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Crítica: 'Salomé' de Strauss en la Metropolitan Opera House de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
12 de diciembre de 2016

SALOMÉ A MEDIO GAS

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Metropolitan Opera House. 5-XII-2016. Salome (Richard Strauss/Hedwig Lachmann). Patricia Racette (Salomé), Gerhard Siegel (Herodes), ŽeljkoLučić (Yokanaán), Nancy Fabiola Herrera (Herodias), Kang Wang (Narraboth). Dirección Musical:Johannes Debus. Dirección de escena: JürgenFlimm.

   Cuando se estrenó Salomé en diciembre de 1905, Richard Strauss era uno de los músicos más famosos de su tiempo, gracias sobre todo al éxito de poemas sinfónicos como Don Juan, Till Eulenspiegel, Muerte y transfiguración o Una vida de héroe. Por el contrario, sus dos primeras óperas se habían saldado con sendos fracasos. Ni Guntram ni Feuersnot habían obtenido el apoyo de crítica o público. En noviembre de 1902 asistió en el Kleines Theater de Berlín a una representación de la Salomé de Oscar Wilde en la versión alemana de Max Reinhardt y vió las posibilidades del texto. Posteriormente trabajó en la traducción alemana del texto realizada por Hedwig Lachmann, acortando parte de la obra y enfocándola en el personaje de Salomé. Terminó la obra en 1905 y tras muchos problemas con la censura, la Iglesia y las direcciones de varios teatros (Gustav Mahler la quiso estrenar en Viena pero la censura se lo impidió), su estreno en Dresde se convirtió en un éxito apoteósico. A partir de entonces, su carrera se centró principalmente en la ópera.

   La obra tiene dos protagonistas absolutos: Salomé y la fabulosa orquestación. Cuando aseguras una u otra es motivo suficiente para asistir a la representación. En nuestro caso era una garantía la presencia en el foso de la excelente Orquesta del Met. A ello se sumaba el debut en el coliseo neoyorquino de la soprano californiana Catherine Naglestad. Hace diez años fue una excelente protagonista en la producción de Lev Dodin en la Opera de Paris, y también la ha interpretado en Viena o Berlín por lo que la elección parecía acertada. Pero hace tres semanas, el Metropolitan comunicaba que cancelaba su debut por motivos de salud que la impedían viajar a América, y que se hacía cargo del papel Patricia Racette. Ésta, una habitual del Met desde hace más de veinte años, había interpretado el papel en el Festival de Ravinia, y en las Óperas de San Antonio y Pittsburgh, y con ello añadía un nuevo papel a su larga carrera aquí que alcanza la nada desdeñable cifra de dieciocho papeles. Es de agradecer el que se haya hecho cargo del papel con el estreno a poco más de dos semanas.

   Salomé necesita una protagonista enorme, de gran altura, una soprano dramática con un gran tamaño de voz que sea capaz de sobrepasar la densa orquesta straussiana, con un registro central cálido y maleable, y con un registro alto firme y seguro. El propio Richard Strauss la definió como una princesa de 16 años con la voz y la enjundia dramática de una Isolda. Además de estas condiciones iniciales, es deseable que la voz sea homogénea y timbrada, preferentemente metálica y que se maneje con clase. Desde el punto de vista escénico ser capaz de ser esa “Lolita” capaz de enamorar a todos los hombres a su alrededor pero con la clase necesaria que debe exhibir una princesa.

   A Patricia Racette le faltan casi todas las cualidades mencionadas. No tiene la figura seductora de una chica de 16 años, ni tampoco la voz de Isolda. La voz, con cierto cuerpo y emitida correctamente es muy pobre en el grave, tiene un centro justo y gana presencia en el agudo donde el timbre es más atractivo, aunque arriba del todo, el agudo unas veces entra y otras se queda al borde del grito. Es claramente insuficiente para Salomé. Le falta anchura y densidad para superar la orquesta straussiana. Está al límite de sucapacidades por lo que en escenas como la posterior a su rechazo por Yokanaán “Dein Haar ist grässlich!- ¡Tus cabellos son asquerosos!”, o en la impresionante escena final, va al límite, la voz no corre como debe lo que afecta directamente al fraseo, y falta la fuerza y el empuje necesario en ese momento crucial.

   Pero en ópera, siendo el canto lo más importante, no lo es todo. El componente teatral en una obra como ésta es definitivo, y ahí es donde la Sra. Racette puso toda la carne en el asador.  La fuerza dramática que imprimió al personaje hizo que en muchos momentos nos olvidáramos de las carencias mencionadas anteriormente. La curiosidad con que busca a Yokanaan, su intento de seducción, el enfado por el rechazo, la indiferencia con que torea a Herodes, y finalmente su teatralización de la escena final fue admirable. Así como el esfuerzo por bailar una danza de los siete velos en escena donde ella lo da todo.

