consideramos “casi imposible”. En él, la Primera sonata de Sergei Rachmaninov, varios de los Estudios de ejecución trascendente de Ferenc Liszt y por último varios de los Estudios que Leopold Godowski compuso sobre los de Frederic Chopin. Salí del concierto en estado de shock. El poderío de su mano izquierda, su digitación prodigiosa y su enorme sentido del color me dejaron de piedra. Fue aún más increíble en los estudios de Godowski donde consiguió una claridad imposible en una obra que tiene más notas que dedos y manos pueda tener un pianista.

   Por esas fechas, Boris Berezovky, llevaba más de 20 años de carrera por toda Europa, había ganado el Concurso Tchaikovsky de Moscú en 1990, y hasta donde yo sabía (como abonado del Ciclo de Grandes intérpretes de la Revista Scherzo desde su primera edición, había asistido a casi todos los conciertos de piano en Madrid desde 1995) no había tocado en Madrid. Sin embargo actuaba regularmente en Londres, Paris, Berlín o Viena. Misterios de los programadores.

   Tampoco ha sido un asiduo de Nueva York, donde hacía cerca de veinte años que no tocaba. Tras esta actuación del pasado martes, volverá en poco más de un año para una gira por diversas ciudades americanas.

   Esta vez el programa también era todo un desafío, de una exigencia extrema. Para comenzar La Sonata de Bartok, y varios estudios de éste y de Ligeti, y en la segunda parte los Douze Études d'exécution transcendante de Listz. Publicados en 1852 son una revisión de sus Estudios en doce ejercicios compuestos en 1826, que compuso cuando tenía 15 años. El ciclo es famoso por su enorme dificultad. En nuestros días, no es nada fácil ver programado alguno de ellos de manera individual, por lo que el hecho de ver la colección completa en un único concierto, era ya por sí mismo el mayor aliciente para asistir al recital.

   El pianista, tras salir a escena dijo que iba a cambiar el orden del programa, y que iba a empezar directamente con ellos. Dicho y hecho. En menos de un minuto ya había despachado elPreludiocon una claridad diáfana donde con la mano derecha recorrió varias escalas de la pieza mientras con la izquierda volvía a impresionarnos con notas poderosas, cerradas y rotundas. No hay nada mejor para calentar que salir así.

   A partir de ahí fue una especie de delirio donde en unos estudios, Mazeppa  o Eroicapor ejemplo, nos impresionaba por la rotundidad y el poderío de la interpretación, ya fueran en acordes, en escalas simultaneas de ambas manos o en arpegios en octavas. En otros por el contrario, como Paisaje, Visión o Ricordanza, por la poesía y por la gama cromática de infinitos colores que desprendía el piano.  En Feux-Follets la digitación excepcional nos hizo evocar “brumas pantanosas y noches de Walpurgis” a través de varias escalas de la mano derecha en las que desprendió virtuosismo del bueno. Cuando llegamos a la Caza salvaje, tuvo que lidiar con el problema principal de toda la primera parte. La Sala Zankel, la sala de cámara del Carnegie Hall, se quedó pequeña, para una pieza como ésta, de enorme sonoridad, que en varios momentos te pide triples forte. El intérprete, con su poderío y destreza habituales, tuvo que lidiar con algún sonido emborronado, aunque se olvidó pronto ante el virtuosismo desplegado para superar tantas dificultades técnicas, de ritmo y de sonido. Unas excepcionales Harmonies du soir nos llevaron a la última pieza de la colección, el Chasse-Neige donde volvió a desplegar a asombrarnos con trémolos, acordes y escalas, apagándose como gotas de nieve que caen envolviéndonos en un clima de cierto patetismo que nos anticipa muchas obras de Tchaikovsky. El público puesto en pie nada más terminar la obra premió al panista con una enorme ovación.

   La segunda parte comenzó con los Tres estudios op. 18 de BelaBartok, la obra más compleja desde el punto de vista técnico de su autor, un consumado pedagogo. Está compuesta para perfeccionar aspectos técnicos complejos de estudiantes avanzados y su dificultad está obviamente a ese nivel, tanto que con los años, el propio Bartok comentaba que era incapaz de tocarla. Aunque los tres estudios son independientes, tienen una especie de forma sonata Allegro molto – Andante sostenuto – Allegro. El Sr. Berezovsky volvió a jugar de entrada con el cromatismo del primer estudio y volvió a impresionar con su mano izquierda en los otros dos.

   Llegados a este punto, volvió a cambiar el programa. La Sonata de Bartok y los tres estudios de Ligeti fueron intercambiados por ocho de las Piezas líricas de Edvard Grieg, obras más apropiadas para la sala, donde se puede controlar mucho más el volumen. En Mariposa vimos el suave aletear de la misma. La Canción de cuna y la Melodía fueron poéticas y evocadoras. Las danzas de Halling, La marcha de los gnomos, o De vuelta a casa fueron rítmicas y precisas, y la tarde terminó con una excelente Marcha nupcial que puso a la sala boca abajo.

   Tras tres salidas a saludar con toda la sala puesta en pié, Boris Berezovsky interpretó fuera de programa, otras dos obras marca de la casa, Agosto y Septiembre de Las estaciones de PiotrIlich Tchaikovsky, donde volvió a desplegar sabiduría y virtuosismo a partes iguales.

   Así terminó una velada memorable en que el Sr. Berezovsky, quizás el máximo exponente actual - junto a Denis Matsuev y con un Daniil Trifonov llamando a la puerta - de la gran escuela rusa, en un momento de plena madurez, nos volvió a dejar de piedra. Ahora a esperar que no se nos haga demasiado larga la espera hasta su retorno en marzo del 2018, y deseando que entonces, el recital se haga en la sala grande, la Sala Stern/Perelman que hará más justicia aun a sus enormes cualidades.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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