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Crítica: Sigue el año Dvorak en la Filarmónica de Nueva York con Iván Fischer

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
2 de diciembre de 2016

LECCIONES DE FRASEO

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. David Geffen Hall  26-XI-2016. Temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Nueva York (NYPO). Frank Huang, violin.Sheryl Staples, violin.Cynthia Phelps, viola.Carter Brey, violonchelo. Director musical: Iván Fischer. Cuarteto nº 12 en Fa mayor  "Americano" y Sinfonía nº 8 en Sol mayor, Op. 88de AntonínDvořák.

   La figura del compositor checo AntonínDvořák está siendo el pilar principal de la primera parte de la temporada 175 de la NYPO. Como ya mencionamos en la reseña del primer concierto de la misma donde Alan Gilbert dirigió la Sinfonía del Nuevo Mundo, primer estreno “americano” de la orquesta en 1893, uno de sus núcleosha sido y es la interpretación de esta obra por toda la ciudad, ycomo consecuencia, también se van a poder escuchar las últimas sinfonías del compositor bohemio antes de las Navidades. Hace unas semanas, Pablo Heras-Casado interpretaba la séptima; en un par de semanas el excelente director checo Jiří Bělohlávek nos dará la sexta; y este fin de semana ha sido el húngaro Iván Fischer quien nos ha dado la octava.

   El concierto no era el típico de la temporada. De hecho, la temporada de la orquesta tiene poco de típica si la vemos desde un punto de vista europeo. En la mayor parte de los programas hay cuatro conciertos, que son los jueves a las 7,30 de la tarde, los viernes y los sábados a las 8,00 y el martes siguiente a las 7,30. Sin embargo, solo los de los jueves y los sábados se llevan a cabo esos días. Los de los viernes y los  martes pueden efectivamente celebrarse en su “horario normal” o bien se cambian de hora o fecha para tratar de llegar a públicos no habituales. Así es bastante común ver matinés los viernes a las 11 de la mañana o a las 2 de la tarde. Son conciertos con alta concentración de escolares, de personas que viven fuera de la ciudad y así se ahorran el coste de una noche de hotel, y de personas mayores que prefieren ir al concierto por la mañana.

   Varias semanas al año, el concierto del martes se anticipa al sábado a las 2,00 de la tarde dando lugar a una experiencia curiosa. La primera parte del programa, que en el resto de días suele ser un concierto para piano o violín, se cambia por obras de cámara interpretadas por los solistas de la NYPO, mientras se mantienela segunda parte. En concreto esta semana, la obra interpretada en laprimera parte ha sido el Cuarteto americano de Dvořák que sustituía al Concierto para violín de Beethoven con Nikolaj Znaider. De esta manera, el Sr. Znaider descansa para el concierto de la noche,mientras los primeros atriles de la orquesta suben al escenario.

   La obra, compuesta en poco más de quince días en junio de 1893, durante su primer verano en los Estados Unidos, a pesar de su sobrenombre “americano” es tan “checo” como lo es la Sinfonía del Nuevo Mundo. El uso de melodías pentatónicas era común en la música popular americana, pero también en otras latitudes y por supuesto en las campiñas bohemias. Su estructura es la tradicional en cuatro movimientos, con un Allegro ma non troppo amplio, con mucha vida, que rezuma alegría y buenas vibraciones, algo normal en aquellos momentos ya que Dvořák se había alejado del ruido de Nueva York para pasar los meses de verano en Spillville, una aldea de Iowa con una amplia colonia checa donde pasó unos meses muy felices rodeado de su familia que había cruzado el carcho poco antes para reunirse con él. El Lento es de una belleza suntuosa. El Scherzo nos regala unos juegos centelleantes entre los cuatro instrumentos, y por último, el Finale comparte danzas, alegría y solemnidad.

   En varias críticas me he referido al enorme nivel de Frank Huang, concertino de la orquesta y de Carter Bray, solista de violonchelo. El sábado se les sumaron Sheryl Staples, la asistente principal de concertino y Cynthia Phelps, la solista de viola, y como poco se puede decir que no desmerecieron de sus compañeros. La versión fue intachable salvo algún pequeño desajuste en el Allegro inicial y una pequeña caída de tensión en el arranque del Lento. El sonido primoroso de los cuatro instrumentistas fue su carta de presentación, pero no se quedaron ahí. Toda la obra y sobre todo a partir del segundo tema del Lento, fue una auténtica lección de fraseo. El Finale fue chispeante, con una viveza radiante y unacoda extraordinaria.

   La segunda parte del programa estaba dedicada a la Octava sinfonía en sol mayor. Compuesta en 1889, es probablemente la más checa de sus obras para orquesta, la que más engarza con la música popular. Subía al podio de la Filarmónica el director húngaro Iván Fischer. Viejo conocido de la Orquesta, con quien debutó en 1999, llevaba sin dirigirles desde 2005. No lo pareció. Las sonrisas y los continuos gestos cariñosos entre músicos y director denotaban una fuerte complicidad. La primera sorpresa fue en la colocación de los contrabajos, que en vez de situarse a la derecha como es habitual, o incluso a la izquierda como en las orquestas rusas, se situaron en la parte superior del escenario. Es la formación habitual de la Orquesta Filarmónica de Viena cuando toca en el Musikverein. El Allegro con brío inicial fue expuesto de manera poderosa y brillante, con el habitual sonido deslumbrante aunque con la calidez que da el que el sonido grave de los contrabajos envuelvan a toda la orquesta. Iván Fischer extrajo frases excelentes de una orquesta que seguía con avidez la precisión de su batuta, atenta a los matices variados que le pedía. En el Adagio volvimos a disfrutar de un fraseo de primera, con exposiciones precisas de los temas y variaciones en las repeticiones. La danza del tercer movimiento, en un claro 3 / 4 nos transportaba directamente a Viena, aunque eché de menos un poco más de intensidad, que nos hubiera llevado a la gloria. El Allegretto ma non troppo final siguió por los mismos derroteros, con predominio de un fraseo excepcional y una fluidez natural sobre un exceso de tensión y un aumento del efectismo, difícil de evitar a veces cuando tienes en tus manos un Ferrari como es esta orquesta. Solo en la coda, Fischer apretó el acelerador aunque sin excesos.

   Muy buena versión, mucho más “europea” de lo habitual en estas latitudes, en la que la orquesta estuvo soberbia y donde debemos destacar a Robert Langevin, el solista de flauta, y a Liang Wang, la de oboe, quienes en sus múltiples intervenciones estuvieron sublimes.

   Al terminar el concierto, la velada continuó con una interesantísima conversación en el escenario entre Lawrence Tarlow, el bibliotecario principal de la orquesta, y varios de los miembros de la misma sobre como los músicos de una orquesta “entienden” al director e “interpretan” sus gestos. En la charla, llena de anécdotas impagables, la fagotista Kim Laskowski, a una pregunta de un espectador sobre la complicidad que se había visto entre los músicos e Iván Fischer, nos confirmó lo que habíamos visto sobre el escenario. “Lo contenta que estaba la orquesta tocando a sus órdenes y lo fácil que es todo con él, a pesar de que el director húngaro varía bastante los tempide un día a otro lo que da lugar a versiones diferentes”. “No es un director que viene, nos da sus pautas, no oye a nadie, dirige y se va. Con él, es un diálogo continuo, una colaboración real en la que nos gana por convicción”.

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