   Tampoco Željko Lučić fue un Yokanaán de los que dejan huella. Barítono al que hemos alabado alguno de sus roles italianos, a primera vista impresiona por la amplia sonoridad de su  registro central. Sin embargo la emisión no es homogénea, el timbre no es atractivo y le falta metal. El registro grave, tan importante en este papel, brilla por su ausencia y en el agudo, la voz se le queda en la gola. También en este caso estuvo mejor en su faceta como actor, imponiendo autoridad en sus imprecaciones a Salomé y en su maldición final “Du bistver flucht, Salome. Du bistver flucht!”. Toda su parte cantada desde la cueva estuvo más amplificada de lo que hemos oído en otras producciones.

   El mejor sin duda de los protagonistas fue el Herodes de Gerhard Siegel. Hace toda una creación del personaje. Libidinoso con Salomé y temeroso con Yakanaan, se enfrenta con no con mucha convicción a Herodias, para acabar completamente hundido cuando tras intentar evitar lo inevitable, accede a entregar la cabeza del Bautista. Auténtico experto del “sprechgesang”, domina con soltura su instrumento  enérgico y penetrante. Solo tuvo algún pequeño problema cuando al final de su último intento con Salomé “Ah! Du willst nicht auf mich hören - ¡Ah, no quieres escucharme!” casi se le quiebra la voz al final, cuando le ofrece “el manto del Sumo Sacerdote y el velo del Templo”.

   A un nivel destacable aunque algo por debajo del Sr. Siegel, la Herodias de Nancy Fabiola Herrera en lo que hasta donde yo sé, es su debut en este personaje. En una producción en la que la dirección escénica le obliga a no parar de beber champán y donde debe parecer borracha de principio a fin, se movió con mucho desparpajo, cantó con bastante convicción - su centro sigue siendo amplio y con enjundia, y el agudo fue firme y seguro–y, al fin y a la postre, al final de su breve respuesta a una de las imprecaciones de Yokanaán “Befiehl ihm, er soll schweigen - Ordénale que se calle”, dio las dos únicas notas graves de calidad que se oyeron en toda la noche.

   En el resto de personajes podemos destacar también al tenor chino Kang Wang con una voz muy atractiva como Narraboth, y al bajo ruso Mikhail Petrenko quien fue todo un lujo como Primer nazareno.

   Debutaba con la orquesta el alemán Johannes Debus, actual director de la Compañía de Opera Canadiense. Preocupado por el control orquestal, por resaltar algunos detalles importantes y por cuidar con mimo a la protagonista, su actuación fue en parte decepcionante ya que aunque desveló aspectos de la fascinante orquestación de la obra, en muchos momentos faltó tensión, energía y alma. La parte más expresionista de Salomé quedó fuera de juego, y pasajes como el tutti orquestal tras las últimas palabras de Yokanaán antes de volver a la cisterna y el interludio posterior quedaron cojos. La danza de los siete velos pecó de falta de sensualidad y el pasaje en que Herodias le quita el anillo a Herodes tras la claudicación de éste se quedó también a un nivel epidérmico. Evidentemente con la calidad de esta orquesta el nivel global es alto, pero esperábamos más.

   La producción de Jurgen Flimm, muy atractiva visualmente y con la excelente iluminación de James F. Ingalls – responsable entre otras muchas del Tristán e Isolda y de la dupla Yolanda-Perséphone de Peter Sellars en el Teatro Real – fue estrenada en 2004 por Valery Gergiev con la incandescente presencia de Karita Mattila. Llega ahora a su segunda reposición tras la que tuvo lugar en 2008. Llevala acción a Oriente Medio. En el lado izquierdo del escenario nos presenta la terraza del Palacio de Herodes, donde los invitados a la fiesta entran por una escalera semicircular desde abajo, y en el lado derecho nos muestra un paisaje desértico con la cisterna-prisión en primer plano y unas dunas de fondo en forma de almenas vigiladas por unos soldados árabes vestidos de negro con alas blancas, a la manera de ángeles de la muerte o por qué no, de buitres esperando carroña. La dirección de actores es minuciosa en los personajes principales, aunque como comentamos anteriormente, algo dura en el caso de Herodias.

   Al terminar la función, el público ovacionó con calor a Patricia Racette y al resto del elenco, aunque a algunos nos quedó la sensación amarga de haber asistido a una función de cierto nivel pero lejos de lo esperado.

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