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Crítica: Robert Glasper Experiment en el Festival Internacional de Jazz de Madrid

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Autor: Juan Carlos Justiniano
2 de diciembre de 2016

HACIA UNA MÚSICA DEL SIGLO XXI; LLÁMENLA COMO QUIERAN

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 24-XI-2016. Festival Internacional de Jazz de Madrid. JAZZMADRID 16. Robert Glasper Experiment. Robert Glasper (piano eléctrico), Casey Benjamin (saxofón y vocoder), Burniss Travis II (bajo), Mike Severson (guitarra) y Mark Colenburg (batería). Sala Clamores.

   Se dice que el jazz es el lenguaje musical más vital de estos tiempos. Desde luego, si prestamos atención al panorama de la música-mercancía, a ese producto musical masivo, rápidamente percibimos que, de igual forma y aunque omnipresente, es inane y por lo general está vacío de ideas, empobrecido. En cuanto a la música culta de nueva creación, desgraciadamente no es que se sitúe al margen, es que está (casi) fuera de todo circuito, lo que biológicamente dificulta su vida. Sin embargo, dos de las particularidades que hoy día definen aquello conocido como jazz es que respira en su contexto y que cuenta con un público creciente. Por su carácter de acogida y por su inclinación natural a la integración, lo cierto es que en el siglo XXI el jazz no es un punto de llegada, sino tan sólo un camino. Como significante altamente polisémico, en continuo cambio semántico, el jazz se muestra entonces como un concepto invasor y colonizador, diverso por su carácter promiscuo y que aglutina infinidad de tradiciones, registros y universos. Por eso mismo, en todo festival que se diga de jazz caben músicas como el blues, el funk o el free jazz. Y, por supuesto, de todo esto ha habido en JAZZMADRID 16, cita a la que le quedan días después de un mes largo de conciertos, exposiciones y conferencias.

   Theo Croker o Christian Scott son sólo algunos de los nombres que han visitado el Festival Internacional de Jazz de Madrid en su recta final mostrando la vitalidad y ductilidad de un lenguaje musical que ahora se construye en buena parte sobre sonidos urbanos para dar lugar a algo nuevo. Llámenlo jazz, llámenlo música del siglo XXI, llámenlo como quieran. Si bien, quizá la propuesta que ha llegado más lejos, la más osada y atrevida de la presente temporada ha sido la del Robert Glasper Experiment, que visitó la capital el pasado jueves 24 de noviembre. Al menos, seguramente sea la que más ha tensado los márgenes y los límites del jazz, la más desafiante para los públicos habituales del género o los más ajenos a la música negra y/o urbana. En el caso de Robert Glasper todo se vuelve más confuso porque el pianista ya es un nombre conocido para los aficionados más ortodoxos con varios álbumes publicados en formato de trío acústico (Robert Glasper Trio). Y eso a pesar de que siempre apuntó las maneras de un iconoclasta, de un heterodoxo con una forma muy personal de parodiar a los clásicos –juntando en un experimento de 2007 la música de Herbie Hancock y Thom Yorke, por ejemplo–.

   Para Glasper, el enfant terrible de allá donde va, el presente año ha sido particularmente prolífico. Trabajos como Everything’s Beautiful (Sony Music, 2016) o la reciente banda sonora de Miles Ahead (Columbia Records, 2016), la cinta dirigida y protagonizada por Don Cheadle, dan muestra otra vez de la querencia natural de Glasper por tratar a su antojo y sin miramientos con el canon ¬–en ambos casos con la música de Miles Davis–. Pero fue con el proyecto Robert Glasper Experiment –y los dos volúmenes de Black Radio (Blue Note, 2012 y 2013)– cuando el pianista decidió ensayar una asimilación completa de la tradición jazzística con la música negra en toda su extensión (el funk, el hip hop, el R&B, la música electrónica e incluso la música de baile de los años setenta y ochenta).

   Hacía días que se había colgado el cartel de «entradas agotadas». Y, efectivamente, la noche del pasado jueves la Sala Clamores estaba abarrotada de jóvenes y mayores por igual, llena de todo tipo de público proveniente de las más diversas e insospechadas músicas, de todo tipo de gente acostumbrada, eso sí, a espacios calurosos, con roce y una barra. En esta ocasión en formato quinteto, el pianista presentó Art Science (Blue Note, 2016) desgranando así tema por tema el último trabajo lanzado hace apenas un par de meses. Pero también se colaron melodías de Nirvana, Police y tantos más. Todos pasando por el tamiz del Experiment y dando sentido a aquello que Borges decía: «uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». Y es que la música de Glasper se define en gran medida por sus escuchas y las múltiples relecturas que de ellas hace en un continuo juego intertextual y paródico. A la colección de hits se sumó el dominio de la escena y la fuerza dramática de lo que realmente es un grupo orgánico de amigos que ceden la portavocía al carismático Casey Benjamin –y su vocoder inseparable– para soportar lo más identificable del Robert Glasper Experiment: lo electrónico, lo digital,  lo sintético. Porque siempre en la búsqueda imaginativa de nuevos sonidos y texturas, la tecnología conforma el grueso de la paleta sonora de la formación. Pero sin olvidar el beat. Siempre el beat. Ese beat con el que consiguieron atrapar y seducir a más de doscientas personas.

   Se sigue hablando de jazz para ubicar en nuestras mentes cartesianas la música de Robert Glasper, la música de quien precisamente si algo desafía son los moldes y las etiquetas. Se llame jazz o no, una cosa es cierta: el pianista escribe desde el siglo XXI. Y como ocurre en otros ámbitos de la cultura contemporánea lo que resulta es inclasificable, un tanto inasible y sí muy mestizo. En este sentido, Robert Glasper Experiment es quizá el exponente más deslenguado de todos los que practican la música del XXI temprano, de aquellos que exhiben desde la impostura, la rebeldía y la insumisión su libertad creativa. Para muchos ortodoxos esto se entenderá como libertinaje. Puede que lo sea, pero qué más da si tiene calidad.

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