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Crítica: The King's Singers en el Ciclo de Cámara de la Universidad Politécnica de Madrid

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Autor: Mario Guada
13 de noviembre de 2016

El sexteto vocal británico demostró todas sus cualidades en un concierto tan extraordinario como banal.

LA PERFECCIÓN A VECES ABURRE

   Por Mario Guada
Madrid. 12-11-2016 | 19:30. Auditorio Nacional de Música | Sala de cámara. II Ciclo de Cámara de la Universidad Politécnica de Madrid. Entrada: 20 y 25 €uros. Obras de Thomas Morley, John Wilbye, Alonso de Alba, Juan Vásquez, Mateo Flecha, Armando Manzanero, Enrique Espín, Juan de Anchieta, tradicionales y close harmony. The King’s Singers.

   The King’s Singers es, sin ninguna duda, el conjunto vocal más célebre del mundo, y lo es probablemente desde que una serie de antiguos alumnos del King’s College, Cambridge lo fundaran allá por 1968. Pocos o ninguno de los oyentes y seguidores del grupo se acuerdan ya de aquel sexteto original formado por Nigel Perrin, Alastair Hume, Alastair Thompson, Anthony Holt, Simon Carrington y Brian Kay. Desde su fundación, veintiséis cantores han pasado por las filas de este sexteto vocal, consiguiendo a lo largo de las décadas convertirlo en un fenómeno de masas sin igual dentro del ámbito de la música vocal. Pocos sabrán, del mismo modo, que incluso durante un breve período de tiempo contó en sus filas con la célebre soprano Felicity Palmer e incluso con el contratenor James Bowman. Por ellas han pasado intérpretes del nivel de Nigel Short, Bob Chilcott, Paul Phoenix, Stephen Connolly o Gabriel Crouch entre otros. Desde 2004 el conjunto ha sufrido una renovación absoluta, de tal manera que de la ya legendaria plantilla surgida a partir de 1995 no queda ningún miembro en la actualidad. Los cantores actuales han ido ocupando sus puestos en los últimos doce años, pero especialmente desde los últimos siete: Patrick Dunachie [contratenor I, 2016], Timothy Wayne-Wright [contratenor II, 2009], Julian Gregory [tenor, 2014], Christopher Bruerton [barítono I, 2012], Christopher Gabbitas [barítono II, 2004] y Jonathan Howard [bajo, 2010].

   Con estos mimbres se presentaba el conjunto ayer en Madrid, dentro del II Ciclo de Cámara de la Universidad Politécnica de Madrid, quien sin duda ha echado el resto con la organización del presente concierto. La sala de cámara presentaba algunos inexplicables huecos, pero el público estuvo absolutamente entregado. Si algo tienen The King’s Singers es su capacidad absolutamente descomunal para conectar con el público. Esa es la indeleble marca y el gran éxito del ensemble. El concierto de ayer fue la pura expresión de su esencia. Primero  por el repertorio, con una primera parte compuesta por algunas obras de madrigalistas ingleses –un repertorio que desde su formación han acogido con una cercanía especial–, como Thomas Morley (1557/58-1602) y John Wilbye (1574-1638), a la que se añadieron tres obras del Renacimiento español, con La Tricotea Samartin, de Alonso de Alba (siglo XV-1504), Gentil señora mía, de Juan Vásquez (c. 1500-1560) y la célebre ensalada El fuego, de Mateo Flecha el viejo (1481-1553); para la segunda parte reservaron una serie de armonizaciones sobre piezas en español de diversa procedencia, con las que introducir al público directamente en el espectáculo, como Contigo aprendí, el famoso bolero de Armando Manzanero –en un logrado arreglo de Miguel Esteban–, Pasional, de Enrique Espín, y otros arreglos sobre El vito, Claro abril resplandeció o la hermosa Con amores, la mi madre de Juan de Anchieta (c. 1462-1523) –precioso arreglo de Bob Chilcott–; para concluir el recital con una serie de piezas del género del close harmony, de la que históricamente han sido unos grandes defensores. Se trata de obras en las que la armonía es realmente reducida –rara vez sobrepasa la octava– y que tiene su nacimiento en obras vocales e instrumentales de finales del siglo XIX, tanto en movimientos de la corriente académica –como el impresionismo– como de la música popular –conjuntos vocales urbanos, una de cuyas máximas expresiones es la barbershop harmony–, y que se vio aquí reflejada en una serie de arreglo de temas extraídos del Great American Songbook.

