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Crítica: Tugan Sokhiev, el Orfeón Donostiarra y la Orchestre National du Capitole de Toulouse interpretan la 'Grande Messe des Morts' de Berlioz en Oviedo

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Autor: Nuria Blanco Álvarez
4 de junio de 2016

BROCHE DE ORO

  Por Nuria Blanco Álvarez
Oviedo. 2/VI/2016. Auditorio Príncipe Felipe. Conciertos del Auditorio de Oviedo. Saimir Pirgu (Tenor), Orfeón Donostiarra, Orchestre National du Capitole de Toulouse, Tugan Sokhiev (director).

  Llega a su fin el Ciclo de Conciertos del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo de esta temporada con uno realmente magnífico, la Grande Messe des Morts (Réquiem) de Berlioz a cargo del Orfeón Donostiarra y la Orchestre National du Capitole de Toulouse dirigidos por Tugan Sokhiev.

   Qué podemos decir de la interpretación del Orfeón Donostiarra, una de las agrupaciones corales de referencia en España y que estuvo sensacional. Qué placer poder escuchar unas voces tan afinadas, colocadas y plásticas, dejándose modelar en cada uno de los números musicales por las manos de Tugan Sokhiev quien tuvo una noche inspiradísima. Un trabajo hermosísimo de dinámicas llevadas a la perfección y que el maestro dirigió sin batuta, al estilo de un director de coro más que de orquesta, pendiente de las voces en todo momento ya que la compenetración son su orquesta, la Nacional del Capitolio de Toulouse, es evidente tras tantos años de trabajo en común, una agrupación de calidad que supo ceder el protagonismo a las voces. Unos pianissimi a cargo especialmente de las sopranos sumamente delicados y precisos, sin crispación, unos crescendi que cuando parecían haber llegado a su clímax aún nos sorprendían con una f más, sin gritos ni esfuerzos vanos, bien al contrario, contundentes y llenos de energía, cargados de buen gusto y pasión, a lo largo de toda la obra, pero destacando este aspecto sobre todo en el Agnus Dei y en el final del Ofertorio así como en el Kyrie inicial. Aun dentro de este nivel, es cierto que en la cuerda de tenores no estarían de más nuevas voces que terminaran de redondearla. Se pudo apreciar aún más la belleza de sus voces en los momentos a cappella, como en el Quarens me, uno de los más brillantes de la interpretación junto con el espectacular Tuba mirum.

   La obra se interpretó con el escenario abierto a la espalda dejándose ver, aunque sin público, la sala anexa a la principal, que se abre solamente en grandes ocasiones para acoger a más audiencia. En este caso se utilizó el espacio para albergar a una sección extra del viento metal, divididos a su vez en 4 grupos para interpretar el mencionado fragmento del Dies irae dotando al momento de una sonoridad realmente impactante. Tal y como indica el texto, “una trompeta esparciendo sonido maravilloso”, aunque realmente no fue una sino 19 instrumentos de viento metal los que lo hicieron, y vaya si lo lograron. Un momento realmente grandioso. (Se hubiera agradecido el texto original en latín en las notas al programa).

   El tenor Saimir Pirgu participó brevemente en el Sanctus, pero dio sobradas muestras de su capacidad. Una buena dicción y proyección con una línea de canto muy cuidada y un gusto interpretativo que se ponía de manifiesto en cada una de sus frases.

   En el  concierto se respiró en definitiva una indescriptible comunión entre coro, solista y orquesta, que se extendió incluso hasta el público, gracias a la mano del director, que aprovechó tan inusual circunstancia para dejar reposar la obra unos instantes tras sonar el último acorde, haciendo de esos momentos de silencio un punto final brillante para este Réquiem de Berlioz. El público pudo así redimirse del bochornoso ruido de móviles que por dos veces interrumpió el espectáculo. La organización debería tomarse con la seriedad que merecen los avisos iniciales al respecto y ponerlos una vez que el público aguarda ya en silencio en sus butacas y no como mero trámite durante el bullicio de entrada a la sala; por supuesto esto no exime de culpa a los que no saben comportarse como la circunstancia requiere y no “encuentran” el botón de apagado de su teléfono tras sentarse en su asiento.

   Echamos en falta al final la presencia en el escenario del maestro de coro, José Antonio Sainz Alfaro, que lleva casi treinta años al frente de la agrupación, para recibir los aplausos que tanto merece por su magistral trabajo con ella. A la que sólo podemos poner un pero, aunque suene muy prosaico, y es que el uniforme femenino debería modernizarse con los tiempos, claro que con sus voces, es verdad que este aspecto puramente estético, es lo de menos.

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