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Crítica: Salvador Vázquez y Manuel Guillén con la Orquesta de Córdoba

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Autor: Alejandro Fernández
30 de octubre de 2016

GUILLÉN Y VÁZQUEZ SEDUCEN AL GRAN TEATRO

   Por Alejandro Fernández
Córdoba. 27-10-16. Gran Teatro de Córdoba. Temporada de abono de la Orquesta de Córdoba.  Concierto abono nº 2.  F. Mendelssohn, M. Bruch y F. Schubert. Director: Salvador Vázquez Sánchez. Solista: Manuel Guillén, violín. Programa: Obertura en do menor, op. 95, de Mendelssohn; Concierto para violín y orquesta nº1 en sol menor, op. 26, de M. Bruch y Sinfonía nº2 en si bemol mayor, D. 125, de F. Schubert

   De las cuatro orquestas que sostiene la administración andaluza, Córdoba es –como poco- la fea del baile. Llegar al Gran Teatro es una experiencia recomendable: el paseo, el ambiente y hasta el marco si lo deseamos, pero lo realmente genuino es la actitud heroica del conjunto sinfónico con el que cuenta la capital cordobesa, a cuyo frente se destaca una batuta titular que en más de una ocasión viste armadura y monta rocín para exprimir todas las opciones capaces de levantar y sostener una temporada con altas dosis de excelencia. Las circunstancias no siempre acompañan y más que milagro debemos reconocer esfuerzo de la institución por hacer música.

   Para el segundo abono de la temporada de la Orquesta de Córdoba subía al podio Salvador Vázquez, el director malagueño que el pasado mes de septiembre se alzaba con el primer premio del Concurso de Dirección de Orquesta que organiza la sinfónica cordobesa. En programa tres páginas del repertorio clásico de la gran escuela alemana en las que no faltaron las influencias de Haydn, Beethoven o el propio Brahms entre líneas. Sin duda, un concierto de calado profundo donde apreciar el color orquestal desde tres perspectivas dentro de un arco estético como es el romanticismo alemán.

   Del catálogo de partituras incidentales escritas por Mendelssohn Ruy Blas es junto con El sueño de una noche de verano, las más interpretadas del autor. A la rotunda y evocadora introducción de los metales le sucedió la entrada de la cuerda y maderas entablando diálogos entorno a un motivo que discurre por toda la obertura donde alcanza su desarrollo en el pasaje entre graves y violines previo a la sección final de la página.

    El violín de Manuel Guillén, quien sustituía a última hora a Elena Anguelova, defendería el conocido concierto escrito por Max Bruch. Nuevamente una página de repertorio, doblemente complicado tanto por la extrema dificultad que encierra, como por el poco tiempo de ensayo con el conjunto. Guillén y su Carcassi volvieron a poner en valor los tres tiempos que articulan este concierto especialmente en el adagio central, lírico, profundo y conectado con la propia personalidad de la batuta de Salvador Vázquez que acariciaría los acentos sin caer en exageraciones que desvirtuarán el propio cuerpo de la obra. Llegados al allegro conclusivo Guillén destacaría por el virtuosismo reservado por Bruch sin abandonar ni la expresión, ni el continuo diálogo con los profesores de la orquesta.

   Schubert admiraba a Beethoven y lo hace presente al citarlo al comienzo no sólo de su Segunda sinfonía, sino que también en el propio cuerpo de la misma a pesar de su afinidad haydniana. Salvador Vázquez centraría la lectura justamente destacando el aire clasicista que atesora, junto al brillo, el color y la habilidad con la que el compositor engarza los distintos motivos temáticos. Si a todos estos ingredientes sumamos la conexión mantenida durante todo el recital entre director y orquesta, especialmente cuerdas y bronces, el resultado no podía ser otro que una versión sólida con momentos sobresalientes.

Foto: Estudio Santa Rita 

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