   Segundo, porque escuchar a The King’s Singers sigue suponiendo escuchar la perfección vocal. Su afinación es sencillamente impoluta, casi irreal, así como su balance, su calidad técnica individual y el inconmensurable trabajo de conjunto sin director, con entradas y finales de no creerse, además de un feedback entre los miembros ejemplar. Todo en su capacidad interpretativa es de matrícula de honor, y ponerlo en duda sería tan absurdo como injusto. Hubo momentos realmente notables, especialmente con los madrigalistas ingleses, tanto en las obras más calmadas y expresivas, como en aquellas con pasajes rápidos y virtuosísticos. Incluso las obras españolas del Renacimiento brillaron sobremanera, especialmente un delicado y exquisito Gentil, señora mía, además de las expresivas y humorísticas obras de Alba y Flecha, cantadas con una dicción más que notable y un carácter marca de la casa. La segunda parte siguió rindiendo al mismo nivel técnico, pero la música carecía, en mi opinión, de interés en la mayor parte de los casos, haciendo recurrente y bastante anodina la velada. Considero una lástima supeditar la música en pro de una supuesta conexión con el público. El talento de estos cantores se desperdicia indudablemente con ese tipo de piezas. Personalmente hubiera preferido, una y mil veces, un repertorio en el que se incluyeran motetes del Renacimiento y algunas obras profanas –si se quiere–, con el que poder probar, con mayor complejidad, las sobradas cualidades del conjunto. Una ocasión perdida para el público madrileño, me temo, a pesar de que por lo entregado del mismo, la mía debe ser una opinión casi aislada.

   Dunachie, a pesar de ser aún un cantante extremadamente joven, y a pesar de llevar tan solo un par de meses como miembro del conjunto, se ha acoplado rápido y de manera fluida a la disciplina del sexteto; posee una voz ágil y un timbre incisivo, en la línea de su antecesor Hurley –una de las grandes figuras del conjunto en la última década–. Wayne-Wright es un cantante con grandes dotes, que sin embargo tiende a no sobresalir, con apenas pasajes en los que destacar y más entregado a consolidar el sonido de conjunto que a dar rienda suelta a la vena solística. Gregory es un excelente tenor, con una timbre típicamente inglés, de gran recorrido, un fraseo delicado y grandes dotes de solista, además de un registro bien acomodado en el agudo; pero tiene el hándicap de suceder a un insustituible, el gran Phoenix, probablemente el tenor más carismático en la historia del grupo. Bruerton es probablemente el cantor con el timbre más hermoso, además de un registro realmente amplio y con gran solvencia en el registro agudo y medio, con una facilidad inmensa para brillar sin apenas esforzarse. Gabbitas, el miembro más veterano, es quizá el cantante más discreto, sin unas dotes que sobresalgan y que en comparaciones con su compañero de cuerda sale bastante tocado. Para finalizar tenemos a Howard, el bajo que tuvo que suplir a Connolly –quizá el bajo más extraordinario en la historia del sexteto–, lo que es per se un sobrecargo; a pesar de ello, es un cantante con carisma –a veces excesivo– y con una voz redonda y muy capaz de sostener desde la base a sus cinco compañeros.

   Tercero por todo lo que conlleva la marca The King’s Singers. Todo en el concierto está medido: desde los iPad con las partituras, los atriles alineados a la perfección, su pulcra y milimetrada colocación en el escenario y su proyección hacia el público, su esfuerzo para hablar en español comentando las obras del concierto, su manera de saludar, de salir y entrar en el escenario, su impoluta vestimenta. En definitiva, todo un producto musical con lo mejor de la tradición coral británica, pero destinado a llegar al mayor número de personas posibles a lo largo y ancho del planeta. Su presencia en las redes sociales no tiene parangón entre los conjuntos similares en el mundo, con una actividad permanente y entregada de todos sus miembros y con un número de seguidores que haría palidecer a más de un artista pop. Hace unos días tuve la fortuna de participar en un seminario de coaching vocal con Paul Phoenix –organizado por Zenobia Música–, en el que en gran medida se dieron directrices encaminadas a conseguir y lograr todo lo que los King’s Singers llevan haciendo décadas y de lo que actualmente son unos maestros. Ahora lo entiendo todo.

   Un lujo, sin duda alguna, pero que me dejó la sensación de haber podido disfrutar a lo grande de haber planteado sus opciones de otra forma y de haberme perdido la oportunidad de deleitarme con uno de los mejores exponentes del canto coral del mundo en todo su esplendor. Quizá para la próxima...

Fotografía: Andy Staples/The King's Singers

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